En cualquier organización que se precie hay escalones intermedios que, desde la responsabilidad, deben velar por su buen funcionamiento para tratar de lograr los objetivos marcados con las más altas cotas de eficiencia y eficacia. La utopía a la que aspiran quienes diseñan el trabajo de empresas o administraciones de todo tipo es que todos sus componentes, llevados por el sentido común, preparación y compromiso, atiendan las tareas o funciones sin necesidad de control. Pero no es más que una aspiración complicada de alcanzar, a no ser que estemos hablando de pequeños grupos muy bien articulados y henchidos de una cultura del buen y bien hacer.

La dura realidad es que, incluso cuando se trata de iguales en la propiedad o poder, siempre hay quién pone más en el empeño para compensar la falta de esfuerzo que demuestra el resto. Y en las empresas, como siempre hemos dicho, hay recursos adecuados para eliminar, con mayor o menor coste, esas infecciones sociales que no hacen otra cosa que aprovecharse de los demás. Lo que supone un reto es luchar contra los gandules, desmotivados o sinvergüenzas que se enquistan en un lugar, férreamente blindados por normas y privilegios, que algunos llaman derechos adquiridos, pero que en no son más que coartadas para seguir aprovechándose del resto.

Es complicado esperar de ese tipo de personas la respuesta media adecuada. No es necesario regalar nada, simplemente que se les pueda exigir, también, los deberes adquiridos, amnesia muy extendida entre los peores, que conocen, o se protegen con asesores pervertidos, todos los recovecos que permiten aprovecharse del sistema con inusitado egoísmo. Y es ahí donde se precisan controladores, lo malo es que algunos, no implicados en la organización, porque no forman parte de ella, sea por desidia, temor o maldad, respaldan las trampas. Peor aún es cuando esos controladores, formando parte de la organización, pero llevados por otros intereses, muchas veces perversos, ignoran, ocultan, respaldan o colaboran de algún modo con quienes defraudan las benévolas expectativas generales. Y esos que no hacen lo debido en la función de controlar, además de por sus actos, deberían responder por las consecuencias que afectan a los que sí muestran compromiso y responsabilidad en sus tareas, que se verán injustamente tratados provocando, en algunos supuestos, reacciones que minan o corrompen la cultura constructiva que aguanta los resortes para cumplir fines y objetivos.

Las administraciones, con su personal situado, también, en niveles de poder y responsabilidad regulados, deben buscar medios para poder controlar al controlador. Si no fuera así, las consecuencias negativas podrían llegar a ser irreparables. Lo verdaderamente complicado, a veces, es que esos niveles de control están atendidos por incompetentes empeñados en proteger su potestas sin preocuparse de la autoritas que debería informar su desempeño.

Otros, que no tienen más fin que sus objetivos particulares, en vez de acompañar a los responsables de la organización en la misión de mejorar el servicio para el bien común, suelen entretenerse en controlar otras cosas, especialmente a esos que deben responder cada día de la buena marcha de las funciones que le han sido asignadas, y tratan de infectar la sana cultura del esfuerzo con argumentos zafios o falaces, generalmente publicitados con la connivencia irresponsable de algunos controladores sociales, que se consideran paladines de la verdad.

Y esos que tienen el deber de motivar, coordinar, dirigir, respaldar a los buenos, en muchas ocasiones abandonados a su suerte por sus controladores respectivos, aparecen en los mentideros públicos como seres corrompidos protagonizando comportamientos reprobables. Es más, sin posibilidad de responder o exigir una respuesta justa porque algunos controladores de la conducta humana edulcoran o justifican esas afrentas acogiéndose a interpretaciones de dudosa solvencia.

Ahora sí, líbrense los humanos de mostrar la menor de sus quejas o requerimientos hacia ellos, porque serán rigurosamente reprendidos sin aceptar justificación, ni siquiera moral. Y en este estado de las cosas, los que tienen claro qué visión es la correcta para cumplir la misión orientada a los fines más rectos, aunque no exentos de errores, deberán perseverar con firmeza para no dejar avanzar a los necios o éticamente miserables, frente a los que hay que recuperar el protagonismo de lo bueno. Cuidado con los controladores más poderosos, porque tienen capacidad para enmudecer a los demás con sutileza, o perversa y difusa confusión, perfectamente diseñada para pudrir la dignidad de personas u organizaciones.

No hay más remedio que tener control e inspección, pero orientada a garantizar la calidad de los servicios que deben llegar a sus verdaderos controladores, que son quienes los reciben. Pero no están organizados, pues se trata de esa gran mayoría silenciosa que aglutina sentido común colectivo, auténtico colchón de cordura frente a los descerebrados o perniciosos malabaristas de la palabra que hacen mucho ruido pero no aguantarían el más liviano control sobre su comportamiento personal o profesional. Y dejo para el final a los que controlan el gasto ajeno, pero con los bolsillos llenos, que exigen ajustes o austeridad para los otros, aunque dilapiden dinero a manos llenas o acumulen prebendas para la eternidad, esos que tienen pensiones infinitas, sueldos obscenos, pero siguen apremiando a los que deben reducir costes. Para esos hace falta, más que nunca, expertos controladores.

Artículo de opinión de , Comisario Jefe de la en la provincia de