Sancho abdica. No puede más. Se despide con lamentos y regresa hacia el castillo de los duques. Le pasaron varias cosas, entre ellas la caída, con rucio unido, a una sima, donde lo encontrará . El encuentro es, además de emocionante, reparador, pues se repone la historia donde solía. El Duque recibió a Sancho con un abrazo falso, como todo lo que había hecho con ellos. Es en el capítulo LVII cuando se despiden de los duques para seguir camino. Aún el Duque te tiende otra trampa para enojarlo y esperar su reacción, pero la sabiduría de semejante loco esquivó el lance partiendo para . El escudero, en ésta, como en tantas otras ocasiones, respaldará la grandeza de mente y corazón de su amo, al que no entendía cómo alguien podría considerar demente.

En una posada, ya cerca de Zaragoza, Cervantes recupera el enfado por su plagio. Descubre a un viajero defendiendo la otra segunda parte, donde Teresa Pancha se llama . Da la oportunidad a Don Quijote de quejarse del plagio en la persona de Don Jerónimo, defensor de la otra versión falsa. El caballero andante convence a los viajeros de la mentira, que aceptan gustosos al comprobar que no había otro que el Quijote que conocieron esa noche. Para dejar por falsa la otra historia, Don Quijote decide no llegar a Zaragoza, circunstancia que en ella se detalla, por eso gira las riendas de Rocinante, camino de .

En el camino se topan con el bandido . Probablemente, como ahora tratan de comprobar los estudiosos, muchas localizaciones y personajes del Quijote pudieran no haber sido fruto de la imaginación cervantina, todo lo contrario. Lo que no hay duda alguna es que el bandido, nacido en Barcelona, existió por esos lares en los primeros años del siglo XVII: Perot Rocaguinarda. Protagonizó legendarios asaltos y terminó luchando en los tercios de tras el indulto real. Su fama alcanzó al propio Cervantes, que lo incluyó en su relato dándole un papel benefactor y paladín de causas perdidas, a la par que Don Quijote, que bien pareciera otro caballero andante como él. Habla de los tercios de Nápoles porque unos capitanes emergen del relato principal. Los acompañó a Barcelona. A sus puertas, les dio dinero y despedida.

Pocas veces, como en ésta del bandolero catalán, Cervantes hace suyos los argumentos de quienes luchan contra la injusticia social con el halo desquiciado que justifica comportamientos ilegales, coartada que sigue sirviendo para muchos, equivocados y con manos ensangrentadas, mostrando su falaz benevolencia. Moreno, conocido de Roque, acogió a caballero y escudero mientras entraban al capítulo LXII. Fue recibido como personaje principal haciéndole ceremonia y boato. Don Quijote, y más aún Sancho, quedaron admirados y agradecidos, porque no repararon en la trampa, otra nueva, que debía ser mofa para su amo. Objeto de chanza y mentiras para repetir una experiencia, de la que fueron ajenos, como fue su paso por la casa de los duques. Rieron y disfrutaron a costa de un hombre bueno y confiado, que sirvió de monigote y bufón, sin saberlo.

Don Quijote paseó por Barcelona, encontró una imprenta, miró libros, contrastó palabras en italiano, disfrutó de una atmósfera tan distinta de la que venía, donde la lectura era cosa de unos pocos, como él. Quedó gratamente sorprendido del talento de otros, que por esos lugares habitaban. Y llegó al libro que se titulaba Segunda parte el Ingenioso don Quijote de la Mancha, cuyo autor era de Tordesillas. Cervantes, de nuevo, se detiene en el plagio, que tanto le afectó, para desahogarse en boca de Don Quijote.

La burla siguió sin contemplaciones, pues Don Antonio disfrutaba disimulando una fama articulada para Don Quijote, absolutamente sobrecogido con las muestras de aprecio multitudinario. Los llevó al puerto donde simular una ceremonia de desencantamiento para Dulcinea. Sancho sirvió de pelele al que mantear y hacer tropelías, mientras su amo observaba lo que imaginaba era un sortilegio, que movió galeras y bajeles hasta la captura de supuesto berberisco, que no era más que una mujer disfrazada, a la que Cervantes otorga otro relato:

Una joven hermosa, cristiana, y nacida en Berbería, fue entregada por sus padres a familiares. Conoció a , también viviendo en tierras moras. Su padre, que emprendió viaje, dejó escondido tesoro recio de joyas, mientras hija y parientes acomodaron sus vidas en . La joven, para proteger la virtud de su amado, lo vistió de mujer y el Rey de Argel lo encerró con otras moras. La chica, vestida de hombre, acompañada de turcos y moros, con el respaldo del Rey, embarcó para Barcelona, donde debía estar escondido el tesoro que buscaban. Y en esas, antes de culminar destino, los turcos que con ella iban, decidieron parar antes en la costa para acaparar botín, la razón del enfrentamiento armado con las galeras cristianas, que capturaron su bergantín. Y allí estaba, pendiente del ajusticiamiento. La respuesta armada había sido de los turcos, porque ella, como otro español simulando deserción, no tenía más interés que escapar de Berbería y regresar, cuando fuera posible, con tesoro y ganas, para rescatar a .

En esas estaban, cuando apareció un personaje como Ricote, interlocutor de Sancho en capítulos precedentes, que le habló de su hija entre los moros. Allí alzó la voz para abrazar a su , pedir clemencia y ofrecer el tesoro, que con él iba. Todo se precipitó para organizar el rescate de Gaspar Gregorio. Ricote entregó dinero con el que pagar chusma castellana y mora, si necesario fuere. Todos quedaron hospedados en casa de Don Antonio, en tanto la empresa se ponía en marcha, pues había quién sabía dónde y cómo salvar al caballero español. Don Quijote, testigo mudo de tantos acaeceres, se ofreció para cabalgar hasta Argel y protagonizar el rescate. Sancho, como siempre, intercedió en la osadía, pero su amo, vestido y armado, montado sobre Rocinante, a la playa se encaminó para buscar el modo de embarcarse. Y allí, como espejismo repetido, la enésima intentona de regresarlo a casa, ante nuestro hidalgo iluminado se mostró el Caballero de la , y le atacó donde sabía, pues puso en duda la hermosura de Dulcinea. Espoleta perfecta para retar al paladín de su fama y dignidad.