Recuerdo, cuando niño, la alegría que todo aquello nos proporcionaba el poder ”gobernar” en fantasía los pueblos, los castillos, los ríos y las montañas.

Aquel país de corcho y arpillera, bestias y personajes de barro cocido, era para nosotros una feliz quimera en pos de aquel misterio del Dios recién nacido.

Caminos, montes y praderas, rocas hechas de escorias de carbón, río con peces y lavanderas, nota risueña de euforia y de candor.

Ilusión de pequeños y mito de mayores, molinos, puentes y chozas de cartón rizado, profusión de camellos, corderos y pastores llenos de colorido y brillante escarchado.

Todo cobraba vida y movimiento en la imaginación de nuestros seres extasiados en lindo encantamiento y bella sugestión de menesteres.

Sin reparar en la forma o el estilo, representábamos el “Portal de Belén”, bien de paja, de piedra o de ladrillo, sin importar que el niño fuera mayor que el buey.

Años felices de mi niñez y adolescencia de costumbres y viejas tradiciones, extraños en su dulce inocencia a los deslices y a las desproporciones.

Todos le llevan al Niño, yo no tengo que llevarle… Le cantaré villancicos mientras descansa su Madre.

Cánticos religiosos de alabanza mezclados de aleluyas callejeras, y simpáticas y ruidosas “charangas” entonando músicas “ratoneras”.

¡Cuánto ha cambiado desde entonces! ¡Qué diferentes son estas generaciones! ¿Será que son demasiado precoces? ¿Demasiado indulgentes los mayores?

Ya los niños no sienten la impaciencia, ni los “grandes” un marcado interés de colaboración y persistencia en la continuación y salvaguardia de lo bueno del ayer.

¿Serán las consecuencias del llamado progreso…? ¿o el aumento global de algunas fortunas? ¿el sistema impersonal que amenaza deceso? O quizás…¿el haber puesto los pies sobre la luna?

No lo sé ni tampoco es momento de entremezclar aquí ciertas divagaciones y consideraciones, mi única intención es evocar y recordar el nacimiento de aquel Niño que quiso degollar Herodes.