Es, sin duda, el recurso de los inteligentes, que aceptan de buen grado sus limitaciones. Probablemente los haya, pero muy pocos, que sepan de casi todo y muy bien. Pero hay que reconocer la imposibilidad de controlar todas las materias en un grado de especialidad tal que no haya necesidad de consejo. El consejero podría identificarse con ese Pepito Grillo, serio, simpático y eficaz, que tanto hizo por Pinocho hasta que lo engatusó la avaricia. Hacen falta muchos grillos de este tipo para garantizar la cordura en infinidad de decisiones que han de tomar otros.

Personas, más o menos brillantes, que se dejan orientar por mentes preclaras o especialistas en diversos campos del saber. Los grandes empresarios, mandatarios políticos, militares, académicos, religiosos, en fin, los que dirigen el mundo de un modo u otro, lo mejor que suelen hacer es seleccionar consejeros, es más, también suelen apoyarse en ellos para escoger otros del mismo tenor. Y su éxito depende del acierto y lealtad de esas personas que analizar y tratan la información más favorable a los intereses del que los ha contratado y, en otros casos, de las organizaciones a las que deben servir para lograr cumplir su misión. Habría casos paradigmáticos que demostrarían semejante idea, pero no debemos ignorar a esos seres que acompañan en el trabajo y en la vida particular a los elegidos para la gloria, hombres y mujeres anónimos que sirven en cada minuto para mantener la aureola de éxito de aquellos que comparten sus vidas.

Detrás de un gran hombre, siempre se ha dicho que hay una mujer, y viceversa, algo tan exacto que suena desmesurado, pero cierto. Pero esos consejeros pueden tener, además, otros intereses solapados, que no se distancian de las pautas marcadas, pero, de soslayo, tratan de conseguir mejores resultados en su prurito particular, que no desmerecen al que aconsejan, pero mantienen el estado de las cosas con la sana o perversa intención de perpetuarse en la posición o, mejor aún, escalar en la pirámide del poder, la influencia o la riqueza.

Porque un consejero, bueno o malo, según los casos, puede amasar prebendas sin restar un ápice al protagonista, que conocerá, o no, esas maniobras, que respaldará, o no, sus inquietudes, pero si no hace algo al respecto, en el caso de una traición, se verá arrastrado en el escándalo o defenestración. Y en alguna ocasión, esa desgracia ajena catapultará hacia el estrellato a aquel que sencillamente aconsejaba. Es como si Pinocho, al final del cuento, se convirtiera en el consejero de Pepito Grillo. Y no estaría mal, si Pepito Grillo fuera merecedor benévolo de ese cambio de roles, que ha sucedido muchas veces, y sin traiciones. Y si no que se lo digan a tantos responsables que han visto como eran adelantados por jóvenes, hasta un momento determinado sus consejeros, que demostrando su eficiencia y calidad suben en la escalera del poder o responsabilidad para mejor gloria de sus empresas o instituciones.

Sin embargo, donde hay que entretenerse un poco es en los consejeros de mente pérfida y arrogante, empeñados en mantenerse como sea en su pedestal. En muchos casos no tienen el menor rubor en desacreditar al superior, eso si, siempre negando cualquier duda, pues ellos tienen la confianza, hasta ciega, que les autoriza a mentir. Y con ese certificado de la mentira conspiran, impunemente, contra quienes destacan en cualquier aspecto de interés para la empresa o institución. No tendrán reparo en minimizar sus méritos o disimular fortalezas disfrazándolas de errores para impedir que su talento haga un respingo por encima de lo que consideren adecuado.

Es como si su limitada estatura profesional no les permitiera sobresalir por encima del muro de su competencia, y al ver que otro puede asomarse sin dificultad, dejándose ver, no tienen mejor idea que cortarle los tobillos y, de ese modo, igualarlo en sus dimensiones. Hay demasiada gente cortando tobillos ajenos, que limitan el progreso de quienes les hacen sombra, simplemente haciendo su trabajo mejor que ellos. Esos consejeros, aprovechando su posición privilegiada, se acercarán a la oreja del poder susurrando mensajes perversos. Lo peor es que esos oídos, complacidos y ausentes, se dejan influir demasiado por grillos del mal.

En todo caso, y ya es pernicioso el argumento, si se trata de eliminar un competidor con herramientas dañinas, no tiene más transcendencia que la desgracia ajena, sin embargo, aún puede ser peor, pues las maniobras pergeñadas por esos grillos de pacotilla podrían ocasiones perjuicios irreparables a las empresas o instituciones. Las empresas tienen modos de limpiar la suciedad con productos más o menos costosos, pero las instituciones, más aún, las administraciones, que tienen como misión prestar servicios a los ciudadanos, sufren la corrosiva infección de esos especialistas del consejo, perfectamente mimetizados con el entorno abúlico, y no falta, perpetuándose en la prebenda sin importarles demasiado el bien común, que debería ser su objetivo sagrado.

Camuflados en el lodo de la apariencia, limitan la progresión de los buenos, sin importarles enfangar su imagen refulgente con falacias y cuchicheos perniciosos, que esos oídos acomodados con los enjuagues del pasar, respaldan en la penuria de una desidia culpable, pero acolchada por tanto consejero capaz de regalar de todo menos competencia y responsabilidad. No deberíamos esconderlos. Hay que denunciar sus malas artes, y con todas las consecuencias. Mejor limpiar la casa de grillos envenenados.

Artículo de opinión de - Comisario Jefe de la en la provincia de