Sumergidos en el mar de la picaresca española, conforme bajamos profundidad, podemos encontrar especies, menos conocidas, que atraen el interés por investigar. Está claro que no tiene mérito algunos bajar cierto número de metros, pues otros, mejor que un aprendiz como el que escribe, llegaron antes y más profundo, dotados de mayor talento para describir las virtudes o peculiaridades de relatos únicos. En el océano de las letras también hay exploradores avezados que descubren novedades impresionantes; su difusión engrosa el bagaje de la cultura general, donde otros, incluso los que no saben nadar, junto al agua pueden tener acceso a seres tan desconocidos. En la descripción de especímenes que conforman la novela picaresca hispana los expertos suelen relacionarlos por antigüedad, salvando, incluso, las pequeñas disfunciones que determinan la realidad concreta, pues algunos relatos, redactados en un momento determinado, pueden haber salido a la luz cuando se editan y distribuyen; de ese modo se puede comprobar la capacidad o respaldo que sus autores tuvieron de la corte o influyentes personajes con poder para hacerlo.

No es extraño reconocer los mecenazgos que tuvieron Mateo Alemán o , sin los que nunca hubieran podido dar a conocer sus obras. Otros, como ellos, debieron acudir a la influencia social para lograr mantenerse con vida hasta culminar sus libros. Después, con arreglo a la publicidad de la época y la recomendación ajena, tendrían la recompensa moral, pero sobre todo pecuniaria, para seguir en la tarea de proporcionar a las generaciones de entonces y de ahora auténticas joyas literarias.

Para ser justos, y de eso se trata también cuando de arte hablamos, no debemos olvidar al Lazarillo de Tormes, primigenia novela anónima de la que todos bebieron. Los sabios y eruditos, que tanto investigan y aportan al acervo cultural, sabrán explicarnos que en literatura no suele haber grandes inventos, como en otras ramas de la ciencia, en realidad es una suma y sigue de aportaciones o refritos bien articulados que van conformando novedosas realidades de un tronco inicial. Por eso nos insisten que los clásicos griegos y romanos sirvieron de pesebre privilegiado donde comer conocimientos y claves para desarrollar, como los manuscritos medievales, las hazañas y sus protagonistas, las cantigas, los textos sagrados o comentarios. Para el relato pícaro habría que remontarse, entre otros textos que aguantaron la destrucción, a una obra que está datada en tiempos de Los , siglo XV: La Celestina.

Pero tanta introducción no tendría sentido si no llegáramos al destino previsto. Vamos a sumergirnos, con la sana intención de incentivar su lectura, a una novela escondida profundamente en el tiempo: El Guitón Honofre. Según explican los sabios, nació en los alrededores de Calahorra, allá por el 1604, manuscrito de , jurista y administrador de patrimonios ajenos. Conocedor, por su cultura, de prosa y poesía, debió leer lo suficiente como para desarrollar un texto así. Sus capítulos parecen inspirarse en novelas pretéritas: El Lazarillo y la primera parte de El . Esas páginas viajaron como botín de guerra por medio mundo, pues no se supo de El Guitón Honofre hasta 1927, cuando se descubrió en Paris. Las guerras de antes y después lo llevaron hasta , donde se hizo la primera impresión ya en 1973. Un espécimen escondido en las profundidades que fue descubierto para el gran público muchos años después. Desde 1973 fue recibido con todos los honores por eruditos y estudiosos de la materia para darle carta de naturaleza e inscribirlo como se merecía en los blasones de la novela pícara, donde ocupa un honroso tercer lugar por natalicio.

Las ediciones más recientes de El Guitón Onofre, ya sin la hache, se fecharon en 2005 y 2006, lo que permite adentrarnos adecuadamente en una detenida lectura para extraer destellos que nos hagan seguir el rastro del libro, pues estos renglones no tienen más que esa intención. Para eso, merece la pena aclarar algunos datos. Por ejemplo: Guitón es sinónimo de pícaro o vagabundo. Una expresión desconocida por muchos que han leído otras novelas picarescas. En aquellos primeros años del siglo XVII podría significar, también, holgazán o pordiosero. Onofre será, por tanto, como Lazarillo, Rinconete, Cortadillo o Guzmanillo, los auténticos protagonistas de la novela picaresca, que deambularán por tierras parecidas arrastrando sus miserias en una sociedad desposeída y una corte empeñada por las guerras engrandeciendo un imperio con fecha de caducidad. Los poderosos engordaban al amparo de reyes entretenidos, alejados de su pueblo, plagado de gente buscando en las armas o el clero una manera de sobrevivir. Y en esa miseria colectiva, cuando hay que buscarse el modo de comer, nace la picaresca hispana, que ha evolucionado de tal manera que ahora, en pleno siglo XXI, se muestra descapara para seguir medrando, eso sí, con menos precariedad, probablemente sin la justificación de la pobreza, pero con estrategias y habilidades que no tienen más interés que ganar dinero y ventaja a costa de otros, víctimas preocupadas por trabajar y sacar sus vidas adelante perdiendo atención sobre las trampas que los nuevos pícaros, holgazanes pero no pordioseros, incluso mediando votaciones, tienen la osadía de montar en detrimento del bien común.