Sin embargo, asistimos estos días al anuncio del actual presidente en funciones de su intención de “perseverar”, mientras endosa las responsabilidades de la no-gobernabilidad de España y de una eventual repetición electoral al PSOE y, particularmente, a su líder, .

Es evidente que es Rajoy el responsable único de su propio fracaso y el de su partido, en un esperpéntico proceso de investidura que ha supuesto una perversión del sistema democrático al instrumentalizar y manipular la verdad, retorciendo los argumentos a conveniencia, utilizando el chantaje, la amenaza, las presiones, y las mentiras y falacias para conseguir los propios fines. Fracaso que, no olvidemos, se fraguó en una legislatura que aunque resulte lejana no está ni mucho menos olvidada, donde se abusó de la mayoría absoluta y de la ausencia de diálogo con el conjunto de fuerzas políticas para imponer todo tipo de recortes de derechos sociales, laborales y democráticos y donde se trató de amnistiar la corrupción organizada y amparada por el PP en casi todos los ámbitos de la vida pública con él mismo como su principal valedor.

Nos encontramos, pues, ante un escenario donde cualquier pacto o cercanía a Rajoy resulta “tóxico” imposibilitando un posible acuerdo, aunque sea de mínimos, para su investidura y condicionando el funcionamiento ordinario de la democracia parlamentaria.

Mariano Rajoy no tiene la confianza de la Cámara como se acaba de poner de manifiesto, pero es que, además, conviene recordar lo que para muchos voceros mediáticos ya se ha olvidado y es que tampoco la tiene de la ciudadanía, ya que viene de perder cerca de 3 millones de votos y 49 escaños respecto al 2011 y cuentan con una precaria mayoría de 137 diputados, solo un 33% de los votos, frente a más de dos tercios de ciudadanos, 13,6 millones de votos, que han optado por otras opciones.

En ese contexto no debe olvidarse que, a pesar de las debilidades de sus adversarios, Rajoy ha perdido tanto la investidura como la capacidad de articular posibles mayorías que posibiliten la gobernabilidad del país. La vieja y reiterada táctica de responsabilizar a otros de su falta de apoyos, no es sino un mantra que no puede sustituir la introducción de cambios imprescindibles en las políticas y la evidente necesidad de una profunda regeneración democrática en cualquier futuro gobierno, algo que difícilmente puede encarnar Rajoy.

Es verdad que el país necesita un gobierno; unas terceras elecciones no son una opción deseable. Pero no es menos cierto que el país necesita también cambios profundos tanto en las políticas a desarrollar como en la forma de ejercer el gobierno, como ha puesto recientemente de manifiesto el abortado intento de nombramiento del exministro para el y las mentirosas explicaciones del gobierno poniendo de nuevo de manifiesto la nula intención de rectificar una forma de proceder que, lejos de ofrecer ejemplaridad, reiteran en el amiguismo más rancio haciendo oídos sordos al clamor ciudadano de regeneración y transparencia.

Pero seguramente Rajoy ha tenido y tiene sólo un objetivo: mantenerse en el poder. Eso sí, exhibiendo un discurso que intenta ocultar bajo razones de “generosidad política” sus verdaderos deseos. Y ello a pesar de la corrupción que le ha rodeado y él ha amparado. Las urnas no le han blanqueado aunque en su partido lo pretendan.

Mantenerse en el poder no sólo es el objetivo primero y principal , también el del PP. No van a poner precisamente facilidades para cederlo.

La reiterada petición de abstención “patriótica” que Rajoy y el PP le están exigiendo a Sánchez podría tener sentido si hubiera existido con anterioridad una renuncia “de responsabilidad de Estado”: la suya; si en realidad cree, como el resto de fuerzas políticas, que unas nuevas elecciones son un desastre, para evitarlas lo tiene fácil: que renuncie él y permita con su generosa renuncia que otro lo intente.

El auténtico bloqueo del país se llama Rajoy.