No habría mucho tiempo que perder para explicar las características de semejantes aves corredoras, si se tratara de un tema sobre ciencias naturales, pero ese nombre nos sugiere un comportamiento singular, el mismo que demuestran los niños cuando se tapan los ojos para no ser visto en el juego del escondite. Meter la cabeza en el suelo para evitar ser localizados aparece como una metáfora del que no quiere afrontar la realidad, esa cobardía propia de quien pretende seguir esquivando las obligaciones a las que está sujeto por su condición o responsabilidad.

El gesto instintivo del avestruz deja de tener significado cuando se trata de explicar el comportamiento de seres racionales, en sus distintos niveles de cordura o formación, porque no podemos caer en el error de llamar instinto a los gestos que se basan en la reflexión, algo que por el momento no se ha contrastado en otros seres vivos. El conocer, tratar y analizar la información nos lleva a tomar decisiones sobre las que debemos responder con todas las consecuencias. Las personas que afrontan cabalmente sus deberes merecen el respeto de los bien nacidos, pero desgraciadamente no siempre es así, y ahí es donde debemos detenernos, a riesgo que molestar, sobre todo a quienes se arrogan la capacidad de distribuir el bien y el mal con el respaldo de la norma, no del derecho, que para muchos es un concepto muy superior.

Nuestros avestruces sociales, cuando detectan que una determinada actitud puede suponer un esfuerzo superior a lo que consideran adecuado, no tienen más respuesta que esconderse, sin importarles los efectos perniciosos para otras personas, que aguardan pacientemente lo justo y correcto. Pero esa frustración puede alcanzar a otros, sumando un colectivo suficiente como para decir que ese efecto perverso atenta contra el bien común. No puede salir gratis ser como la avestruz, no es justo. No deberíamos protegerlos, porque no se trata de una especie en peligro de extinción, todo lo contrario, se reproduce con facilidad ante la falta de esos depredadores que mantienen el equilibrio social. Deberían ser expulsarlos de este hábitat que nos hemos dado a base de mucho esfuerzo y el sacrificio de nuestros mayores, empeñados en hacer de nuestra generación un colectivo de mejores personas.

Y hemos fracasado, sin paliativos. Nos creemos más preparados, sí, pero para mejor engañarnos. Los contratos precisan mil y una cláusulas para garantizar un compromiso que no se tiene la intención de cumplir, porque hemos preparado la huida antes de afrontar el formalismo. Y otros, que no desean superar su liviana medida del deber, esconden la cabeza pronunciándose sin rigor dejando escapar una tremenda deuda social. Con la cabeza metida en el suelo de la abulia permitimos que impere la indecencia, es más, dejamos que vigilen el comportamiento general incompetentes disfrazados de un boato que esconde la más absoluta ineficacia, pero armados de poder incontestable, al que muy pocos se atreverán a retar porque estarán jugándose la vida y la de sus hijos.

Los osados, protegidos solamente con la razón de sus verdades, poco podrán contra los caparazones de los poderosos, que mostrarán su falsa fortaleza amparados por la impunidad del mediocre, del cobarde, que se atreve con los más débiles, cuando no hay esfuerzo que hacer. Desgraciadamente, si se les pide esa misma decisión frente a los más fuertes, se arrugan y tapan los ojos para no ser vistos, como aquellos niños jugando al escondite. Pero si esto es grave, aún podemos sentirnos más preocupados cuando esa cobardía se exige desde algunos estamentos o grupos sociales, normalmente poco numerosos, pero con inusitada capacidad de mostrarse al mundo, arropados por intermediarios que buscan rentabilidad, probablemente inconfesable.

Si a los avestruces se les exige que escondan la cabeza: Miel sobre hojuelas. Además de satisfacer demandas, suficientemente publicitadas, evitan afrontar con rigor su compromiso. Pero puede ser mucho peor si, además de esquivar deberes, sacamos ventajas o prebendas que nos permitan mantener o mejorar la privilegiada condición de traidor al bien común. Sin buscar demasiado, tenemos posibilidad de conocer estos comportamientos en cualquier organización. Esos miserables manifiestan con holgura su incompetencia, pero sobreviven por las condiciones del hábitat social imperante. Controlan o erradican adecuadamente a posibles depredadores de lo injusto, empeñados en recuperar el equilibrio que mejor favorezca el bien colectivo. No hacen más que alimentar a esas aves andadoras. Curiosamente, en algunos casos, quienes deciden sobre ellas son, también, avestruces. De ese modo el objetivo común es inalcanzable.

Protejamos al depredador de lo injusto, dejemos que reduzca la población de avestruces, labor benefactora y constructiva. No hace falta más que dejarlo libre, facilitar su movilidad por el territorio inhóspito de la mentira, apoyar su resolución y mejorar el modo de expulsar avestruces. No es complicado asumir con valentía esa apuesta por el bien común, solamente hay que identificar al perverso, concretar sus actitudes, definidas en la ley, arreglar la norma que tenga rotos y aplicar las medidas adecuadas para limpiar de miseria nuestro entorno. Si estamos seguros de que lo que hacemos es justo, que nadie nos separe con fanfarrias y verborreas interesadas. Afrontemos el reto sacando la cabeza respaldando al que no la esconda. Apoyemos a los que no quieren comportarse como avestruces.

Artículo de opinión de - Comisario Jefe de la en la provincia de