Mateo Alemán fue muy leído y traducido, aunque, después de muchos años, se quedó corto respecto al éxito de su contemporáneo, que también lo leyó, pues todos los que sabían se leían: . Buenos dineros reportaba la escritura, si se vendía, pues permitía vivir con respaldo y respeto. Si era de la corte, mucho mejor, pues se entraba en una especie de empresa pública que ordenaba la vida de todo aquel que deseaba comer. Todo el mundo debía estar al servicio de la corte, verdadero impulso, con el clero, de toda la actividad gremial que se preciara, y que imploraba influencia para conseguir un puesto. Todos aspiraban a ser una especie de funcionario, como ahora, estamento privilegiado donde por tonto o gandul no pierdes la plaza, pues una vez lograda se mantiene hasta la jubilosa fecha en que cumples la edad máxima establecida por quienes dirigen la vida ajena, otra categoría de prebostes que ni tan siquiera han sido sometidos a oposiciones para contrastar su valía profesional.

Y cuando un autor tiene éxito en las artes, como el Greco, que vivió por esos años y lugares, gana poder social y aparecen imitadores, que buscan rentabilizar el talento ajeno. En nuestros días también se padece esta lacra, que viene respaldada por una colectividad permisiva que compra lo que parece bueno, bonito y, sobre todo, muy barato, sin preocuparse de las consecuencias perversas de ese comportamiento egoísta y torpe, pues el ingenio, arruinado, se ve abocado al olvido, mala cosa para una sociedad que desea crecer. No es bueno solapar investigación e ingenio, que son los motores del progreso. El plagio supone una rémora donde ganan los pillos a medio plazo, pero se pierde un futuro imprescindible.

Cuando compramos una sudadera falsificada olvidamos los efectos en el proceso productivo legal, donde existen controles oficiales, garantías de calidad, precio y un ejército de gente que trabaja, cotiza y genera riqueza. El cliente final de un plagio ampara a los delincuentes, que camuflan su actividad evitando colaborar en el bien colectivo. Probablemente con ese pequeño gesto, aparentemente inofensivo, muchos están impidiendo el acceso al mercado laboral de alguien con el que, incluso, pueden estar vinculado. Quien favorece el plagio industrial rompe las expectativas de mucha mano de obra diáfana, que está a la luz apoyando las cuentas públicas, sustento de tanto y tantos. El fabricante honrado deja de producir, sus trabajadores pierden el empleo, precisamente, porque sus comerciales no consiguen clientes, que son los establecimientos, incapaces de sobrevivir y mantener un número indeterminado de familias. Empresa navegando sobre la superficie embravecida por los inconvenientes. Los submarinos, que camuflan su existencia, no plagian realmente, pero escamotean recursos que deberían ayudar al bien común. Aún es peor cuando esos mismos productores clandestinos succionan ayudas oficiales disfrazando documentos.

Pero cuando el ataque se orienta hacia la producción intelectual, probablemente con menor peso económico, olvidamos el esfuerzo del que inventa, la lucidez del pionero, el que encienda la luz de la innovación, hace presente con vocación de futuro engrosando el complicado tesoro de la inteligencia, donde unos pocos generan recursos del alma, donde muchos otros se alimentan de ideas y prospectiva. Si capamos la inteligencia seremos simples espectadores del progreso ajeno. Debemos orientar a esa inteligencia nuestra decidida protección. Cuando un joven fotocopia un libro, simplemente ayuda a un pirata, obvia al creador y secciona las posibilidades de una correa de riqueza que lucha por mantener el ingenio y la producción artística.

Los pícaros, delincuentes, no ayudantes de cocina, sacan provecho del ingenio ajeno. Mateo Alemán, como Cervantes, vio peligrar su invento. Los lectores, aunque no fueran millones, les permitía seguir viviendo y se mostraban ávidos por seguir sus obras. Había dificultades de comunicación, lo que podía facilitar el éxito de un plagio a tiempo. Ambos autores, pero Mateo Alemán lo reconoce explícitamente, admiten improvisación publicando sus segundas partes. Entonces se podría admitir falta de conocimiento. Hoy en día el plagio es localizable, pero se silencia porque unos y otros, pillos todos, pretenden sacar ventaja. En la vida de un libro algunos nunca pierden. El librero que no vende, devuelve. El distribuidor, que ha cobrado, lo que no reparte, lo devuelve. El editor, que no ha puesto dinero, lo que no consigue lanzar lo devuelve al autor. La imprenta, que ha cobrado, ha hecho su trabajo. El autor, si ha puesto dinero y no consigue resultados en la irradiación de su obra, al menos podrá quedarse con los libros para regalar. Muy pocos autores son rentables, entre otras razones, por la mala fe de los plagiadores, rateros del ingenio.

Cuando alguien, que dice tener un corazón generoso, compra un dvd al mantero de turno olvida las consecuencias de su aparente e inocente gesto. Más le valiera regalar dinero, que comprar una falsificación. De ese modo mostraría buen corazón, también, con la producción y comercialización legal, la que crea riqueza y redunda en el bien colectivo, es más, en su propio bolsillo. No vale aislarse del asunto. Todos perdemos o ganamos apoyando o repudiando al ladrón de talentos.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,