Castillejo de Bonete en Terrinches recoge vestigios culturales y religiosos de la Edad del Bronce y Cobre, uno de los yacimientos más importantes a nivel astrofísico de la península. Allí donde el paisaje de La Mancha comienza a confundirse con las estribaciones de vivió hace 4.000 años un hombre llamado Luciano.

Este no es su nombre real, pero así lo bautizaron los arqueólogos que encontraron su cráneo hace tres años en el yacimiento de Castillejo de Bonete en Terrinches (Ciudad Real). Eligieron su nombre en honor a la patrona de la localidad.

De Luciano sabemos algunas cosas. Cuando murió contaba con 40 o 50 años, una edad muy venerable para su época, su cráneo presenta una cicatriz en la frente, posiblemente causada por una flecha que casi con seguridad no que fue la causa de su muerte y fuerte golpe en el hueso occipital izquierdo. En su mandíbula se conservan unos pocos dientes desgastados y del desgaste de los huesos de sus brazos se infiere el uso habitual del arco.

A su muerte, los miembros de su comunidad lo sepultaron, junto con su ajuar, compuesto seguramente por algunos collares de piedras, puñales y objetos personales bajo las profundidades de los túmulos funerarios del templo solar de Castillejo del Bonete, desde donde Luciano partiría a la otra vida, a la resurrección o a la reencarnación, pero todos los indicios materiales indican que tanto Luciano como sus congéneres creían en la existencia de vida más allá de la muerte.

CASTILLEJO DEL BONETE

El Castillejo del Bonete de hoy en día no parece muy espectacular a pie de tierra. Rodeado por lomas de olivares, son poco más que unas cuantas piedras que se hunden en el suelo. Solo se ha excavado la mitad del yacimiento. A vista de pájaro se ve claramente que esas pocas piedras forman una perfecta estructura circular dentro de la cual se diseminan otras estructuras geométricas. Pero este centro ceremonial encierra en sus entrañas sus mayores tesoros. Los pequeños y embarrados pasadizos por los que los manchegos de la Edad de Bronce descendían a oscuras arrastrando con cuidado a sus muertos para depositarlos en simas y encomendárselos a la divinidad.

Precisamente en los angostos pasillos de la necrópolis una diminuta pintura rupestre representa a su dios, un hombre con los brazos extendidos con un semicírculo alojado entre ellos, lo que se conoce popularmente como indalo, una representación del sol naciente son lo más espectacular del conjunto.

Y es que Luciano y sus coetáneos de la Edad del Bronce profesaban una religión solar, lo cual es lógico en una época en la que los tiempos vitales los marcaba la naturaleza. El Castillejo del Bonete está perfectamente orientado en el eje este-oeste y los rayos de sol inciden directamente por sus oquedades en los solsticios, especialmente en el de invierno.

Para calcular este momento, sin brújulas, relojes o calendarios, los antiguos manchegos utilizaron paciencia y observación. Desde el alto del Castillejo observaron que coincidiendo con los días más cortos del año, en los que el sol parece detenerse durante dos días (el origen etimológico de la palabra solsticio es, precisamente, el sol se para), sale siempre sobre el mismo punto, justo sobre el extremo sur del cerro Cambrón. De hecho, la orientación del Bonete coincide con la del británico Stonehenge, monumento contemporáneo y según los expertos de igual importancia astrofísica.

Mediante la fijación física de su culto religioso y sus ancestros en el Castillejo de Bonete Luciano y sus congéneres reclamaban para sí la posesión de esas tierras fronterizas entre la llanura y la montaña que habitaban en lo que siglos después se llamaría Terrinches.

Volviendo a Luciano como individuo, con los restos de su cráneo se ha realizado una reconstrucción con la que se le ha puesto rostro al primer antepasado conocido de los manchegos actuales.