Los meses de julio, y sobre todo de agosto, suelen ser los más limpios para el Tajo en , aunque pueda parecer lo contrario. Son los meses en que se va de vacaciones y sus industrias paran o reducen su actividad. Eso significa que “se tira menos de la cadena”, la carga de contaminación que llega a las depuradoras es mucho menor, éstas funcionan mejor y, consecuentemente, los cauces de los ríos Manzanares y Jarama reciben las aguas de depuración en mejores condiciones para que los procesos naturales de degradación y oxidación del agua vertida faciliten la renovación del agua, discurriendo y fluyendo como torrente fluvial.

Desde hace dos o tres años, ni siquiera en verano la contaminación del Tajo aparenta reducirse. Al contrario, este verano empezamos a ver en junio enormes masas de agua verdes por el efecto combinado de altas temperaturas, caudal muy estancado, gran cantidad de materia orgánica y proliferación de algas. Son los ingredientes para que cuaje una buena y desgraciada mortandad de peces. Durante los meses siguientes de julio y agosto el río a su paso por Toledo ha presentado todos los días una estampa verdaderamente deplorable y vergonzosa con todos los matices, texturas y colores propios de una gigantesca cloaca donde la saturación de porquería hacía presencia en forma de espesas papillas flotando día y noche sobre el lecho del río. Y así todos los días del verano.

Sin embargo, llega el 28 de agosto y se presenta una tormenta de las que hace historia. Después de mucho tiempo seco, las primeras lluvias arrastran del suelo todo tipo de suciedad y grasa hasta el río, incrementando la tasa de contaminación del agua. El caudal del Tajo aumenta y su color pasa por distintas coloraciones en función del tipo de arenas y sedimentos que llegan al río. Después, pasados muy pocos días, las aguas presentan otro aspecto. Siguen siendo aguas muy contaminadas, pero su textura y aspecto espeso, su turbidez y, sobre todo, esas asquerosas papillas flotantes desaparecen por completo. Al menos la imagen de vergüenza ajena se pierde de nuestra vista. Es el efecto de la dinámica fluvial del río que marca su pulso vital. El Tajo, con tanto estrangulamiento al que está sometido por presas, embalses y azudes, languidece ante nuestros ojos hasta el punto de que a cualquier persona foránea le es difícil apreciar el sentido de su corriente si no fuera por ver sus azudes.

La dinámica fluvial natural del Tajo se hace notar en sus crecidas invernales y primaverales y sus estiajes veraniegos; y entre medias algún salpicón tormentoso. Esa dinámica es la que permite que la contaminación se degrade, que el agua se oxigene, que la vegetación palustre -propia de lagunas y no de ríos- no se haga fuerte y dominante, que las riberas mantengan su porte arbustivo, que las márgenes del río se suavicen y se rellenen de fértiles sedimentos, que la vida de los peces alóctonos sea incómoda y no proliferen, que las especies autóctonas tengan la corriente que necesitan, que los materiales de arrastre aportados por la corriente beneficien las puestas y que la temperatura fresca en sus fondos les permita desarrollarse en el ambiente adecuado.

Sólo es necesario que al río se le deje fluir para vivir. El Tajo necesita sus aguas para vivir y generar vida a su alrededor. Si sólo observando el paso de una tormenta cambia tanto la imagen del río, ¿qué sería si se le dejara recuperar parte de ese pulso de alternancia entre crecidas y estiajes?

En muy pocos años el resultado sería el de haber ganado todas las ventajas que da tener de verdad un río, el Tajo.

¡. Trasvases, no!