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Manuel Lozano, Director del Grupo de Comunicación LA CERCA |
Los combustibles fósiles son
el sostén de la economía de los países occidentales. Se
utilizan como carburante para el transporte, para generar
corriente eléctrica, para poner en marcha fábricas, entre
otras cosas. Durante el siglo XX, los estudios indicaban que
las reservas de petróleo se agotarían en pocos años,
mientras la economía se iba desarrollando gracias a ellas. A
principios del siglo XX se pronosticaba que todo el petróleo
se agotaría en menos de una década. Sin embargo, resulta
curioso constatar que este margen se fue ampliando al mismo
tiempo que se consumía cada vez más petróleo.
El descubrimiento de nuevas
cuencas petrolíferas y el desarrollo de técnicas para
extraer petróleo de lugares especialmente difíciles fueron
el motivo de que las pesimistas expectativas iniciales se
fueran diluyendo. Algo parecido había ocurrido en el siglo
XIX en relación con el carbón: también se consideraba que en
pocos años se acabaría, pero en realidad fue sustituido por
el petróleo como primera fuente de energía. El petróleo es
un recurso no renovable, pero queda un margen de tiempo
suficiente para hallar una nueva fuente energética sobre la
que se asiente la economía de los países occidentales. A
principios del siglo XXI, un tercio de las cuencas
petrolíferas permanece sin explotar debido a dificultades
técnicas. Así, por ejemplo, algunas cuencas se encuentran a
una gran profundidad bajo el océano, por lo que su
explotación requeriría elevadas inversiones. Aun así, es muy
probable que tecnología de nueva generación permita acceder
a estos lugares.
Existen estudios fiables que coinciden en afirmar que el
petróleo se acabará en unas pocas décadas. Otra cuestión
igualmente importante estriba en saber cuándo tocará techo
la producción de petróleo, es decir, cuándo se habrá
consumido la mitad de los recursos existentes. El economista
estadounidense Jeremy Rifkin cita estudios discrepantes, que
consideran que se tocará techo antes de 2015 o, bien, que
este momento llegará hacia 2045.
Siempre siguiendo a Rifkin, cuando la producción de petróleo
toque techo se producirá un punto de inflexión y el inicio
de una dramática cuenta atrás, durante la que el precio del
petróleo se disparará y provocará numerosas tensiones
políticas y vaivenes económicos. Si además se tiene en
cuenta que gran parte de las cuencas petrolíferas se
encuentran en territorios musulmanes, como Arabia Saudí o
Iraq, existe un temor creciente de que estos países puedan
usar el crudo como arma política. Para los países en vías de
desarrollo este panorama resulta igualmente desolador: sin
acceso a fuentes energéticas, las incipientes industrias
desaparecerán y se producirán olas migratorias, entre otros
problemas. Jeremy Rifkin, en su obra “La economía del
hidrógeno”, afirma que el hidrógeno es la única alternativa
viable para sustituir al petróleo. Si no se encuentra un
sustituto a esta fuente de energía, el mundo occidental tal
como se conoce en la actualidad se hundirá, de forma
semejante a como han desaparecido otras civilizaciones a lo
largo de la historia, por no ser capaces de garantizar el
suministro energético necesario para sobrevivir. La
intención de Rifkin es advertir sobre el hecho de que es
necesario impulsar toda clase de proyectos de investigación
enfocados a la producción de hidrógeno y de que se deben
desarrollar tecnologías que funcionen mediante pilas de
combustible.
Como el agua es la materia prima a partir de la cual se
puede obtener hidrógeno, Rifkin piensa que cualquier
consumidor puede convertirse, al mismo tiempo, en un
productor de energía. Esto supondrá que tanto los países
ricos como los pobres tendrán acceso a una cantidad
ilimitada de energía, por lo que estarán en igualdad de
condiciones energéticas. Si la energía es una condición
necesaria para que haya prosperidad económica, las
desigualdades que ha creado el petróleo durante el siglo XX
desaparecerán y la riqueza se redistribuirá. Rifkin piensa
que se puede crear un equivalente energético a Internet y
que denomina HEW (siglas que, en inglés, significan Redes de
Energía de Hidrógeno). Gracias a estas redes, muchas
personas podrán producir energía y compartirla con el resto
de la población. La pirámide energética vigente, en la que
unos pocos tienen el control de la energía, será sustituida
y la nueva energía abrirá las puertas a una nueva
globalización e, incluso, a una nueva sociedad. Con el
hidrógeno se pondrá fin a numerosas guerras provocadas por
el control de las fuentes energéticas y se logrará una
sociedad más justa, igualitaria y próspera. El hidrógeno
también supondrá una solución para los problemas
medioambientales que nos acechan debido al uso abusivo de
los combustibles fósiles. Las pilas de combustible emiten
vapor de agua, que también es un causante del efecto
invernadero, pero en una medida mucho menor que el dióxido
de carbono.
El hidrógeno es, por tanto, la solución a varios de los
mayores problemas que afectan a la humanidad. El problema es
que la ecuación de Rifkin solo se sostiene si suponemos que
la producción de hidrógeno llegará a ser, en un futuro
cercano, muy barata o incluso gratuita. Rifkin considera que
se desarrollarán tecnologías que permitirán producir
hidrógeno a precios irrisorios y tendentes a cero, pero de
momento no hay ningún signo de que esto vaya a ocurrir así.
Al contrario, la electrólisis del agua requiere un gasto de
energía superior a la energía que posteriormente se va a
producir. Y, de momento, el uso de la energía solar y eólica
dirigido a este fin es caro y ocupa un lugar secundario
entre otros sistemas de producción. © |