No es lo mismo estar vacía que vaciarse. Esa diferencia, en apariencia sutil, esconden una manera de pensar, interpretar y entender rural. La primera consideraba que hay una España que está vacía, per se, que nació, vive y morirá vacía. La segunda considera que esa España no está vacía, sino que se está vaciando; o más bien, nos la están vaciando. Que estaba viva, pero la están matando lentamente, despojándola de todo lo que sostiene una vida digna.

Existen muchas razones por las que el mundo rural se está vaciando, cada una de ellas se merecería su propio artículo. Pero como en todo lo importante, lo mejor es entender la raíz para proponer soluciones realistas. Y la raíz del mundo rural vaciado es la misma que la de tantos otros problemas a los que nos enfrentamos: el actual sistema económico.

El neoliberalismo solo entiende de aquellos asuntos que den beneficios económicos. Por eso no aprecia la gran labor imprescindible que realizan las mujeres cuidando a bebés, mayores y dependientes: porque esa actividad no da dinero; por eso no le importan los pensionistas, porque ya no son mano de obra que genera beneficios, sino personas que cobran “por no hacer nada”; por eso no valora y quiere eliminar los estudios universitarios de humanidades, porque a ellos no se asocia un beneficio económico directo. El neoliberalismo no entiende que hay cosas que tienen valor más allá del económico, como un paisaje, la salud de las per-sonas o el derecho a vivir dignamente donde decidamos.

El neoliberalismo decidió que sería mucho mejor para unos pocos que estuviéramos agluti-nados en grandes ciudades donde se concentrarían las ofertas de trabajo, ofreciéndonos pisitos de 60 metros cuadrados a precio de lujo, horas de viaje de casa al trabajo, uso casi obligatorio del coche y criar a nuestras criaturas sin una red de ayuda obligándonos a delegar esa tarea en guarderías o en otras mujeres con menos poder adquisitivo en vez de ofrecer-nos una casita en el pueblo a precio asequible, ir andando al trabajo, prescindir del coche y contaminar menos o criar a nuestras criaturas con nuestras familias alrededor. Habrá gente que elija la primera opción, o que la prefiera; pero hay otra mucha que sin quererlo se ve obligada a hipotecarse más de 30 años para un pisito donde cabe una familia a duras penas.

Claro está, el mundo rural necesita servicios, necesita inversión para generar puestos de em-pleo, necesita que crean en él. El mundo rural está lleno de posibilidades y ha llegado el mo-mento de plantearse que el empleo va más allá de torres de oficinas y trabajos precarios en bici o moto. Claro debería estar también que quienes queramos tenemos derecho a vivir en nuestro lugar de origen, cerca de nuestras familias. Por más vueltas que le doy no entiendo cómo se han atrevido a expulsarnos de esta manera de nuestros pueblos y ciudades simple-mente porque los mismos de siempre siguen haciendo negocio a costa de que los demás vivamos con menos calidad de vida.

Pero no podemos conformarmos con lamentarnos, tenemos que luchar por nuestra dignidad y la del mundo rural. Debemos ser capaces de desterrar la idea de que mundo rural y avance y modernidad no pueden ir unidos. Tenemos un arma muy poderosa que es internet, que no solo nos da la posibilidad de trabajar a distancia, lo cual cada vez más es una realidad más pal-pable, sino que permite hacer cientos de tareas, sobre todo burocráticas, que hacen que el mundo rural tenga casi todo al alcance, sin necesidad de depender de un transporte por des-gracia cada vez menos accesible para todo el mundo. Uno de los mejores ejemplos que ilus-tra la importancia de internet en el mundo rural es Estonia, donde un 31% de su población vive en el mundo rural (frente al 20% en España) y que ha conseguido perder solo un 11% de población rural desde el año 1960 frente al 23% en España. En Estonia, el acceso a internet es un derecho para la ciudadanía. Pero el reto no consiste solo en hacer llegar internet al mundo rural, sino invertir en formación obligatoria para aprender a darle uso a esa herramienta tan potente que tienen entre manos.

Hay que apostar por otro tipo de economías, un turismo rural sostenible, comercio de proxi-midad, valorar y apostar por la agricultura de toda la vida y no por la explotación agrícola a costa de los recursos, creer en las posibilidades que nos ofrece nuestra tierra, exigir ambula-torios, ambulancias que presten servicio continuo, aulas donde nuestras criaturas aprendan y se formen, solo por mencionar algunas medidas que atraerían a más gente.

No les dejemos vaciar nuestro mundo rural. No dejemos que los talentos formados en él tengan que exiliarse. Dejemos claro que no nos vamos, que nos echan, pero que no dejare-mos de exigir que hay otra manera de ver las cosas más allá de beneficios económicos insos-tenibles. Propongamos y pongamos en práctica otro sistema mejor que nos haga recuperar la dignidad, la calidad y la vida en nuestro mundo rural. Está en nuestras manos.