Juan colgó el abrigo y su sombrero en el perchero del recibidor y pasó a la cocina a saludar a su madre.

  • Hola madre, ya estoy aquí. Voy a lavarme las manos para comer y a quitarme la chaqueta y la corbata para estar cómodo.

  • No hijo, no te las quites que para sentarse a la mesa hay que estar bien vestido y mantener el ritual de una buena comida. Los caballeros siempre lo han hecho así y las tradiciones hay que mantenerlas. Recuerda lo que decía D. Quijote: “la salud del cuerpo se fragua en la oficina del estómago”. Lávate y ven a comer.

Juan hizo caso a su madre y tras sentarse a la mesa lo primero que hizo fue servirse una copa de vino de la botella que le había abierto con tiempo para oxigenarse.

  • Buen vino de la tierra has elegido, madre. Tiene un bonito color cereza y en nariz presenta aromas intensos de frutos rojos con tonos especiados de vainilla y tostados de madera. Mira como llora en copa, este vino tiene más de 14 grados, a ver, 14’5, ya decía yo… En boca tiene un cuerpo estructurado y elegante, con taninos suaves y sabores de frutos rojos. Tiene un final largo e intenso. ¡Tempranito excelente, madre!

  • Te he hecho unos callos con garbanzos que con el frío que hace te van a entonar, Juan. Espero que te gusten.

  • ¡ Qué buenos están madre! Con el caldo bien trabado, como a mí me gustan. Y los garbanzos se deshacen en la boca, que mezclados con los callos son un manjar exquisito.

  • De segundo te he preparado unas croquetas de jamón porque sé lo que te gustan. Aprendí a hacerlas de tu abuela paterna, que me enseñó la receta antes de fallecer. Adolfo, el gran chef toledano -buen amigo de tu padre- siempre decía que eran de las mejores que había comido en su vida.

  • ¿ Y cómo las haces, madre?

  • Pues doro una cebolla en el aceite caliente y después tuesto un poco la harina hasta lograr el punto adecuado. Pero la clave es usar un buen jamón. Yo siempre pongo el mejor jamón que tengo.

Madre e hijo degustaron con deleite ambos platos y al llegar a los postres la señá Juana sorprendió a su hijo con el dulce que más le gustaba: unas natillas con canela que le hicieron chuparse los dedos.

  • ¡ Ay madre, no sabes cómo disfruto los días que vengo a comer a casa! Pero echo de menos las tertulias que teníamos padre y yo cuando vivía. Él siempre decía que tras una buena comida había que hacer la tertulia en la misma mesa que se había comido, con café, licores digestivos y un buen habano que se fumase con tranquilidad y sus humores se mezclasen con los olores y sabores de la comida que se acababa de disfrutar. Siempre me hacía descubrir algo que yo desconocía. Recuerdo que me enseñó el lenguaje de los cubiertos, pues decía que antiguamente los camareros no hablaban con los comensales y que para saber lo que querían existía un lenguaje de los cubiertos. Si estaban cruzados en el plato significaba que seguían comiendo aunque tardasen mucho. Si se colocaban en paralelo en la parte superior del plato significaba que deseaban repetir y cuando se colocaban en paralelo de forma vertical es que ya habían terminado.

Pues voy a preparar café y unos licores y brindamos por la memoria de tu padre, el hombre de mi vida…