El incendio forestal de Yeste-Molinicos y aldeas ha sido una gran tragedia social y ambiental, sin paliativos. En menos de una semana se han convertido en cenizas más de 3.000 hectáreas de monte rico en biodiversidad de flora y fauna. Muchísimas personas han visto cómo sus lugares de vida y sustento se han deteriorado hasta el extremo. El futuro se vuelve más hostil. Vaya por delante todo el ánimo y el apoyo a las gentes que más lo han sufrido, y el agradecimiento a todas las personas que han trabajado en las durísimas labores de extinción.

Dicho esto, creo que este desgraciado acontecimiento cabe interpretarlo en clave de los desquiciados cambios económicos y ambientales que está experimentando este mundo globalizado, cambios que se manifiestan también en nuestro entorno local. Se trata de poner la vista más allá de las llamas, el humo y los árboles quemados de los últimos días, para intentar descubrir las razones de porqué ocurren estos desastres ambientales, y porqué seguirán pasando (están pasando) otros similares más o menos mediáticos.

Es mi humilde opinión, seguro que incompleta, susceptible de ser matizada o incluso con partes erróneas, más con ella quiero hacer mi aportación al debate pendiente en esta región y país respecto a un mundo rural que se desangra sin remedio en el marco del colapso del capitalismo terminal.

1. En las sierras de Segura y Alcaraz se aplica un modelo económico extractivista.

El capitalismo, en su afán por incrementar a toda costa los beneficios monetarios privados, genera residuos e impactos por doquier cuando se apropia de los recursos humanos y naturales. Su historia del último medio milenio se puede resumir a través de un esquema centro-periferia donde las economías y regiones “más desarrolladas” han impuesto al resto del planeta unas reglas del juego basadas en relaciones de dependencia y subordinación. Primero se llamó colonialismo y ahora se denomina globalización.

Las sierras del sur de la provincia de Albacete llevan un siglo funcionando como abastecedoras de mano de obra y agua de las zonas urbanas de su entorno, fundamentalmente costeras. Los grandes embalses de la primera mitad del siglo XX anegaron las mejores vegas de cultivo de los ríos Segura y Mundo y dificultaron la explotación forestal tradicional que utilizaba el cauce de los ríos para dar salida a la explotación maderera. Si a ello añadimos la fuerte concentración de la tierra en manos de caciques, y la inexistencia de políticas de redistribución de la tierra, las consecuencias fueron la expulsión de la población de su medio natural, condenándola a vender su fuerza de trabajo para mayor gloria del desarrollismo urbano-industrial franquista. El agua de la sierra, la que corre por la superficie y la que la del Segura fuerza su afloramiento mediante los eufemísticamente llamados “pozos de sequía”, sirve para abastecer a una agricultura insostenible en el litoral, intensiva en petróleo y agroquímicos, que machaca a las personas inmigrantes que en ella trabajan. Y también, claro, para seguir dando aliento a un modelo turístico de sol y playa que ha copado el litoral mediterráneo al calor de la especulación del ladrillo.

Los sucesos de Yeste de mayo de 1936, con casi 20 campesinos muertos a manos de las fuerzas de orden público, cabe interpretarlos en el marco de esa creciente presión sufrida por la población serrana, despojada de agua, tierras y montes, condenada a morir de hambre o a emigrar. Este modelo extractivista que la Sierra de Segura viene sufriendo durante más de un siglo, tiene su continuidad hoy día en otras zonas de Castilla-La Mancha, con muy bajas densidades de población, para las cuales la planificación del desarrollo territorial les depara cementerios nucleares, minería de tierras raras, cotos intensivos de caza mayor o macrogranjas de porcino, en algunos casos con el visto bueno de los Gobiernos de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, el anterior y el actual.

2. Si en la sierra no vive gente, la gente no tendrá sierra.

El éxodo rural de la segunda mitad del siglo XX en España se ha logrado frenar en algunas comarcas de interior, más se sigue prolongando sin piedad en las sierras de Alcaraz y Segura. En los 25 años que van desde 1991 hasta 2016, caracterizado por la aplicación en España de las políticas europeas agrarias (PAC) y de desarrollo rural, ambas comarcas albacetenses han perdido población a un ritmo frenético y desbocado. La Sierra de Segura ha pasado de 23.639 habitantes en 1991 a los 16.895 en 2016, suponiendo una reducción del 40% de su población. Si nos vamos a los municipios de Yeste y Molinicos la sangría es aún mayor, alrededor de un 45%. Su población se ha reducido desde los 5.025 y 1.686 habitantes de 1991, respectivamente, hasta los 2.818 y 893 habitantes actuales. El caso de Yeste, si lo comparamos con los casi 11.000 habitantes que llegó a tener en 1950, es absolutamente desolador.

Los montes mediterráneos son ecosistemas extremadamente frágiles, que a lo largo de los siglos han coevolucionado con la presencia humana. Los usos tradicionales del monte como el pastoreo, la leña, la recogida de frutos silvestres, etc. han desaparecido a la par que se reducía la población, que ya no puede ganarse el sustento desarrollando las mismas actividades que sus antepasados. Si a ello añadimos un transporte público inexistente para la mayor parte de poblaciones y aldeas, así como educación y sanidad centralizadas en grandes poblaciones o la capital de la provincia, vivir en la sierra, aunque se quiera, está reservado a pensionistas o a gente muy valiente, que se ríe de las políticas públicas de desarrollo rural.

O la gente vuelve a rehabitar en harmonía la sierra, desarrollando las actividades tradicionales de manejo del monte, adecuadamente valoradas y remuneradas por el conjunto de la sociedad, recogiendo y poniendo en práctica todos los saberes de nuestros/as abuelos/as, o la zona corre el riesgo de convertirse en un parque temático para el turismo rural. Un monocultivo económico, el del turismo rural, con muy limitadas capacidades por sí solo para llevar a cabo una gestión integral y equilibrada del territorio. En contra de lo que nos sugieren las líneas maestras del progreso capitalista, en las sierras de Albacete y la mayor parte de las zonas rurales deprimidas de Castilla-La Mancha, faltan miles y miles de campesinos/as y pastores/as extensivos, capaces de aprovechar los recursos renovables de nuestra tierra (suelo y agua) para convertirlos en alimentos sanos. Campesinos/as y pastores/as, que no agricultores/as y ganaderos/as intensivos en el consumo de fuentes energéticas no renovables, que siguiendo las directrices de las políticas agrícolas y ganaderas públicas, con sus técnicas, cultivos y macrogranjas en muchos casos agotan y contaminan los suelos y el agua.

3. El cambio climático y la deforestación han llegado para quedarse: nada volverá a ser como antes.

Los ecosistemas forestales están cada vez más estresados por las mayores temperaturas y las menores precipitaciones ligadas al cambio climático. Los posibles incendios que puedan desencadenarse, van a resultar cada vez más dañinos y virulentos. En estas condiciones cada vez más extremas, incluso los modernos sistemas y dispositivos de extinción, humanos y técnicos, no siempre podrán hacer frente a los incendios con suficientes garantías para minimizar los daños. Ello no quita para que aún se pueda hacer mucho más y mejor en esta materia.

El sur y el sureste peninsular, donde se encuadran las sierras de Segura y Alcaraz, son las zonas de la península Ibérica donde con más intensidad se van a reflejar las consecuencias del cambio climático. En este contexto de mayor aridez y desertificación, el daño causado por el fuego sobre las masas forestales es muy probable que vaya en aumento.

Toca adelantarse y apostar por políticas que preparen a las comunidades rurales y urbanas para afrontar unas condiciones climáticas mucho más hostiles para la vida humana. Para este reto, las directrices que marca la globalización no nos valen. Seguir apostando por la mercantilización a ultranza de la mayor parte de las necesidades vitales, exprimiendo los recursos naturales y las personas para maximizar los beneficios monetarios de una minoría, nos lleva al colapso más salvaje. Tomando prestado el título de la novela de , hay que recuperar las “señas de identidad” de la sierra. Frente al desarraigo y la ruptura de vínculos con la naturaleza, se impone poner en valor estilos de vida basados en lo comunitario y el respeto a la tierra y sus gentes. No se trata de volver al pasado, sino de aprovechar los conocimientos generados durante cientos de años por quienes nos precedieron, para construir un futuro digno encajando tradición y modernidad.