A los seres humanos se los puede agrupar en dos tipologías: unos, los que antes de tomar una decisión, piensan en lo que pueda provocar; y otros, que no piensan si sus decisiones, pueden afectar a los demás. El caso Cifuentes viene a demostrarnos que los españoles de a pie, estamos rodeados de individuos de esta segunda especie, gente que se pasa por el forro de sus caprichos, todos los valores que nuestros padres nos enseñaron para convivir en sociedad, sin pensar en el daño que con su forma de actuar puedan provocarle a esa sociedad.

El posicionamiento del PP ante el indefendible caso Cifuentes, recuerda a aquel franquismo que en su tramo final se disfrazaba de amable. No reconocía que sus justificaciones de la represión nunca eran suficientes, como ahora son insuficientes las explicaciones de la presidenta madrileña, y con las que solo contribuye a embarrar aún más, el ya cenagoso ambiente que rodea este asunto. De nada valen todas las propuestas que les han formulado para salir del embrollo. Escuchar ayer a esta señora, además de provocar con su prepotencia la nausea, da miedo. Es como si sus predecesores en el cargo se hubiesen reencarnado en ella, como si estuviésemos condenados a vivir una historia interminable de la indecencia política perpetua en la villa y corte.

Repasar todo lo que acontece alrededor del poder, invita a pensar que en este país hay mas canallas de los que nos podemos imaginar. Que ya no solo están en la política, sino que han llegado también a las universidades publicas. Porque lo que ayer contaba Cifuentes pone en tela de juicio a todo el profesorado de las universidades, como si todos ellos fuesen capaces de aprobar sin exámenes y sin necesidad de asistencia del alumno, aún siendo esta exigible. Lo quieran o no, el relato de ayer, les convierte a muchos en sospechosos, en cómplices, en conniventes, al no dar respuestas claras a las interpelaciones de los medios de comunicación sobre este asunto. Parecen estar en un intento por salvarse a ellos mismos, sin importarles el desprestigio que eso produce a la institución universitaria.

Si lamentable es el nivel de la clase política, no lo es menos el de los responsables de muchas instituciones públicas como universidades, empresas públicas, entidades sociales. Miedo da pensarlo, y solo reconforta saber, que ni mucho menos eso es generalizable a todas ellas, ni a todo el profesorado universitario, mayoritariamente decente y honesto. Pero el deterioro de la imagen del mundo universitario en general, consecuencia de lo que estamos conociendo por este caso, es innegable. Cualquiera puede pensar, que la universidad se ha convertido en un mercado de títulos para los amiguetes, que el poder, no solo tiene en su mano a la prensa afín, y a los empresarios a los que da dinero y ventajas legales, sino que también tiene sus tentáculos en la universidad. Este caso lo que cuestiona, no es la credibilidad de Cifuentes, sino la de la universidad en general y la de la Universidad Rey muy en particular.

La U. Rey Juan Carlos tiene todas las papeletas para que le sea difícil recuperar su credibilidad. Demasiados nombres del PP en sus filas, para pensar que se trate solo de una coincidencia, ratificado por un catedrático que la ha calificado de “Oficina de colocación del PP y amigos”. Los datos conocidos, vienen apuntan en esa dirección, y el descredito por amiguismo se lo ha ganado a pulso. Son muchos los nombres afines al PP, que aparecen vinculados a esa universidad, familiares de la propia Cifuentes, de Ruiz-Gallardón, de Granados, de Mayor Oreja, o el defensor tertuliano del PP . A eso se añaden cargos del PP como el director del polémico máster, Álvarez Conde; González Trevijano, su antiguo Rector y magistrado del TC propuesto por el PP; el Rector, , también del PP, que saltó a la fama por plagio; o su actual rector, , elegido con la recomendación de Suárez, por todos los amigos y familiares que dominan el claustro.

Lo importante no es, que también, si Cifuentes miente, si se ha beneficiado de su cargo, o si ha recibido trato de favor, sino hasta donde ha caído la credibilidad de una universidad pública, y como eso cuestiona la legalidad en la concesión de sus títulos. No puede quedar un atisbo de duda, respecto al cumplimiento estricto de la legalidad con la que estos se otorgan, y que se hace en base a los conocimientos y valía, y nunca por amiguismo, pero tantos días de silencio de su profesorado no ayuda a ello. El caso Cifuentes es la punta del iceberg, que ha permitido visualizar las dudas sobre el correcto funcionamiento de la universidad española, muchos ya han verbalizado antes, sin llegar a convertirse en un asunto mediático como si lo es ahora. La universidad no puede permanecer callada y con ello otorgar, mientras Cifuentes afirma que, aunque existen normas y procedimientos, lo más normal es no cumplirlos, y que cumplir la regla es la excepción. Eso siembra dudas sobre la cualificación que otorgan esos títulos a nuestros titulados como Master. Y tampoco es entendible su silencio, mientras Cifuentes afirma que, si en la tramitación se produjeron fallos, o hay falsificación de firmas, no es ella sino la universidad quién debe dar explicaciones. Los alumnos y sus padres, que con enorme esfuerzo personal y económico hayan cursado un Master, no se merecen ese silencio.

En el PP, para sostener sus mentiras, nunca se duda en desprestigiar a quien haga falta, a las instituciones públicas, a los funcionarios, a la policía, y ahora, como lo necesitan, sin rubor lo hacen con la universidad pública. Y como siempre que no tienen respuestas, su salida es la misma, derivar a los jueces para que estos busquen la verdad, aunque ellos la conozcan a fondo. La U. Rey Juan Carlos debería desmentir a Cifuentes y al PP por toda esta sarta de mentiras, y si no lo hace, está admitiendo que ha existido un trato de favor a mucha gente por su proximidad PP. Lo hagan o no, el daño causado es difícilmente reparable, y el descrédito y el desprestigio provocado a las universidades públicas, madrileña y española, serán difíciles de restituir. Aún no es tarde, y bien harían cortando de raíz cualquier duda sobre la transparencia de su funcionamiento, hoy cuestionado. Cifuentes es lista, y se ha aprovechado de como funciona el circo, y sencillamente, se les ha adelantado a los de su partido.

Todo es predecible ya en la política española. Cifuentes ayer parecía querer convencerse a sí misma de que el PP y C´s le van a permitir quedarse, que esto ha sido solo un mal trago, se sabe un cadáver político, aunque hable de linchamiento. Cifuentes es la reina del cinismo, porque solo así, alguien puede admitir que todo lo que se ha publicado es verdad, y anunciar una querella penal contra el mensajero. Luego tenemos a la oposición: el PSOE anuncia una moción de censura; Unidos Podemos pide su dimisión; C’s le mantiene su apoyo, y disimula su tolerancia proponiendo una comisión de investigación. Predecible todo, porque cada uno tenía un papel encomendado, y no ha habido sorpresas. Si existiese un poco de sentido común, PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos forzarían la dimisión de esta señora y del Rector de la URJC por el bien de las instituciones madrileñas, más cuando ya una de las firmantes del acta del tribunal, reconoce que su firma ha sido falsificada.

Si no lo hacen, el panorama que se nos presenta a los que apostamos por la justicia social en este país, cada vez es más pesimista. Si alguien nunca se sale del guion, ese es M. Rajoy. Le muestra su apoyo públicamente a Cifuentes, como ha hecho con tantos correligionarios de su partido a los que después acababa diciendo no conocer. Todo dentro de la lógica, porque si M. Rajoy no ha dimitido con lo que ya le ha caído a su partido, no puede pensar que Cifuentes deba hacerlo por haber faltado a clase.

Tampoco ha defraudado en lo previsto Ciudadanos, que, como siempre, a las primeras de cambio, no puede evitar que se le vea el plumero, y no precisamente el de quitar el polvo.