, el artista maño nacido en Muniesa () el 20 de septiembre de 1918, se sentía fascinado por el mundo de la piratería. Aficionado al cine había visto películas tan famosas como El Capitán Blood, Rebelión a bordo. La Isla del , Piratas del Mar Caribe y otras muchas, por eso, tras su éxito con El Capitán , probó fortuna con El Cachorro, su serie cumbre, y llegó a la gloria con las fantásticas aventuras de Miguel Díaz Olmedo, nombre y apellidos del grumete que se trocó en comandante y en el terror de los que se creían los reyes del océano.

Bueno, amigos, como os prometí la pasada semana, voy a dedicarle el capítulo tercero a la isla de los sueños juveniles del dibujante guionista, pintor y mil cosas más, es decir, a la Isla Tortuga, situada al sur del Caribe y lugar de reunión de los filibusteros que se apropiaban de lo ajeno surcando las anchas aguas del Golfo de Méjico.

En dicho rinconcito capitanes y hombres a sueldo después de terminar sus temporadas de correrías y pillaje en pos del oro que portaban los galeones hispanos y los de diferentes nacionalidades, regresaban a la parcela citada decididos a jugarse los doblones adquiridos entre riñas terribles y borracheras de categoría. Así pues, en la cuarta viñeta de la página tercera del cuarto numerillo de la mítica colección, el barquito de las ilusiones del capitán penetraba en el pequeño puerto de la Tortuga al grito salvaje de los escandalosos desalmados que llevaban encadenados a Miguel, y a la bella Isabel.

En realidad, como escribía Iranzo en boca de la hija del gobernador de , era una suerte que hubiera aparecido en el horizonte la islita de marras… porque los pobrecitos tenían las espaldas hechas una pura llaga. Enseguida desembarcaban y divisaban la legendaria taberna La Cuba del Ron escuchando los disparos y los gritos de los piratas ebrios de gozo que alojaban a los prisioneros en la mazmorra de una casucha sucia y miserable (Isabel quedaba en poder de Tarra, especie de bruja pensionista ataviada con chal de rebaja y pantalones de oferta con diecisiete remiendos).

Estupendas las chabolas del islote con palmeras en las concurridas calles atestadas de curiosos. Barriles semienterrados en la arena y sables en desuso decoraban el fatídico lugar. Baco y sus “tiburones” se apiñaban frente a La Cuba del Regreso, enorme tonel que los piratas habían colocado en el centro del tugurio… y lo convertían en regadera llenándolo de plomo y poniéndose igual que “El Kiko” bebiendo el ron que salía por los orificios de la gigantesca cubeta o candiota destinada a transportar líquidos.

Uno de los más atrevidos se encaramaba al colosal recipiente y aclamaba al capitán Baco brindando a continuación por la próxima salida a “faenar” por esos mares de Dios. No contentos con humedecer sus calurosas gargantas les hacían pelear a Fierro y a Miguel con El Rorro, energúmeno capaz de comerse un buey con habas y con siete esclavos que empuñaban látigos de cuero. Los dos salían airosos de las complicadas pruebas mientras que Isabel, acosada por Tarra, que también bebía lo suyo y lo del vecino, rechazaba una cena con derecho a denuncia y le daba un violento empujón a la arpía que quedaba inconsciente… recibiendo alborozada a sus valientes colegas que preparaban la huida de la peligrosa y conflictiva Isla Tortuga… ¿Lograrían escapar? Eso lo sabréis en la próxima entreguita. ¡Un abrazo y hasta pronto!

Valeriano Belmonte