La semana comienza con la conmemoración del Día Internacional por la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres. Y hoy, este 25 de noviembre, nos arroja a la cara una realidad tan triste como dolorosa: mientras escribo estas líneas o en el transcurso de su lectura, en cualquier lugar del mundo una mujer está siendo humillada, vejada, insultada, amenazada, golpeada, incluso violada o asesinada.

Las cifras, siempre inhumanas y desprovistas de rostro, en esta ocasión son absolutamente imprescindibles. En España 2019 se ha convertido, a falta de un mes para ponerle punto y final, en un espejo vergonzoso y vergonzante para nuestra sociedad. En lo que llevamos de año, han sido asesinadas más mujeres a manos de sus parejas o exparejas que en todo 2018. Un dato que nos interpela y nos exige no ser indiferentes.

La desigualdad entre hombres y mujeres, el machismo tolerado y normalizado en muchos ámbitos de la vida, la criminalización de las víctimas, o la justificación del maltratador, son el caldo de cultivo de la violencia de género. Una lacra que nos debilita como sociedad, que nos impide progresar y que atenta directamente contra nuestro Estado de Bienestar y contra nuestra Democracia.

Los gobiernos y las instituciones tenemos la obligación de colocarnos a la cabeza en esta lucha y reforzar todos los mecanismos de prevención, atención, apoyo y protección de las mujeres víctimas, pero también de sus hijos e hijas. Además, debemos adquirir el compromiso de combatirla hasta erradicarla, logrando al fin evitar que nadie tenga que sufrir tal horror.

Ninguna sociedad avanzada se ha construido sobre los cimientos de la desigualdad, del odio o del miedo; ninguna cultura ha evolucionado discriminando a la mitad de su población; y ningún país puede edificar su futuro si antes no ha forjado un presente en el que se respeten los Derechos Humano y las libertades que defienden la igualdad entre hombres y mujeres.

La violencia de género es un problema social, tan grave como transversal, pero en ningún caso es una cuestión particular en el seno de un hogar. El concepto de ‘violencia doméstica’ debe ser desterrado definitivamente, y quienes defienden estos discursos negacionistas, debieran correr la misma suerte de destierro social. Vienen a decirnos que como sociedad debemos quedarnos al margen, pero nada más lejos de la realidad.

Esta situación nos afecta a todos y a todas y no podemos permanecer impasibles, ni tolerar ningún tipo de conducta, por insignificante que sea, que suponga la discriminación de la mujer o la violencia hacia ella. Desterremos los micromachismos, que por su apariencia inocua asumimos sin darles importancia, y que tienen un poder devastador para acrecentar la desigualdad.

Este camino hacia la igualdad de oportunidades real y efectiva, y hacia el fin definitivo de la violencia machista, lo tenemos que emprender hombres y mujeres de la mano. Y asumo que es un proceso difícil porque implica necesariamente que nosotros, género masculino, renunciemos a un modelo social que nos ha erigido como privilegiados. Pero también sé que este sistema patriarcal y arcaico no nos conduce a ninguna parte. Si conseguimos romper esta estructura social preestablecida, si desterramos las pequeñas tiranías, las actitudes de superioridad y control, o las conductas violentas (físicas o verbales) en el día a día, estaremos dando pasos en la buena dirección, en la única dirección.

Pero no basta con ser un observador pasivo, debemos tomar partido (‘hasta mancharnos’, que diría el poeta), y esto significa inexcusablemente dar un paso al frente y decir alto y claro: Yo soy feminista y reclamo, para la sociedad que quiero, la igualdad real entre hombres y mujeres.

Es, también, el momento de poner el foco sobre los agresores; de aislarlos, de señalarlos y dejar claro que cada vez que atacan a una mujer, están atacándonos a todos y a todas como sociedad; es el momento de visibilizar que en esta lucha ninguna mujer está sola. Porque eliminar la violencia de género y proteger a las mujeres no es una opción es una obligación.

Y es en este contexto, donde se combate la violencia machista y al tiempo se da respuesta a las víctimas, en el que las diferentes Administraciones debemos trabajar coordinadas, dejando a un lado estrategias e intereses partidistas y desplegando un cordón sanitario frente a quienes eligen cuestionar a la víctima en lugar de castigar al agresor.

La educación ocupa en este punto un lugar clave para terminar, de una vez y para siempre, con la violencia de género. Eduquemos a nuestros niños y niñas en la tolerancia, el respeto a la diversidad, la igualdad de oportunidades y la certeza de que cada uno y cada una podrá ser aquello con lo que sueñe.

La Diputación que presido está plenamente comprometida con esta causa y trabaja para hacer frente a este reto desde la transversalidad en todas sus políticas. Así, a la creación de la y a la puesta en marcha del I y II Plan Provincial con la mirada puesto en nuestros municipios, debemos sumar otros proyectos como ‘Dipualba Protege’, con el que unas 1.450 personas, en su mayoría mujeres rurales, se beneficiarán de formación para su integración en un mercado laboral sostenible, conforme a los Objetivos de la Estrategia Europa 2020 y a los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 de Naciones Unidas. Ellas que sufren una doble discriminación y que son el elemento vertebrador y cohesionador de nuestros pueblos, requieren del mayor de nuestros compromisos.

También la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha trabaja en esta línea y acaba de aprobar el Estatuto de la Mujer Rural, con el que esta región se coloca a la vanguardia de España en la lucha por la igualdad y contra la despoblación.

Pienso ahora en todas esas generaciones que hemos crecido con la certeza absoluta de que el siglo XXI sería el de los coches voladores, los viajes al espacio o la digitalización en todos los ámbitos de la vida, y nada más lejos de la realidad.

El siglo XXI es el siglo de la mujer, del feminismo y de la igualdad real y cuanto antes tomemos conciencia de esta realidad antes podremos avanzar como sociedad.

Masip

Presidente de la Diputación