Políticos, política y políticas públicas tienden a confundirse con relativa facilidad. Sin embargo, además de la familia léxica y el campo al que se refieren, lo único que tienen en común es el hecho de que en los últimos tiempos no haya mucho orgullo en ninguno de los términos. Los angloparlantes lo tienen mucho más fácil: distinguen entre “politics”, con lo que se refieren al juego político diario; “polity” o arquitectura institucional alrededor de la que se construye el Estado y el Derecho; y “public policy” o políticas públicas, es decir, acciones concretas orquestadas y ejecutadas por el gobierno y la administración pública para dar solución a los problemas y las necesidades de la sociedad, de los ciudadanos.

Al margen de la anécdota, resulta inquietante la poca salud de la que goza cualquier extremidad de la res pública. Desde un punto de vista subjetivo, los políticos han pasado de ser considerados como el remedio de los males al epicentro y origen de los mismos. La amplísima lista de casos de corrupción y estómagos agradecidos no parece ser numerus clausus. Flaco favor le hacía a la higiene democrática y credibilidad de las instituciones la sistematización por parte de un partido político –el Partido Popular– de un modelo de enriquecimiento ilícito en perjuicio de los intereses del Estado. La sentencia del ‘caso Gürtel’, cuyo culmen dio lugar a la primera moción de censura que triunfaba en la historia de la democracia española, suponía a su vez la primera condena por corrupción al partido político en el Gobierno.

Tampoco es casualidad que desde un punto de vista formal la política haya defraudado. El juego diario de “dimes y diretes”, la confrontación constante, el énfasis en las diferencias, el insulto y la crispación, en definitiva, han supuesto una desafección generalizada entre quienes aspiran al sosiego, el encuentro, la moderación, la certidumbre y el acercamiento de posturas. Debate encrudecido más si cabe por la aparición de reaccionarios de distintos colores que miran hacia atrás para dar prosa al futuro que proponen, incluso con disparatadas ocurrencias sobre la tenencia de armas a las que minúsculo respaldo ofrece el sentido común.

Por último, las políticas públicas tampoco han invitado al optimismo en los últimos años. Desde la llegada del marianismo a Moncloa dos fueron las señas de identidad de las mismas: austeridad e inmovilismo. La ‘tijera’ en pilares del Estado del bienestar como la educación o la sanidad dejó un país atrasado cuya sociedad reclamaba en las calles lo que Daoíz y Velarde, los leones que protegen el Palacio de las Cortes, no pudieron impedir dejar escapar: derechos y libertades que nos fueron extirpados. En este orden de las cosas, más preocupante todavía es la figura del nuevo líder popular, , tan desnortado que no atina en localizar el municipio de en Gipuzkoa, lo que reactiva las alarmas sobre la dudosa credibilidad de su ‘caso máster’.

Es precisamente por eso que ahora, más que nunca, necesitamos una profunda reflexión sobre el voto útil en los próximos comicios. Y no me refiero con ello al frío cálculo del coste de votos por escaño que el sistema electoral español establece. No, el voto útil en las urnas no puede ser simplemente aquel basado en una operación matemática.

El voto útil será aquel que sea capaz de recuperar la honradez de los políticos, la credibilidad de la política y la utilidad de las políticas públicas. El voto útil servirá para designar a políticos transparentes que desalojen de las instituciones a quiénes las ensucien. El voto útil implicará bajar el volumen de los gritos y apostar por el diálogo. Pero, sobre todo, nuestro voto tiene que servir para desarrollar el país que queremos, un modelo social y económico que no deje atrás a nadie y que priorice a las personas. En definitiva, el voto útil solo puede ser a un salario mínimo interprofesional de 900 euros, a la revalorización de las pensiones de acuerdo al IPC, al plan contra el desempleo juvenil, a la ley de igualdad de trato y de oportunidades entre hombres y mujeres en el empleo, a la ampliación del permiso de paternidad, a la recuperación del subsidio para mayores de 52 años o al reciente plan de retorno juvenil aprobado por el con el que 23.000 jóvenes que compraron un billete sólo de ida podrán regresar a sus hogares.

El voto útil será el puño y la rosa. El voto útil será PSOE.

Marqués

Secretario General

Juventudes Socialistas Provincia de Albacete