Mi abuelo nació en una pequeña localidad cántabra en 1923. Al finalizar la Guerra Civil, su familia quedó atrapada en medio del nuevo frente creado en las montañas entre y la Guardia civil franquista. De una familia de cinco miembros, sólo dos sobrevivieron al choque. Mi abuelo no eligió un bando. El bando lo eligió a él por casualidad. Sus convicciones políticas eran bastante radicales. Y tenía razón. Es difícil que surja otra cosa de un sufrimiento semejante.

Gonzalo, que así se llamaba, huyó de su pueblo natal y, aunque la persecución ideológica le complicó las cosas algún tiempo más, consiguió rehacer su vida, casarse, tener hijos, nietos y bisnietos. Y amigos. Un día me comentó divertido que uno de sus mejores amigos era un reconocido falangista. Ante mi sorpresa, y adivinando mis dudas añadió - Nunca hablamos de política-.

En 1978 los españoles sellamos en un documento esa reconciliación que mi abuelo ejercía cada día con una baraja de cartas en el bar del pueblo. Treinta años más tarde, y sin violentas tragedias personales, me encuentro ante personas de mi generación que pretenden que todo este trabajo de recuperación que llevamos a cabo como nación no ha existido. Desean fervientemente regresar a las dos Españas - de rojos y azules, o de arribas y abajos, que viene a ser su versión 2.0 - que nuestras familias superaron. Sobretodo porque no las olvidaron.

Igual que comprendía las convicciones de mi abuelo encuadradas en el tiempo que le tocó vivir, tiendo, para comprender a estos compañeros de generación, a buscar sus motivaciones dentro del contexto vital que compartimos. Aquí es donde la causa-efecto empieza a desdibujarse.

Mi generación se benefició enormemente de ese pacto entre compatriotas que se firmó en el 78.

Tuvimos todos una educación bastante buena, una sanidad que nos permite estar infinitamente mejor de lo que estaban nuestros abuelos a nuestra edad, y, en definitiva, un entorno económico y social que nos permitía ser y hacer lo que quisiésemos ser y hacer.

De unos años a esta parte, este bienestar en el que tuvimos la suerte de crecer se ha venido resquebrajando. Llegó un punto en que nuestra clase política se gustó demasiado a sí misma.

Perdió la vocación de servicio público y, ante el temor de ser desposeídos de poder, comenzaron de nuevo a crear bandos; hinchadas que les soportasen en sus puestos hicieran lo que hicieran porque eran de “los suyos”. Y bajo la amenaza de dóbermans o caos hemos tenido que vivir los españoles respirando tranquilos sólo entre periodos electorales.

Si le echamos un vistazo rápido a nuestra historia reciente, a nadie se le escapa que hemos vivido bien cuando hemos estado unidos, y hemos sufrido crisis económicas, sociales, morales, cuando nos hemos dejado dividir sucumbiendo a nuestras más bajas pasiones.

Estas interminables elecciones que tienen su último asalto el 26 de junio, y para las que, no lo duden, se nos va a tensionar al máximo, son sobretodo una oportunidad para decidir quiénes queremos ser y qué oportunidades queremos brindar a la siguiente generación.

A España la dan forma 47 millones de personas diferentes con una historia común de la que debemos aprender. Hagamos que nuestros abuelos estén orgullosos.