El 17 de diciembre de 1999, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó el 25 de noviembre como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La ONU invitó a gobiernos, organizaciones internacionales y organizaciones no gubernamentales a organizar actividades dirigidas a sensibilizar al público sobre este ‘problema’ cada 25 de noviembre y con dimensión mundial.

Pero el ‘problema’ (también de escala global) no se queda meramente en ese sustantivo porque, en sí mismo, se trata de una GRAN VERGÜENZA que nos concierne a todos y que nos hace dejar mucho que desear como sociedad.

A 22 de noviembre, en nuestro país 44 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o ex parejas desde que comenzase este año (al margen de numerosos casos en estudio que podrían ver incrementada esa cifra que duele).

Es difícil intentar ponerse en la piel (y, sobre todo, en el corazón) de las mujeres que sufren cualquier tipo de violencia y de los hijos e hijas que en muchísimos de los casos acaban siendo víctimas como ellas. Y es difícil porque, ni más ni menos, todos sabemos que debe ser algo muy parecido al infierno y, por supuesto, nadie quiere vivir (ni siquiera mentalmente unos segundos) en ningún infierno…

La violencia machista ha evolucionado conforme nosotros, como seres humanos, hemos ‘involucionado’. Cada vez son más sus formas (muchas de ellas también cada vez más ‘silenciosas’, más ‘discretas’, más ‘lentas’, más ‘subliminales’… pero igualmente dolorosas).

Las violencias machistas nacen y caminan casi sin que nos demos cuenta, y avanzan rápido, destruyendo a su paso, haciéndose más fuertes a medida que la sociedad se va formando de peores seres humanos, de personas que viven diametralmente alejadas del concepto de igualdad que nos determina a todas.

Cuántos desajustes psicológicos y emocionales, cuántas inseguridades y cuánta COBARDÍA se esconde detrás de cada maltratador (físico o sibilino) de mujeres, es imposible de calcular. La pena es que, bien haciéndose fuertes (en ‘manada’) o bien sin atreverse a dar la cara y en la intimidad de sus casas, todos y cada uno de esos hombres inhumanos hallan la manera de encontrar una mujer vulnerable que le haga sentir superior y con el mando de todo, una mujer que sin saber ni cómo de repente descubre que vive en el infierno y (lo más doloroso de todo) que llega a estar convencida de que se merece seguir en él.

La sociedad falla cuando no sabe descubrir las miradas tristes de quienes se sienten en el infierno; cuando no protege al vulnerable. La sociedad falla cuando en ella cada vez hay más hombres cobardes y más mujeres vulnerables que creen que merecen descender a la categoría de ‘objeto’ por parte de esos débiles desajustados que son simples INHUMANOS.