Entre los sinónimos encontramos comportamientos que nos recuerdan vivencias sobre las que merece la pena reflexionar. En momentos puntuales todos hemos padecido la excepción en el peor de los sentidos. No estamos hablando del original, distinto en la mejor de las acepciones, donde hay ejemplos paradigmáticos que nos sugieren merecimiento, dignidad, excelencia o primacía en el saber o hacer. Cierto es que estas excepciones pueden arrastrar envidias más o menos sanas. Sin embargo, el que alguien se vea discriminado, apartado, rechazado, eliminado, despreciado o separado tiene connotaciones negativas. Y pudimos superar la desgracia de nuestros abuelos, que se vieron atrapados en una sociedad de castas sociales, donde los parias no eran más que animales con algo de conocimiento, al menos eso pensaban los que dirigían sus vidas y hacienda.

Los hijos pobres pudieron escapar de la miseria para igualar o superar diferencias insalvables desde la formación y especialización, que se forjó en las corvadas espaldas de sus antepasados. Los que crecimos en los sesenta aún llegamos a tiempo de comprobar lo que se siente al verse excluido de tantas cosas, y lo que es peor, de otros chicos que tenían ventajas en casi todo. El deporte provocó la socialización de jóvenes mezclándose con otras clases privilegiadas. A pesar de ello, cuando terminaba la competición o las razones para estar juntos, los mundos se apartaban para impedir otros modos de relación. Es cierto, esos universos cerrados propiciaban la endogamia de unos apellidos entrecruzados para mejorar futuros ya de por sí privilegiados. Los tiempos, a pesar de alguna resistencia, han ido derrumbando murallas sociales y suavizando exclusiones. Nuestros hijos no han notado esas diferencias, lo que ha permitido relacionarse abiertamente con todo tipo de personas de su generación. Y en eso ha tenido mucha importancia, entre otros elementos, la universidad, crisol de personalidades empeñadas en superarse mediante el conocimiento.

En el ámbito social las relaciones humanas no las marca el estatus social previo, sino la actividad profesional, hábitos, comunidades, agrupaciones, deportes y ocupaciones diversas que nos obliga a mezclarnos en una sociedad más porosa. Y precisamente, cuando más diversidad se produce entre los que comparten espacio y tiempo, hay que estar vigilantes para localizar las exclusiones injustas, a los excluyentes que discriminan por razones miserables. No es preciso buscar normativa que tenga prevista una respuesta más o menos contundente contra comportamientos ilegales, porque en ocasiones la separación es sutil y, aunque legal, es inmoral. En las empresas, instituciones, organizaciones diversas o en la calle se aprecian composturas excluyentes injustas que denigran. Y ese vacío inmerecido aparece, a veces, por iniciativa de unos líderes de pacotilla que protagonizan el poder en cualquier parte. El silencio o cobardía del resto facilita el rechazo que algunos no soportan, aunque otros, más resueltos, no lo toleran y tienen que sufrir el repudio del grupo.

En el ambito de la empresa, la mayoría de las veces, esos exceptuados, con esfuerzo y compromiso, son detectados por los dirigentes para recompensarlos, incluso después de haber comprobado las consecuencias de su decisión, pues la cultura de los gandules intenta desactivar o desacreditar al competente porque los puede dejar en evidencia. Se conocen infinidad de ejemplos sobre el efecto psicológico que supone echar el freno a un nuevo empleado dispuesto a trabajar por encima de la media. Si demuestra debilidad se verá impelido a doblegarse y sumarse a la costumbre del grupo, dirigido, a veces, por el peor, que por distintos medios y técnicas termina ordenando más que los directores o propietarios. Éstos, si no demuestran arrojo y fuerza necesaria, se verán traicionados, con los efectos perversos sobre la actividad y rendimiento de su negocio.

En las administraciones, instituciones u organizaciones de todo tipo sucede algo parecido, pero con más dificultades para detectar y dar soluciones. Las traiciones se reproducen sistemáticamente para impedir el progreso de los buenos o quienes demuestran habilidades. Los que detentan ese poder de facto injustificado deciden el ritmo de trabajo y respuesta. No permiten que alguien se salga del guión. En otro caso se convertirán en excluyentes para que el que no siga sus directrices se vea aislado, repudiado por el resto, que provocará la claudicación o esa rebeldía de los mejores, que no toleran discriminaciones y superan retos, hasta el punto que pueden llegar a reverter el problema y apoderarse de un protagonismo justificado, apartando, y en eso hay que insistir porque es un efecto positivo, a los peores, postulándose excluyentes de lo perverso, separándose de los gandules.

Pero hay otros paradigmas negativos de la exclusión, regateando las leyes, ignorando normas éticas o sociales. Los que pretenden apartar del grupo al que no piensa como el resto, al que no toleran su opinión, con el que desea debatir pero no le permiten discrepar con naturalidad, que no sigue los dictados del rebaño. Grupo que se distingue de cualquier manera, incluso con la lengua o costumbres empeñándose en separar, prohibir, despreciar o descartar, ignorando las reglas del juego democrático, que se culmina en la votación, en el respeto a la decisión mayoritaria, pero sin excluir injustamente a las minorías, que tienen derecho a expresarse por medios legales, sin eufemismos. No debemos tolerar a los que separan, pero si abandonan el cauce legal y democrático, con el mayor rigor posible, ahí si merece la pena ser el mejor excluyente.

Artículo de opinión de - Comisario Jefe de la en la provikncia de Albacete