El Cachorro y los monstruos del mar, episodio séptimo de la apasionante serie, me trae muchos y buenos recuerdos tanto en el colegio de los padres franciscanos como fuera de él, porque mi querido e inolvidable progenitor me regaló una peseta y veinticinco céntimos, precio oficial de cada ejemplar de Bruguera, y pude comprar en El Bazar del Libro el fantástico cuaderno apaisado y disfrutar con la fuga de Miguel, e Isabel Montero de la Isla Tortuga perseguidos por el iracundo capitán y algunos de sus deslenguados hombres a bordo de un cascarón más veloz que el falucho utilizado por nuestros amigos.

El viento arreciaba, pero ahí estaba don dibujando maravillosamente a Eolo, a gaviotas que cruzaban el océano ávidas de llevarse alimento a sus picos, al mar embravecido que azotaba la frágil embarcación y a la psicología de los personajes metidos de lleno en el espantoso huracán convertido en tifón. Fierro le aconsejaba a Isabel que se sujetara fuerte al palo central y se tendiera en el fondo de la barca, aviso que llegaba tarde, ya que la única hija del gobernador de resultaba arrastrada por las furiosas acometidas del vendaval en continuo movimiento y pedía socorro a pleno pulmón.

Para colmo de males aparecían en escena tres feroces tiburones con los cuales se peleaban el grumete y su capitán… y gracias a la agilidad y coraje de ambos se resolvía el problema. Por su parte la embarcación de Baco y sus secuaces sufría lo suyo a causa de un tremendo golpe de vientecillo “en estado de gracia” (maldita la que les hacía al cabecilla y a sus malvados forofos) que arrancaba de cuajo la arboladura de la barcaza pirateril. Enseguida llovían palabras malsonantes, tales como rayos del infierno, cuernos de belcebú y un largo etcétera de frases sin derecho a aplauso ni a premio de consolación (ellos trataban de consolarse por su cuenta). A los forajidos marinos los recogía El Cachalote, barquito propiedad de El Gancho y náufragos y salvadores sellaban el pacto de repartirse el rescate de los ex prisioneros… cuando los atraparan… y eso por el momento no iba a pasar.

Iranzo, persona cultísima, daba lecciones de geografía a los alumnos de las aulas albaceteñas narrando que en el Atlántico, donde convergen las corrientes del golfo de Méjico, existen auténticos bosques de algas conocidas por sargazos… y en dichos bosques se hallaban amigos y enemigos. La barca de los facinerosos y el falucho de los acosados se enredaban en el mar de verduras tres lustros antes de la entrada en vigor de “Los Invasores” en la capital manchega y aunque el barquito de los nuestros, conducido con sabiduría por Fierro, sorteaba los bancos de las conflictivas algas y se deslizaba por pasos estrechos con el mar ya en calma, al atardecer de aquella movidita jornada se estrellaba contra unos rompientes.

Al poco rato, Isabel, Luis y Miguel yacían sobre la arena de una playa desconocida… vigilados por un pulpo gigantesco que salía de la oquedad de una roca y se acercaba a ellos extendiendo sus enormes tentáculos. Al final la pregunta de siempre: ¿Saldrían nuestros amigos de esta desesperada situación? Lo sabrían los mercadores del próximo cuadernillo…y un servidor a la vera de Antonio Campos…porque mi papá, pese a su buena voluntad, no pudo darme más dinerito para adquirir El cofre del tesoro, título fascinante de El Cachorro que os contaré si no os apartáis de Un siglo de tebeos. Abrazos, pues y … ¡Hasta pronto!

Valeriano Belmonte