“El Cachorro” es una de mis series favoritas, entre otras cosas, porque me traslada a los tiempos de infancia y me recuerda la entrada triunfal… y temerosa al colegio , enclavado en la etapa de los últimos coletazos de postguerra, en las calles y , por cierto que el despacho principal y las viviendas de los padres , Domingo Meseguer, Agustín, Conrado, César, Gustavo Claramonte, Antonio Mezquita y la del hermano Juan estaban ubicadas en , junto a la zapatería del hijo de Pigés.

En aquella primavera de 1951 la zona era totalmente diferente a la actual con un barrio salpicado de edificios de una, dos y tres plantas como máximo. Pintorescos chalets decoraban la parcela destacando el de y el de el señor Alcaraz (“Tono” para Correos y Telégrafos).

El molino y la serrería de los Franciscanos, la huerta del legendario “Jaula”, el museo academia de y la casa de la familia Campos Alcázar aportaban su deliciosa nota, precisamente en esta última mansión y gracias a la amistad que sostuve con Antonio, hijo menor de Eutimio y Mercedes al, conocí célebre e inolvidable “Cachorro”, personaje de la Editorial Bruguera creado por el impagable (Antonio ejerció de compañero de clase en las aulas franciscanas a lo largo y ancho de cinco añitos maravillosos).

el grumete o “Cachorro” de campanillas se presentaba ante mis ojos a bordo de un galeón español que navegaba por el Atlántico y se disponía a penetrar en el peligroso mar Caribe con destino a . La fantástica nave llevaba un valioso cargamento y a una bellísima pasajera de rubios tirabuzones llamada , la cual iba a reunirse con su padre, el gobernador de la capital del estado de Zulia, en el mar de las Antillas. El poderoso bajel lo mandaba el apuesto y valeroso capitán , y Miguel, nuestro protagonista, simpatizaba con la hermosa Isabel explicándole que enseguida cruzarían el archipiélago de las Antillas citadas y que el Caribe se hallaba plagado de piratas que él, cuando se hiciera mayor y ocupara el cargo de capitán, los barrería a todos.

Las amenas charlas y la tranquilidad de las primeras y bien elaboradas viñetas se trocaban en instantáneas de acción para suerte de los jóvenes lectores. Rápidamente oscuros e inquietantes nubarrones se cernían en el horizonte en el instante que el barco tenía que pasar por un difícil estrecho situado entre dos islotes : El “Paso del Tiburón”, señalado al oscurecer por faroles colocados en boyas flotantes. Desgraciadamente aquella noche no brillaba ninguna luz, algo que preocupaba a Fierro ( la emoción se aproximaba a pasos agigantados a la vuelta de la página ).

Sin previo aviso, un tremendo batacazo sacudía el galeón y lanzaba a unos marinos contra otros pues la nave chocaba con los rompientes de uno de los islotes y quedaba empotrada en las rocas. Había que intentar salvarla actuando con serenidad e impedir que el agua inundara las bodegas… y mientras el carpintero curraba de lo lindo, un relámpago iluminaba el pabellón de un misterioso navío que portaba la bandera de la calavera y conducía el temido capitán “Baco”, nada que ver con el hijo de Júpiter que recibió culto por los romanos como dios del vino y que en su honor se celebraban las famosas bacanales.

Pero volvamos al asunto: El barco del pirata más cruel del Golfo de Méjico se lanzaba como un alud contra el galeón hispano abordándolo con un choque espantoso que estremecía a los ocupantes y hacía crujir las cuadernas de ambas naves a la vez que la escalofriante tempestad aumentaba (impresionantes los dibujos de un Iranzo en plena forma).

Aullidos de los filibusteros lanzándose como demonios al ataque. Fierro, Miguel y la tripulación peleando e Isabel orando en su camarote frente a la imagen de la Virgen pidiendo que los piratas no se adueñaran del barco. Hombres de distinta clase y condición luchando… y Miguel preparándose para recibir el espaldarazo definitivo y el sobrenombre de “Cachorro” que lo elevaría a los altares del cuaderno de aventuras y que os contará lo que sigue que es mucho y muy bueno en el próximo episodio.

Valeriano Belmonte