Enero de 1957… la Navidad estaba a punto de terminar y lo hacía con el mejor regalo de Reyes para un servidor que rellenaba a mano documentos de identidad o carnets a destajo para comprar las últimas colecciones de mi ídolo . Una de ellas era “El Club de los Cinco”, historia que se parecía a “La Pandilla de los Siete”, precisamente comenzada por Gago y continuada por su cuñado, el entonces adolescente y debutante Miguel Quesada Cerdán.

A comienzos del año citado, Gago no se concedía un minuto de reposo llevando adelante cantidad de series de todo corte y estilo porque lo mismo se metía en epopeyas mediales, prehistóricas, del oeste americano y de espadachines que emocionaba con chicos del talante del club protagonista en esta ocasión. Vamos con el grupo de marras, amarras y armas tomar, con el cual vibraba leyendo los primeros títulos titulados así: “El Club de los Cinco”, “De isla en isla”, “Demonios blancos”, “Prisioneros de guerra”, “Camino de Filipinas”, “Minutos dramáticos” y “El loco de la tormenta” que compraba quincenalmente en mi imborrable “Bazar del Libro” a una peseta y cincuenta céntimos coincidiendo con mis amigos Paco Sáez, Vicente y Pepe Segura, los hermanos Puchol, Luján y demás forofos del “Club”.

Dichos cuadernillos apaisados y mimados al máximo los guardaba como oro en paño en mis limpísimas maletas forradas con papel de buena marca aguardando la aparición de nuevos ejemplares ( y Carmen de la Rosa, Anita Sáez y Carmen Baños, amigas de mi hermana , decían que mis tebeos estaban más nuevos que los de las papelerías ).

La publicidad de la Editorial Maga proclamaba en las contraportadas que cinco niños de distintas nacionalidades se hacían inseparables durante una travesía marítima y un vendaval de circunstancias les hacía trocarse en héroes… aconsejando que, naturalmente, leyéramos sus inigualables peripecias por su acción, simpatía, intriga e interés, algo que obedecía al pie de la letra enamorado con las hazañas de “Federico el Botas”, tan espigado como yo a los trece abriles recién cumplidos… y con , líder del clan, sin olvidarme de Tommy, el negrito ni del rellenito “Retaco”, comilón oficial que pensaba constantemente en bocatas de jamón, queso, chorizo y salchichón y en platos colmados de apetitosos manjares… y al lado del cuarteto, la linda , rubita , con cola de caballo y una muñeca a perpetuidad. Los chavales y la niña eran hijos de progenitores que viajaban en el barco “Valdivia” y ejercían de diplomático, abogado, emigrante irlandés, catedrático y corredor de automóviles.

De improviso los peques se encontraban metidos en una barca de salvamento sin adivinar la tragedia que se adivinaba. El transatlántico atravesaba una zona de minas sembrada por los japoneses que estallaban y destrozaban la embarcación. Los chicos salvaban la vida quedando en alta mar sin saber nada de sus padres y a la deriva. Temor, angustia y llanto… pero ahí estaba Juanito hallando en un rincón de la barquita un motor fueraborda… y como su papá le había enseñado a manejarlo, lo ponía en marcha y todos partían rumbo a una isla cercana oyendo por la radio que sus familiares habían sobrevivido al naufragio… Ahí arrancaba la excelente aventurilla del sensacional y recordado “Club de los Cinco”. ¡Hasta otra, lectorcillos!

Valeriano Belmonte