Corren vientos difíciles para la actividad política tal como la venimos entendiendo desde hace décadas. Los partidos tradicionales, que han cumplido a la perfección el papel que se diseñó para ellos en la transición, reciben de pronto una animadversión generalizada que puede dar al traste con un sistema que ha funcionado razonablemente bien: este país ha sido capaz de consolidar la democracia, mejorar sus servicios sociales y no caer en los extremismos que sí han vivido otras naciones de nuestro entorno. La alternancia de dos formaciones políticas centradas (una de centro-derecha y otra de centro-izquierda) ha aportado la estabilidad suficiente para sortear crisis y amenazas de todo tipo, desde las económicas a las sociales, desde el terrorismo a las tensiones secesionistas.

Ahora, cuando nos acercamos a los cuarenta años de democracia, algunos piensan que todo va a saltar por los aires. Hay encuestas que auguran incluso una victoria electoral de una formación casi recién nacida, de hondo sentir populista, con tesis de izquierda radical adaptada al siglo XXI (o sea, bolivarianos y postcapitalistas, como ellos se llaman). Es la vieja y centenaria extrema izquierda con los mismos peligros y vicios de siempre, aunque con una elaborada y televisiva piel de cordero en forma de coleta.

De entrada yo no pienso que estemos asistiendo a la muerte del sistema democrático español tal como lo conocemos. Pero es evidente que la larga crisis económica (aunque estemos empezando a salir de ella) y los sucesivos escándalos de corrupción en todo el arco político han generado un clima de crispación, que puede llevar a muchos votantes –espero que no tantos como algunos prevén- a darnos una patada en el trasero a los partidos clásicos. Me temo que el destinatario final del puntapié sería el trasero de los propios ciudadanos, pues es inimaginable que un país moderno sea capaz de mantener la estabilidad, la libertad y el progreso si cae en manos de estos aprendices de revolucionarios que ya amenazan con tomar el cielo (o sea, el poder) al asalto.

En todo caso, sí defiendo que es necesario emprender un nuevo tiempo político y que los partidos “de toda la vida” no podemos hacer como si nada ocurriera. Tenemos la obligación de recuperar la confianza –ya que no el entusiasmo- de los votantes. Y para ello, además de recordar continuamente las bondades y ventajas de nuestro Estado social y democrático de derecho, hay que asumir que la actuación política debe estar marcada por dos puntales: la austeridad en el manejo del dinero público, y la ejemplaridad en el ámbito privado de quienes nos dedicamos a la tarea de representar a nuestros ciudadanos. En los tiempos de bonanza se han hecho muchas tonterías: unos más que otros (yo creo que el PSOE ha sido más contumaz en el error que el PP), pero nadie está libre de culpa. Los gobernantes hemos gastado demasiado en cosas no siempre importantes, y muchos han caído en la ostentación y la autocomplacencia. Si queremos que la gente vuelva a fiarse de nosotros, eso no puede volver a ocurrir. Tenemos que dedicar el dinero de los impuestos a lo que de verdad importa: educación, sanidad, pensiones, servicios sociales, fomento del empleo, infraestructuras productivas; debemos contar cada euro como si saliera de nuestro propio bolsillo. Y tenemos que ser ejemplares en la vida personal.

Se acabó la política de relumbrón. Ya no es tiempo de ponerse el traje de etiqueta, ahora toca embutirse el traje de faena. Quien quiera dedicarse a la política (o seguir en ella) ha de entender que éste es un oficio duro; noble y apasionante, sí, pero duro, porque ya no es un tópico decir que estamos para servir y no para ser servidos.

O entendemos el mensaje, o nos lo harán entender por las malas.

Ah, y por supuesto, nada de amparar y defender a quien no se lo merezca. Pasó el momento de justificar a quienes no son dignos de que se les justifique. Quien esté en política ha de ser digno de entrar en cada casa: quizá nuestra palabra no sirva para sanar a nadie, pero sí debe ser una palabra sincera y creíble.

Artículo de opinión de , senador del en representación de la provincia de