He visto, dentro de la extraordinaria programación de la Filmoteca de Albacete, la película “Yo, ”, que narra la situación en la que se encuentra un carpintero británico de 59 años, que víctima de problemas cardiacos, anda en medio de una marejada burocrática entre la solicitud del subsidio por enfermedad y la obligación que le impone el servicio de empleo de buscar trabajo si quiere cobrar alguna prestación entre tanto. Es una película que no deja indiferente y toca la fibra sensible ante realidades que nos encontramos en nuestro entorno y más para los que trabajamos en el .

Hay una escena que especialmente me estremeció, cuando la de un niño y una niña que están atravesando graves problemas económicos, explota a llorar en un comedor social, cuando no resiste abrir una lata de comida de las donadas y empezarse a comer su contenido por la hambruna que llevaba.

Daniel Blake, dentro del marasmo burocrático, choca con la necesidad de tener que usar de la administración electrónica, cuando a lo largo de su vida solo había usado un lapicero anclado a su oreja, del que se servía para diseñar y montar mobiliario.

Más allá de que comparto la realidad de incorporar la administración electrónica en la gestión diaria de los distintos procedimientos, es cierto que no podemos olvidar la necesidad de mantener el factor humano en la administración pública y en tantos otros ámbitos de nuestra vida.

Un teléfono 900, con música cansina de fondo mientras comunica o la necesidad de tener que pedir cita “on line” para ser atendido en las administraciones, conlleva que muchas personas no sean atendidas como debe ser o no en el tiempo en el que lo precisan. De esto que estoy hablando, saben bien los trabajadores sociales que usan parte de su tiempo en hacer estos trámites a muchas de las personas que atienden. Entre pellizco y pellizco en el estómago, me recordaba cuando por razones a veces difícil de entender, alguien se encuentra con la situación en la que se le corta de un día para otro la prestación o subsidio por desempleo además de iniciarle un cobro indebido con carácter retroactivo, con las únicas explicaciones dadas en una resolución ininteligible. Desgraciadamente conozco demasiados casos como el que acabo de describir.

Entre pellizco y pellizco en el estómago, recordaba que poco aporta para conformar una opinión pública bien informada, la aparición de titulares en algún periódico de tirada nacional, proclamando en negrita, “El gasto en prestaciones de paro baja de 20.000 millones por primera vez en la crisis” y más abajo, con letra ya normal, “La tasa de protección frente al desempleo está en el nivel más bajo de la serie estadística”, como aparecía en El País el pasado día 2 de febrero. La noticia más importante es la segunda, que supone que solo cobran prestación por desempleo el 27,3% de los 4,48 millones de personas en desempleo que hubo de media a lo largo de 2016.

Entre pellizco y pellizco en el estómago, según iba avanzando la película, me hacía reafirmarme en que una de las soluciones que hay que poner encima de la mesa y de la mano del Servicio Público de Empleo, es el acompañamiento personalizado a lo largo de toda la vida laboral. Es necesario, que en este tiempo en el que toda la información fluye de forma globalizada y han cambiado los parámetros de los mercados laborales mirados hasta hace poco tiempo solo en claves regionales o nacionales, todas las personas tengan acceso a personal técnico bien formado e informado para que puedan ir asesorando, informando y realizando un itinerario personalizado en medio de estos mercados laborales transicionales, en los que se pasa del empleo, al desempleo, del trabajo a la o a la formación mientras se trabaja y todo en cortos espacios de tiempo. Si no aseguramos que todas las personas puedan acceder a un mínimo nivel de información fiable de hacia dónde va el mercado de trabajo, los que sí tienen la suerte de tener esa información, fundamentalmente porque viven en esa zona de alto confort económico en donde cada vez hay menos personas, serán los que puedan ir posicionándose en donde más convenga y consolidando su lugar de privilegio, reforzando la desigualdad también en este ámbito.

Entre pellizco y pellizco en el estómago, también me acordaba de mi compañera de trabajo Julia, que en una sala de autoinformación que tenemos, con varios puestos informáticos para que las personas que lo deseen puedan hacer lo que a Daniel Blake le pedían, ella con toda la vocación del servicio público por montera, acompañada de todos los afectos y empatía, les acompaña personalizadamente.

Artículo de opinión de - Jefe del para el Empleo de la JCCM