Bienvenido López, apodado “El Cachorro”, era un señor alto y grueso que tenía su almacén de cereales y legumbres en el número 9 de la calle Iris, vía que antaño se llamaba Tomás Pérez de Linares. Pues bien, a partir de marzo de 1957, año de mi debut en Telégrafos, cada vez que iba a llevarle un telegrama al Sr. López, recordaba a , el otro “Cachorro”, serie que en aquellas fechas pasaba de los 150 ejemplares.

Pero como no quiero adelantar acontecimientos y avanzar demasiado aprisa en la historia que tantos recuerdos buenos me trae, me detengo en el episodio octavo, o sea en “El cofre del tesoro” y todavía me parece estar viendo al viscoso y descomunal pulpo de la solitaria playa intentando acabar con el trío protagonista en fantásticas y cuidadas viñetas, por cierto que y Lorenzo Gromada “Los Polacos”, amigos de infancia y barrio, hacían merienda –cena a base de bocadillos de pulpo mercados por Isabel, su encantadora progenitora en los puestos de y enclavados en la vieja Mayor.

Se oía un grito espectacular y salvaje y una sombra cruzaba por entre las rocas, se entablaba una lucha terrible… y la sombrita resultaba victoriosa ya que provista de hacha de gran tamaño cortaba los tentáculos del molusco cefalópodo y protegía a nuestros amiguitos. Misterio, intriga y dinamismo (Isabel, el capitán y Miguel no se explicaban la extraña y pintoresca situación ).

Lo que les interesaba era saber si se encontraban en las costas de Venezuela o en alguna isla apartada de la civilización. Trocados en exploradores caminaban, comían frutos tropicales y bebían agua fresca de manantiales naturales antes de divisar una roca altísima, a la cual trepaba Miguel dispuesto a divisar desde la cumbre el amplísimo horizonte.

Entonces sonaba un graznido y un ave rapaz de campanillas lo cogía con sus potentes garras, lo elevaba por los aires… y lo depositaba con sumo cuidado a escasos metros de la guarida de una hambrienta iguana que se preparaba para devorarlo… sin conseguirlo… porque sonaba un disparo de arcabuz y la bestia, común en las islas del Golfo de Méjico se desplomaba sin vida.

El misterio aumentaba, Miguel se reunía de nuevo con sus colegas y les contaba la ayuda prestada. Huellas de pies descalzos y preguntas que contestaba a poco el exótico “ángel de la guarda”, es decir “El Búho”, pirata en tiempos y famoso en el Caribe por sus asaltos a naves de diferentes nacionalidades… soportando la traición de “El Gancho”, socio infiel que se la jugó y no precisamente al dominó.

Acto seguido aparecía la fortaleza del “salvador”, tornaba el águila “Paca”, surgía la “cortina de agua” de una pequeña catarata… y un cofrecito atestado de monedas de oro de ley que deslumbraba a los múltiples lectores del fabuloso argumento que continuará, con vuestro permiso, la semana que viene a pocas fechas de la Semana Santa. ¡Chao y adelante!

Valeriano Belmonte