La mayor visibilización de las mujeres en las esferas política, social, cultural, laboral y familiar ha sido un hecho notable que, si bien, no ha impedido la pervivencia de las estructuras patriarcales que continúan perpetuando diversas formas de sexismo, desigualdad y violencia contra las mujeres. Algunos ejemplos de ello son la brecha salarial entre mujeres y hombres, el techo y la escalera de cristal o los estereotipos transmitidos de generación en generación, entre otros, y en los que la tarea educativa tiene una indiscutible labor que debe ser replanteada desde los primeros años de la infancia.

El feminismo se encuentra en un nuevo momento histórico que probablemente está derivando en la cuarta ola feminista. A pesar de la evolución que ha continuado llevando a cabo el feminismo, hay que destacar que hoy en día cuenta con un carácter marcadamente desvitalizado y en muchos casos malentendido como una postura radical que lleva a muchas mujeres a la ansiedad de desprenderse de una hipotética etiqueta feminista. El feminismo como concepto general siempre ha generado reacciones adversas, a pesar de perseguir la igualdad entre mujeres y hombres, de forma que cuando las mujeres cuestionan la situación de inferioridad en la que se hallan, la reacción de muchos hombres (y también mujeres) es de crítica y rechazo. Sin embargo, esta reacción anti feminista no es la misma ahora que hace unos años. Son las propias redes sociales las que nos ofrecen diariamente ejemplos de esta afirmación, al acoger en su seno ideas erróneas que confunden los preceptos feministas con la radicalización, el odio profundo a los hombres y la masculinizacióin de sus defensoras. Mujeres que afirman “no ser feministas” porque realmente consideran que este concepto busca la superioridad de las mujeres en todos los ámbitos, y que además va asociado a unas características y estereotipos concretos, y que en suma provocan rechazo social y prejuicios de gran parte de la población. Todas estas reacciones, prejuicios y estereotipos provocan que identificarse como feminista no otorga ningún tipo de prestigio y de hecho se rechaza la autodefinición como tal, lo cual indicaría precisamente el desconocimiento y la incomprensión de los objetivos del feminismo.

Constituye una evidencia que las mujeres ocupan la gran mayoría en el desarrollo de la profesión del Trabajo Social, en base a que en las sociedades occidentales se considera necesario contar con “cualidades y capacidades típicamente femeninas” determinadas en el marco del proceso de la división sexual del trabajo para desarrollar dichas funciones. El Trabajo Social siempre se ha relacionado con funciones y disfunciones que se han producido generalmente dentro del espacio privado del hogar y de las relaciones familiares, aunque si bien, la primera meta del Trabajo Social se ha construido en torno a la promoción de la justicia social, una tarea específica del ámbito público ejercida por hombres. Pero, ¿cuál debe ser el papel del Trabajo Social ante un panorama sexista y anti-feminista que continúa perpetuando la desigualdad de género? ¿Están siendo adecuadamente integrados estos retos en el Trabajo Social como disciplina científica? ¿Estamos los y las profesionales del Trabajo Social, tradicionalmente mujeres, explorando con detenimiento las relaciones de poder subyacentes a la configuración de la familia y su origen estructural? ¿Deben las relaciones sociales desigualitarias y las muestras sexistas no solo ser sometidas a escrutinio, sino también ser transformadas hacia un marco igualitario? ¿Acaso los y las profesionales del Trabajo Social llevamos a cabo acciones de visibilización efectiva y transformación social en cuestiones de género? ¿Perpetuamos de manera inconsciente e involuntaria la desigualdad existente (desde nuestros despachos) asumiendo los valores y preceptos patriarcales establecidos? ¿Deberíamos adentrarnos de una manera más profunda en la investigación y la denuncia de los discursos y estructuras que sostienen la injusticia social?

Insistir en el análisis de las relaciones de género y su transformación constituye un requisito indispensable para nuestra profesión, y ésta debe apostar por una redefinición permita ampliar nuestro campo más allá de la intervención social “pura”. Explorar de manera científica ciertas realidades que se articulan en torno a la desigualdad de género, produciéndola y perpetuándola, ha sido en su mayoría objeto de diferentes disciplinas y no directamente del Trabajo Social, cuestión en la que debe poner énfasis la redefinición del Trabajo Social feminista, de manera que se tomen como propias y compartidas aquellas cuestiones que originen esta problemática. Es también desde el Trabajo Social, en base a sus principios inspiradores de lucha por la igualdad y la justicia social, desde donde, una vez identificada la dimensión de los fenómenos y sus problemáticas, se deben aportar soluciones de empoderamiento y formas de intervención que efectivamente colaboren en la transformación de las estructuras y discursos sociales que consideran que las mujeres ya han alcanzado la igualdad efectiva y en la lucha por que se alcance de manera real. Eliminar todas las formas de discriminación existente, entre las que se incluye el fenómeno más extremo de la misma, la violencia de género, se convierte en un reto del siglo XXI en el que todos y todas los/as profesionales del Trabajo Social contamos con una responsabilidad añadida que debe traspasar las barreras de las instituciones en las que nos ubicamos y desde las que, en muchos casos, investigamos e intervenimos condicionados por una estructura patriarcal silenciosa que continúa perviviendo a lo largo de las décadas.

Patricia F. Montaño es Doctora en Trabajo Social por la . Ejerce como trabajadora social en la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha y es profesora de Trabajo Social en la , .