La muerte de Carlos II planteaba un problema sucesorio al trono español. Al no haber tenido descendencia, varios fueron los aspirantes que argumentaron su derecho a la corona: Luis XIV la quería para su nieto, Felipe de Anjou, mientras que el emperador Leopoldo I de Austria la reclamaba para su hijo, el archiduque Carlos, ambos emparentados con el monarca español. El peligro de que se rompiera el equilibrio europeo a favor de Francia hizo que una gran Alianza, formada por Inglaterra, Holanda, Portugal, Saboya y Austria, lucharan contra Francia y España, defendiendo la causa del archiduque Carlos.
Aun dentro de España, catalanes, aragoneses y valencianos apoyaron la causa de don Carlos, considerándolo representante del federalismo político de la corona de Aragón, frente al nuevo centralismo nacionalista de origen francés.
Comenzaba así, en 1702, la Guerra de Sucesión Española, un largo conflicto en el que se combinaron los escenarios bélicos peninsulares con los europeos. En 1707 el ejército del archiduque Carlos, procedente de Villena y Caudete y con la intención de penetrar en Castilla, se encuentra en Almansa con el ejército de Felipe V, que lo derrota y pone en fuga.
La Batalla de Almansa constituye un capítulo crucial de la Guerra de Sucesión Española y sus repercusiones fueron conocidas en toda Europa, dando un vuelco al curso que hasta entonces había llevado la guerra, favorable al archiduque Carlos de Austria. En este año 2007 Almansa conmemora el III Centenario de esta Batalla con un programa de actividades, entre las que destacan las rutas guiadas por el campo de batalla, con las que podremos conocer el enfrentamiento en su escenario histórico. El azar eligió a Almansa para uno de los grandes dramas de la historia de la humanidad, haciéndole pagar un alto precio y, por ello, en palabras de Antonio Callado, alcalde de Almansa, la conmemoración de este III Centenario se celebra “con el deseo de paz, concordia y bien común”.
El último rey de España de la casa de Habsburgo, Carlos II “el Hechizado”, impotente y enfermizo, murió en 1700 sin dejar descendencia. Durante los años previos a su muerte, la cuestión de la sucesión a la corona española hizo evidente que España y su imperio constituían un trofeo tentador para las distintas monarquías europeas.
Carlos II testó a favor de Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luis XIV, si bien estableciendo una cláusula por la que tenía que renunciar a la sucesión de Francia. Sin embargo, al poco tiempo de la jura de Felipe V en febrero de 1701, Luis XIV hizo saber que mantenía los derechos sucesorios de su nieto a la corona de Francia.
La Teoría del Equilibrio Europeo se vería amenazada si los dos tronos, el español y el francés, llegaban a ser gobernados por un solo soberano. La unión de ambas coronas, España y Francia, era muy peligrosa para los intereses de los demás Estados europeos, a lo que se unía el desasosiego de Inglaterra y Holanda por la apertura a Francia del mercado con las Indias.
El enfrentamiento por la supremacía de Europa era ya inevitable y a partir de este momento surgen distintos aliados entre dos dinastías: la casa de Austria y la dinastía Borbón.
Presentando como candidato a la Corona de España al hijo segundo de Leopoldo I de Austria, el archiduque Carlos, en septiembre de 1701 se formó una coalición internacional mediante la firma de un tratado en La Haya. Esta coalición, llamada la Gran Alianza y formada por Inglaterra, Holanda y Austria, a la que más tarde se unirían Saboya y Portugal, declaró la guerra a Francia y España en 1702, pero no llega a la Península hasta 1704, adquiriendo el carácter de guerra civil al ser proclamado el archiduque Carlos de Austria en los reinos de la corona de Aragón como Carlos III, mientras Castilla permanecía fiel a Felipe V.
Los ejércitos aliados del archiduque Carlos, que penetraron en la Península en 1704, consiguieron una serie de victorias militares que parecían decisivas: la ocupación de Barcelona, Valencia e, incluso, Madrid. En 1706 daba la impresión de que la guerra acabaría pronto con la victoria de los partidarios de Carlos de Austria.
A principios de 1707, los planes del ejército borbónico eran impedir que las tropas enemigas penetrasen hacia Castilla, Andalucía y Murcia desde Valencia. Si lo conseguían, podrían después intentar recuperar las tierras valencianas. Por el contrario, los austracistas pretendían avanzar hacia el interior de Castilla desde sus posiciones en Levante.
El ejército franco-español, al mando del mariscal duque de Berwick, comienza a reunirse en el área de Yecla. La noticia de la llegada a Madrid de los Regimientos del duque de Orleans con refuerzos de 8.000 hombres, inclinan a Berwick a desistir de operaciones ofensivas al menos hasta la llegada de estas fuerzas, tanto como animan al ejército aliado a buscar el enfrentamiento antes de que ello ocurriese.
Las fuerzas austracistas, al mando de Das Minas como generalísimo portugués y Lord Galway, general en jefe del ejército inglés, avanzan hacia la zona de Yecla, abandonada el 11 de abril por el ejército franco-español e inmediatamente ocupada por los anglo-portugueses y saqueada durante seis días.
En el ejército aliado, la confianza ante la retirada de Berwick aumentaba día a día y Das Minas avanzaba tomando las plazas que iba abandonando su contrincante: Villena era saqueada el día 18 de abril pero la guarnición de su castillo resistió en la fortaleza. Das Minas, no queriendo dejar guarniciones enemigas a su espalda, inicia las operaciones de asedio, lo que dará a Berwick un respiro de cinco días que permitió la llegada de los regimientos del duque de Orleans, tan necesarios para el enfrentamiento que se avecinaba.
Berwick, que había intentado socorrer a la guarnición del castillo de Villena, se vio obligado a detenerse en Almansa y el 23 de abril Das Minas había levantado el cerco a la fortaleza de Villena y marchaba hacia el encuentro del enemigo. El enfrentamiento en los llanos de Almansa se hacía inevitable.
El ejército austracista, con un total de 16.000 hombres, comenzó a desplegarse en dos líneas paralelas mezclando la caballería y la infantería en ambas alas: el ala izquierda estaba constituida por ingleses y holandeses con algunos escuadrones portugueses y el ala derecha por caballería e infantería exclusivamente portuguesa; el centro estaba compuesto por infantería inglesa, holandesa, portuguesa y hugonote (franceses protestantes). La artillería, compuesta de 20 piezas, se despegaba en tres baterías a lo largo del frente.
Ocupando una extensa línea que cubría todo el Este del corredor almanseño, incluyendo las colinas de ambos extremos, el ejército confederado se dirigía con gran resolución a encontrarse con el ejército borbónico, que le aguardaba también dispuesto en dos líneas, que se extendían a lo largo del término municipal de Almansa, en dirección sur-norte, en un frente de 6 Kilómetros desde el cerro del Montizón hasta el de la Atalaya, atravesando parajes fácilmente identificables actualmente, como la “Centinela”, el “Cerro de los Prisioneros” o el “Camino de la Columna”, nombre con el que antiguamente se llamaba al obelisco conmemorativo que se construyó cinco meses después de la Batalla.
El mariscal duque de Berwick formó su ejército en dos líneas justo enfrente de Almansa: la caballería española en el ala derecha, la caballería francesa en la izquierda y la infantería en el centro. La artillería, 24 piezas de 4 a 6 libras, se distribuía en cinco baterías, la más expuesta una de 5 piezas, situada cerca del Molino de las Monjas, bastante adelantada a la posición de la caballería propia.
Los borbónicos ocupaban las posiciones más cercanas a Almansa, mientras que el ejército confederado se alineaba aproximadamente a un kilómetro de distancia.
La lucha comenzó hacia las tres de la tarde, cuando las baterías del ala derecha borbónica abrieron fuego. En ese sector, la caballería confederada avanzó para intentar neutralizar los cañones.
En vista de ello, algunos escuadrones españoles se lanzan cuesta abajo para detener el ataque, cosa que consiguen hasta darse de frente con la línea de la infantería inglesa que, intercalada con la caballería, obligaba con su fuego a la retirada de la caballería española que volvía grupas hacia sus líneas. Al menos otra vez se repitió el encuentro siempre con el mismo resultado: la caballería española, más poderosa, rechazaba a la confederada, pero al llegar frente a la infantería sus organizadas descargas les obligaban a la retirada. En la zona central del combate, varios batallones de infantería austracista consiguen romper la línea enemiga y avanzan hasta casi alcanzar las casas de la ciudad. En ese momento el ejército borbónico corre el peligro de quedar dividido en dos partes, lo cual hubiera sido casi decisivo para el resultado final de la lucha.
En el otro extremo, la lucha entre la caballería francesa y el ejército portugués había comenzado media hora después, ya que Galway había pactado con Das Minas que los ingleses atacarían antes. El resultado fue parecido al de la otra ala, consiguiendo la infantería portuguesa detener a la caballería francesa, que había batido a la caballería lusa.
Sobre las cuatro de la tarde, la situación para Berwick era peligrosa: tenía controladas las dos alas del combate, no sin grandes esfuerzos, pero en el centro se había roto la línea. Si el enemigo conseguía introducir más unidades o agrandar la brecha, la derrota sería inevitable.
Los ejércitos de Felipe de Anjou consiguen su primera gran victoria en la Batalla de Almansa. La derrota del ejército austracista despejó y allanó el camino de las tropas borbónicas hacia Valencia, que cayó un mes más tarde junto a numerosas ciudades y villas de toda la región.
La Batalla de Almansa fue una de las muchas que tuvieron lugar los casi catorce años que duró la Guerra de Sucesión Española pero sin duda una de las más importantes, sobre todo por sus contundentes consecuencias políticas: se abolieron los fueros de Valencia y Aragón y se prohibieron sus fiestas, sus costumbres y su lengua mediante los Decretos de Nueva Planta.
Esta gran victoria de los partidarios de Felipe tuvo un importante efecto moral en los vencedores y, aunque en años posteriores aún sufrieron algunas derrotas, la suerte empezó a favorecer al bando borbónico.
Siete años después de la Batalla de Almansa, en 1714, se ponía punto y final a la Guerra de Sucesión Española que culminó con una paz negociada tan pronto como Felipe V, obligado por las circunstancias, renunció a sus derechos al trono de Francia, lo que evidencia que este conflicto internacional obedecía a intereses puramente dinásticos, cuyo fin era la consecución de la hegemonía europea.
La guerra civil, la otra vertiente del conflicto, terminó con la conquista de Barcelona por las tropas de Felipe V.
Era el momento de hacer valer su superioridad en recursos para Berwick. En la zona central, ordenó que en los bordes de la brecha se girasen las unidades de infantería hacia el centro, para coger con su fuego de flanco a los batallones que entrasen en ella. El efecto, tanto físico como moral, fue devastador y, percatándose de que aquella brecha se estaba convirtiendo en una bolsa, donde todo el que entraba era masacrado, el general inglés que mandaba la primera línea de infantería en el centro, ordenó al jefe de la segunda línea que se retirase, pues si seguía avanzando perdería a todos sus hombres.
Atajado el peligro en el centro, era momento de una acción decisiva en el ala derecha borbónica. Viendo que sin apoyo de la infantería no podría derrotar al ala izquierda austracista, Berwick ordenó avanzar a cuatro batallones de infantería desde la segunda línea para enfrentarse a la infantería inglesa que apoyaba a su caballería. Tras una carga a la bayoneta, la infantería y la caballería inglesas cedieron y se batieron en retirada.
La situación para Berwick había dado un vuelco total. Tan solo se mantenía el peligro en el ala izquierda, donde el ejército portugués, percatándose de que tanto el ala izquierda como el centro de sus aliados había sido abatida y que la caballería enemiga se acercaba en masa, comienza una épica huida hacia Valencia.
Las pérdidas del ejército de Berwick se pueden cifrar en unos 2.500 hombres, entre muertos y heridos. El ejército confederado sufrió bastantes más, las dos terceras parte de su ejército.
Según la costumbre de la época, tras organizar a los prisioneros y localizar a los de mayor grado, Berwick les ofreció a estos una cena en la casa que les servía de de alojamiento, la de don Luis Enríquez de Navarra.
Tras la cena, los altos mandos confederados supervivientes firmaron allí mismo las actas de rendición.
La villa de Almansa se componía de unos 3.600 habitantes, los cuales sufrieron directamente las más terribles consecuencias: labores saqueadas, ganado robado, casas y molinos asaltados y, sobre todo, los gastos que suponía mantener a las tropas a las que debían suministrar víveres, alojamiento y dotar hospitales. El endeudamiento de la población duró varios años.
El recuerdo de la Batalla de Almansa para las familias de la época se resume en un triste día de muertes seguido de años de hambruna.
Como recompensa, el 12 de Agosto de 1707 se le concedió a la villa de Almansa una feria libre de impuestos de quince días, que comenzaría el día de San Marcos, 25 de abril. Felipe V otorgó a la población el título de Muy Noble, Muy Leal y Fidelísima.
Cinco meses después de la Batalla de Almansa, el 10 de septiembre de 1707, se ordenó construir un obelisco conmemorativo en el campo de batalla. Tras previo acuerdo, el 15 de noviembre de 1708, se trasladó a un lugar más cercano a la villa, conocido como “Las Carrericas Blancas”.
Al escudo de Almansa, que hasta entonces constaba de un solo cuartel con castillo sobre peñasco y brazos alados con espada en la mano, se le incorpora un segundo cuartel en el lado derecho con el obelisco conmemorativo de la Batalla.
El obelisco fue destruido tras la revolución antiborbónica de 1868, siendo reemplazado por otro costeado por el duque de Alba en 1925, ubicado en el actual jardín de la Glorieta, que también fue destruido durante la II República.
Este obelisco estaba compuesto por una columna en forma de pirámide superpuesta sobre un prisma cuadrangular de sillares, colocados encima de cuatro escalones. En el vértice coronaba el monumento un león, símbolo de San Marcos, empuñando una espada. En la Casa del Jardinero, actual entrada al Castillo, se conserva un cuadro, donado al Ayuntamiento por testamento de doña Isabel Aracil, que representa los planos originales de este obelisco, con similares características del primitivo.
La Batalla de Almansa dejó su huella no sólo en la historia sino también en el arte.
En 1709, por encargo de Felipe V, Buonaventura Liglio (pintor) y Phillipo Pallota (ingeniero real y dibujante), realizaron un cuadro de naturaleza documental, en el que se intentaba explicar al Rey, que no estuvo presente en la decisiva batalla, los parajes, las unidades y el desarrollo de ésta a lo largo de las tres horas que duró.
Gracias a este cuadro tenemos una imagen y unas notas explicativas de cómo era Almansa a principios del siglo XVIII, ya que aparecen una serie de ermitas hoy desaparecidas y casi olvidadas, así como algunos edificios que actualmente pueden contemplarse y que no han sufrido demasiados cambios: la casa de los Enríquez de Navarra, la iglesia de Santa María de la Asunción, la Casa Grande, el Castillo, la ermita de San Blas o el convento de las Agustinas.
Este cuadro de la Batalla de Almansa, cuyas dimensiones son 3,91 x 1,60 m, pertenece al museo del Prado, pero está depositado en el Palacio de Benicarló (Valencia), sede de las Cortes Valencianas. El ayuntamiento de Almansa intentó conseguirlo, pero tras fracasar sus gestiones encargó una copia al artista local Paulino Ruano. Esta reproducción, cuyas dimensiones son 6 x 2,5 m, preside el Salón de Plenos del ayuntamiento de Almansa, que desde 1996 tiene su sede en la Casa Grande, antiguo palacio civil de 1575.
A parte de estas dos muestras de arte, cabe destacar el cuadro de Ricardo Balaca de 1862 que se encuentra en el palacio de las Cortes de Madrid.
Además, el escultor almanseño de fama nacional José Luis Sánchez, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, realizó la Paz Aupada, monumento de acero que representa dos brazos unidos que cobijan en sus manos una paloma, simbolizando el hermanamiento entre Valencia y todos los pueblos involucrados en la Batalla de Almansa.
Prácticamente todos los ejércitos de la época habían adoptado la casaca ceñida, con amplias vueltas, cuyo color en algunos ejércitos indicaba la unidad. Debajo se llevaba una chupa o chaleco sin mangas.
Completaba el uniforme un pantalón con presilla por debajo de la rodilla, medias y zapatos de hebilla. Como prenda de cabeza se generalizó el sombrero acandilado.
La nacionalidad de las unidades combatientes se distinguía sobre todo por las banderas y estandartes que justo en el centro de cada regimiento portaban soldados distinguidos.
El soldado de infantería estaba equipado con un fusil, bayoneta y espada, equipamiento estándar del fusilero. Los soldados más altos y veteranos eran agrupados en una compañía especial dentro del batallón, los Granaderos, que formaban la élite. Se distinguían por su gorro especial en forma de mitra y una bolsa con granadas de mecha para su uso fundamentalmente en los asedios.
Las formaciones de infantería comenzaban a instruirse en el fuego por hileras, lo que permitía en unidades bien entrenadas una cadencia de tiro notable. Las unidades, dispuestas en largas líneas con una profundidad de tres a cuatro hombres para minimizar los efectos de la artillería, comenzaban un lento y pausado caminar, al ritmo de los tambores, hasta encontrarse a una distancia de menos de 100 metros de la línea enemiga. Entonces se habría fuego, produciéndose un intercambio de disparos. Cuando se apreciaba que el enemigo daba muestras de vacilación, se calaba la bayoneta y se producía la carga. La unidad básica de infantería era el batallón, compuesto por un número de hombres que oscilaba entre 400 y 600. La unión para el combate de uno a cuatro batallones formaba regimientos.
Entre las tropas a caballo se pueden distinguir dos tipos: los tradicionales escuadrones de caballería, que combatían permanentemente montados, y escuadrones de dragones, que a pesar de moverse a caballo solían combatir desmontados, siendo una especie de infantería móvil. El uso principal de la caballería, era la persecución del enemigo una vez desecha su línea de batalla, pues si la infantería se mantenía firme, su potencia de fuego normalmente mantenía a raya a la caballería. El armamento consistía en una carabina, parecida al fusil de la infantería pero un tercio más corto, dos pistolas arzonadas en la silla y una larga espada. Cada escuadrón variaba entre los 150 y 200 hombres.
Es destacable el uso generalizado de músicos en las unidades. Cada compañía de infantería contaba con un tambor y en las de caballería con un timbalero y un corneta. Entre los dos ejércitos, fácilmente sumarían más de 1.000 soldados dedicados a enardecer y trasladar órdenes a sus compañeros.
Al acabar el combate, un molinero vecino de Almansa recogió del campo de batalla parte de las vestiduras de un soldado y llegó con ellas a la villa dando noticias a la población de Almansa del fin de la Batalla. Cuenta la leyenda que este molinero prometió ante la imagen de la Virgen de Belén, patrona de Almansa, en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, donde se refugiaban los ciudadanos, que tanto él como sus sucesores la acompañarían en procesiones y romerías dándole vítores.
Este hecho, convertido en tradición, ha llegado hasta nuestros días: el pueblo de Almansa acompaña a la Virgen de Belén en sus romerías dando los tradicionales Vítores.
En la Sacristía del Santuario de la Virgen de Belén se conservan en una vitrina las vestiduras originales recogidas por el Vitorero en el campo de batalla. Actualmente, desde este lugar parten las dos romerías anuales que acompañan a la imagen de la patrona, que solo permanece en su Santuario desde mayo a septiembre.
También cuenta la leyenda que al día siguiente, recorriendo el campo de batalla, se halló un crucifijo de madera, de grandes dimensiones, que desde entonces se llamó el “Cristo de los Vencidos” y que permaneció como objeto de culto en la aldea del Pozo de la Higuera (Montealegre) hasta 1957, fecha en la que se trasladó al ayuntamiento de Almansa.
Grupo de Comunicación La Cerca