Uno nunca termina de aprender a decir adiós. Y menos aún, cuando la despedida llega así, de sopetón, como un golpe seco, tan injusta como es a veces la vida, sin darte tiempo a asimilar lo que ha pasado. Te repites, pero, ¿cómo puede ser? ¿Qué es esto? ¿Es posible que el jueves estuviera dando el callo, trabajando, y hoy ya no esté?

Me cuesta mucho hacerme a la idea de que mañana, en las Cortes de Castilla-La Mancha, o el martes de la semana que viene, en la próxima reunión de mi , voy a volver la cabeza hacia un lado y ya no voy a ver a Elena.

Recordarla, sí. Me acordaré yo tan a menudo como todos los que la conocieron y compartieron con ella alguna parte de su vida. Porque Elena quería y era imposible no quererla. Nunca una mala palabra, nunca un mal gesto. Siempre con una sonrisa. Siempre dispuesta a trabajar lo que hiciera falta.

Ha sido una gran colaboradora porque era, lo primero, una gran persona. Una gran compañera y una gran consejera, que hablaba con la misma ilusión de cómo ayudar a una familia para evitar un desahucio, que cuando nos contaba lo inteligente que demostraba ser, cada día más, su hija .

Nadie puede llenar nunca el vacío que deja ninguna persona. Y menos aún en casos como el de Elena, que era una mujer muy formada y culta, pero que demostraba una sensibilidad hacia los demás, hacia quienes peor lo pasan, que estaba muy por encima de su curriculum académico y de su trayectoria profesional.

El vacío que dejas en nuestra Mesa del Consejo de Gobierno es irremplazable no como consejera, sino como . Termino estas líneas y llego a la conclusión de que sigo sin saber despedirme bien. Por eso te digo lo único que me sale de una garganta que ahoga un sollozo y de un corazón que sufre, pero que está orgulloso de ti:

Adiós Elena, un abrazo eterno.

- Presidente de Castilla-La Mancha