Nunca aceptará el devenir de las cosas, aunque sean reconocidas como normales. No era un ejemplar común, probablemente porque asumió desde muy pequeño distintos valores que ha considerado siempre incuestionables. Era como vivir en un tiempo equivocado, sin embargo, con dificultades, sobrevivía tratando de soportar una sociedad enferma, esquizofrénica, arrastrando moletillas formales, absolutamente falaces, que suelen aceptarse con la naturalidad de lo injusto, embadurnado de protocolos absurdos con atrezzo disfrazado de verdad aparentando formalidad. Espectador del boato vacío camuflado de apariencia, que no era más que indolencia de unos y maldad de otros. El resto, esa mayoría silenciosa y complaciente, pendiente de cultivarse, siguiendo el guión de los malabaristas de la palabra. No podía comprender cómo los más torpes, intransigentes y soeces estaban acaparando el protagonismo social sin contestación alguna. Luego, la comparsa de analistas no hacía más que teorizar sobre la nada, cuestionando lo que no interesaba a sus bolsillos y buscando la prebenda sencilla obedeciendo la voz del amo. Era, en fin, la gran farsa social en la que Rubén desempeñaba su trabajo, un servidor público buscando el modo de hacer mejor lo que dejaban.

Seguidor furibundo de la legalidad, trataba de ajustar sus argumentos a la norma henchida de autoridad, a la que respetaba. Desgraciadamente, mucho más de lo que hubiera deseado, debió obedecer al poder, donde navega una caterva de inútiles engreídos con capacidad de decisión, incompetentes que, precisamente por eso, no pueden aceptar las poderosas razones de la verdad asaltándola con el pérfido objetivo de perpetuarse en el privilegio. Somos muy dados al tripeo descarado de la ventaja. No reparamos en la nefasta consecuencia de una pérfida utilización de la potestad que denosta virtudes o dilapida razones. En su vida profesional, que estaba terminando irremisiblemente, había conocido a personajes sabios y generosos, también indolentes insufribles vagando por despachos que no merecieron tamaña afrenta, y traidores, pervertidos por la envidia, que hacían daño gratuito o, sencillamente, ignoraban la verdad reconvirtiendo las mentiras en insoportables normas. En nuestra sociedad existe una afición desenfrenada enalteciendo el deporte de la traición. Cuando alguien destaca en alguna materia, otros pretenderán ningunear cualquiera de esas habilidades cuestionándolas o solapándolas con indignas insinuaciones que no buscarán más que el desprestigio porque esos envidiosos no podrán jamás ocupar el noble espacio de la capacidad. En el trabajo ordinario, más en lo público que en lo privado, si alguien tiene una estatura superior, los demás, lejos de intentar crecer para igualarlo, buscarán el modo de cortarle los tobillos para bajarlo al nivel general. Tratarán de controlar la situación impidiendo que los sabios, o más capaces, alcancen posiciones de influencia, porque dejarán en evidencia las carencias de los gandules.

El Estado de Derecho, idolatrado por la mayoría más o menos informada, suele modelarse con habilidades, a veces, insultantes. La Justicia, esa entelequia coronada de apariencia intangible, más propia de los dioses, se manifiesta por medio de humanos vestidos de oscuro, que no son más que ciudadanos con virtudes y defectos, dignos de crédito y obediencia, aunque sujetos del error, indolencia o maldad. Soportó extravagancias, dislates y malévolas decisiones de toda condición, lo que había producido en su modo de pensar una intransigencia desconocida años atrás, porque socializó su pensamiento empeñado en las mejores intenciones. La realidad de algunos torpes lo echaron al arcén de la sospecha, probablemente injusta pero explicable. Cuando la dureza de lo que sucede abofetea conciencias puras no tenemos más remedio que rebelarnos contra la tibieza o ignominiosa pasividad.

Con ocasión de su trabajo tuvo que identificar a un ultra, espécimen infeccioso que se desarrolla en bandas dedicadas a vociferar apoyando algunas actividades deportivas, que se enmascaran en la masa para ofrecer lo peor de sus conductas haciendo daño y perjudicando, incluso, los intereses de las empresas del balón. El tipo, chulo como nadie, faltón como pocos, aportó su filiación y salió echando leches del campo. Se quedó sin partido, aunque mantuvo su consolidada carencia de vergüenza. Sus padres, lo más seguro, habrían previsto otro futuro para el chico, que parecía aplicado hasta que se inoculó la mala baba irradiada por alguno de sus últimos amigos. Ese comportamiento desconsiderado se plasmó en una denuncia que debería verse en el juzgado, donde las conductas se contraponen para que una persona bien intencionada y celosa de su obligación trate de aplicar la adecuada retribución legal. Lo que ignoraba, cuando compareció en el juicio de faltas, era la trampa legal pergeñada por quienes habían dispuesto lo sucesivo. Explicó los hechos detallando palabras y gestos de un maleducado provocador, sentado al lado en la sala, que no fue detenido porque se quedó en el límite del delito. Era el clásico intransigente, uniformado de talante agresivo anhelando sociedades malditas, que mataron hasta las conciencias. Terminó su alegato y cometió el tremendo error de quedarse. La abogada, que tendrá mucho que perdonar en el juicio definitivo, no planteó defensa alguna que podría haber tratado de minimizar el comportamiento del ultra o justificar alguna ingesta que afectara al discernimiento, coartada muy socorrida en esas lides jurisdiccionales. Tuvo la osadía de presentar un testigo. No recordaba que hubiera una chica en el campo. Quedó estupefacto. Jamás hubiera imaginado semejante tropelía. La joven juraba que el enjuiciado era su novio y estaba con ella en casa cuando el acusador decía haberlo identificado en el campo de fútbol. La abogada, siguiendo el guión premeditado por su mala fe, repasó varias falacias que el chaval, con el desparpajo de quien no tiene dignidad, aseveró sin inmutarse. Rubén, perplejo, estaba siendo cuestionado apareciendo como un mentiroso inventándose un acusado erróneo. El fiscal no abrió la boca, ni para bostezar, permaneció expectante, como si hubiera visto la película y conociera el final. El vodevil echó el telón de la ignominia y el policía, al que no le dejaron ni el resquicio de la presunción de veracidad, ni tampoco pudo, porque no estaba preparado, aportar otros testimonios que pudieran vaciar la trola que acababa de contemplar, salió avergonzado mientras se iban cayendo uno a uno los palos del sombrajo. No había visto nada igual.

Los años regalarán anécdotas propias del absurdo, donde los que deben dar ejemplo de cordura resbalan por el precipicio de la incongruencia dejándose arrastrar por el barrizal de la vagancia que, pertinazmente, traquetea su comportamiento. No es fácil mantenerse en el pedestal de la honradez porque no compensa. Las mentiras reiteradas, cuando se comparten con personas de influencia, se convierten en la verdad oficial. Los que digan verdad serán transformados en mentirosos, a los que hay que desactivar con el silencio y, si fuera preciso, con desprecio. Aislar a los que saben supone la garantía que precisa la arbitrariedad, esa forma de actuar de los mezquinos que alardean de plumaje, que no es otra cosa que disfrazarse para esconder las peores intenciones. Las amistades del interés gobiernan sociedades indefensas tratando de sobrevivir con lo justo. Ya no hay paladines, acorazados de plata, blandiendo espadas restableciendo la justicia moral o legal. Nadie se preocupa de afinar las dagas de lo correcto. En todo caso, hay legiones de advenedizos, mendigos del privilegio, defendiendo y vociferando con estrépito para impedir que las palabras expertas puedan escucharse. Los inventores de la opinión ya se encargarán del alardeo de sus patrañas, que sirven a quienes repletan sus egos envanecidos.

Está sentado en un sillón de cuero con el cuerpo escayolado de melancolía reflexionando sobre todo lo que pudo haber hecho mucho mejor. Probablemente, habría ganado adaptándose a un tiempo equivocado. No le hubiera importado enfrentarse en duelos al amanecer, con pistola o espada. Los corazones puros preferirían ofertar órdagos a la vida en cada envite importante. Por honor se mataba o moría. Ahora, mientras contempla la pendencia entre un y el enorme búfalo enfervorizado, lamenta no haber sido más valiente. Se la hubiera jugado más veces de no haber tenido una familia detrás. Habría peleado abiertamente contra comportamientos indecentes, indolentes o incompetentes. No se merecen el silencio de la prudencia o el temor. Los peores deben erradicarse. La cobardía allana el camino de los pérfidos, que escriben la historia falsa, porque quienes conocen la verdad callan dejando correr la falacia. Los héroes llenan tumbas por doquier. La maldad siempre se fragua en la retaguardia, cuando no existe contendiente poderoso, entretenido en luchas a pecho descubierto. Rubén siente un temor incuestionable al ver derretirse un presente gelatinoso. Los futuros con banda sonora vociferando consignas del peor pasado, aireadas por descerebrados sin fuste, no pueden traer nada bueno. Falta la gallardía de los honrados, seres henchidos de honor, incluso con sordina, que deben aportar su palabra para restablecer la cordura, transformada, si se quiere, pero ponderada, compensada con el rigor de la decencia, que no es otra cosa que el respeto en busca del bien colectivo.

El ventilador, susurrando pertinazmente, adormecía una inspiración debilitada. No siempre se puede escribir lo que se puede, como tampoco se logra explicar lo que se desea. Rubén trata de relatar cómo un desprecio puede llegar a doler. Los efectos somáticos de una desgarradora afrenta. No sabe qué hubiera sido de él si en los amaneceres, enmarcados con esas brumas clandestinas de un pinar, hubiera sido capaz de morir o lavar las heridas del honor. Tiene la terrible sensación de haber viajado en el tiempo para perderse en una sociedad equivocada, distante o distinta de lo que le hubiera gustado ser o estar. La avaricia, eso que algunos llaman aspiración descontrolada, puede dejar muchas víctimas en el camino. Las decisiones mal reflexionadas permiten abusos incuestionables, que la ilegalidad desnuda, aunque siempre habrá quienes la disfracen para superar controles del rigor incuestionable. Muchos de sus censores de conducta profesional carecieron de solvencia moral para permitirse el lujo de suspenderlo. Los peores suelen adornarse de pomposa vestidura para esconder su deficiencia intelectual. También es corriente conocer advenedizos, rellenos de inmoralidad, tratando de regalar consignas de lo ético. No es posible avanzar sobre el barro de lo abyecto. El camino debe mostrar la fortaleza de lo indeleble, la resistencia de lo que se considera consolidado, aunque, y de eso nadie podría tener dudas, nuestro mundo exige progreso, la innovación insistente que nos permita ser mejores y mantener el bienestar posible, sin caer en la traición de pisotear expectativas coceando a los mejores. El saber debería tener preferencia sobre lo zafio y populista, pero esa utopía no puede plantearse repleta de ignorancia.

Lo ha tenido siempre claro. Además de lo sublime, que es imprescindible, debe sobrevivir la capacidad de lo posible, sin embargo, hay que esforzarse en la inteligencia general, la formación de una mayoría dispuesta a recibir información, analizarla y tomar decisiones con el abono del conocimiento. La ignorancia es débil, los indecentes muestran con descaro su capacidad para manipular, por eso, cuanto menos formación, más posibilidades de influencia. Una de las peores rémoras de una sociedad domesticada se identifica con el nepotismo, esa costumbre, enraizada desde siempre, que facilita el futuro a los parientes. No digamos a quienes regalan pleitesía o siguen los dictados de una banda organizada amasando poder. Nadie pondría un pero a la ventaja de contratar cuñados o sobrinos a una empresa privada. Se juega el futuro y los bolsillos de una familia dispuesta a empujar y vivir en las mejores condiciones. Precisamente, por esa vinculación con el futuro económico de una aventura comercial, el entorno cercano permite garantizar una empatía y compromiso adecuado, no exento de errores y soluciones traumáticas, que las hay, cuando el disparate se instala o las perspectivas se deslizan por raíles que dejan su orientación paralela. Rubén conoce y conoció empresas destrozadas por la intransigencia infectando el mejor de los ambientes familiares. Hermanos rompiendo anhelos conjuntos por derivas peregrinas o sobrinos traicionando cuenta de resultados para desviar el rumbo de una navegación fluida.

En una empresa pública el escándalo se convirtió en rutina. Nadie respiraba sobre el particular porque todos tenían porqué callar. Con arreglo al responsable periódico, según los vaivenes de la voluntad popular, una procesión de familiares completaba los despachos vacantes. En todo caso, si no existían, se habilitaba uno nuevo para recoger los restos del nepotismo más desgarrado. Cuando alguna voz abandonaba el guión reconocido, una verdadera avalancha de intereses se coordinaba para enmudecer conciencias, porque lo importante era drogar el pensamiento, más aún, la voluntad de los cabales, esa especie en peligro de extinción en una sociedad derretida. Tuvo acceso a la investigación, es más, recibió el encargo de buscar los puntos ilegales a lo que parecía, a todas luces, una sinvergonzonería galopante. Nadie explicaba, no aclaraba, todos negaban. Los exámenes de acceso eran insolentemente manipulados, porque dentro de la caja tocaba el que quería para mirar y regalar información a los miembros de la saga. Eran cuestiones sencillas que la trampa entorpecía para facilitar la entrada lubricada. Estaba convencido de la profusión de lubricantes que se derramaba en los procesos de selección. De un modo u otro, en muchas promociones profesionales se deriva al enchufe más asqueroso. En esas condiciones, si no formas parte de la familia o banda, tienes una barrera infranqueable que impedirá alcanzar un objetivo. Las recomendaciones o los informes de apego social se han convertido, a pesar de tanta buena voluntad, en la moneda de cambio para determinadas carreras profesionales. También, y es palmario, los etiquetados como no afines o distantes en postulados políticos o sentimentales tienen una dificultad superior para competir con los paniaguados o correligionarios elegidos con el dedo.

Aquella mañana, después de salir de un examen, un sobrino se quejaba de la dificultad en una prueba que, parecía, iba a ser más llevadera. Un amigo de la academia, hijo de un funcionario de esa institución, salió exultante porque había respondido todas y muy bien. No le cuadraba semejante sencillez en una materia que contrastaban todas las tardes. No se consideraba en mejor valía, sin embargo, tenía perfectamente claro su falta de conocimientos, especialmente porque llevaba muy pocos meses de preparación. Hacían ejercicios diarios y el chaval pedía ayuda a un Pedro estudioso y dispuesto a enfrentar exámenes de cierto nivel. Sin embargo, cuando Pedro iba contestando al cuestionario, mientras sudaba incontroladamente, comprobó su inesperada ignorancia. No daba crédito a una dificultad distorsionada que se alejaba en mucho de la dureza media de pruebas a las que había concurrido anteriormente. Su tío estaba perfectamente informado sobre el procedimiento de selección, que no podía demostrar, a pesar de las evidencias que encontró en otros años precedentes. El resultado de la prueba resultó apabullante. La plaza se asignó al joven que era hijo del funcionario. Sacó ventaja por conocer el examen previamente. Los demás estaban convencidos de algo que no podrían demostrar. Por otro lado, las quejas de muchos afectados por el engaño subían de tono, al tiempo que algunos filibusteros sociales buscaban el mejor modo de adormecer difusiones o denuncias al viento. La investigación podría conseguir indicios incuestionables, porque el rigor en la custodia de los exámenes dejaba mucho que desear, ya que diversas personas tenían acceso a lugares que no deberían haber alcanzado. La indolencia de unos pocos con al descaro de quienes conocían lo que era preciso, añadido a la rutina acomodada, regalaban información confidencial para que los sobrinos, primos, hijos, cuñados y demás amigos pudieran entrar perfectamente lubricados.

En la academia trataban de encontrar el contacto adecuado para facilitar las ventajas en el siguiente concurso. Buscaban una especie de prelación del enchufe. En la ciudad se estableció una sucesión de oportunidades con arreglo a las relaciones asumidas. No era complicado entrar en la dinámica de esa corrupción, socialmente aceptada como inevitable. En otro caso, la empresa era imposible. Se busca ser funcionario o cobrar ayudas injustas, regalos sociales a la vagancia pertinaz y, eso sí, permiso para criticar a los demás, especialmente a quienes no estaban compinchados con esos postulados de la realidad más dura. El acervo común, que debería rellenarse de valores y virtudes, ha sido contaminado por los microorganismos de la mentira. El voto se conquista de cualquier manera. El mejor modo es la compra de voluntades mediante la compensación. La felicidad en el mundo de Truman, como en el suyo, aunque no quiera, es aceptar la deriva social del entorno. Otros, que no tienen modo de engañar, deberán afrontar el gasto social trabajando y aportando su esfuerzo para que los sinvergüenzas sobrevivan. No tardará en dejar el trabajo y lo siente. Sabe que hay mucha gente que merece la pena. Un poco cobardes, sí, pero necesitados de referentes y estímulos para enfrentarse al nepotismo de los peores. Lo tienen complicado, porque ni los medios de comunicación dan profusión a valores constructivos, entretenidos en maldades y desgracias que no hacen más que causar desazón. En la falacia colectiva tienen suficiente poder para difundir excrescencias de quienes interesa y conseguir sus fines, porque Rubén echa mucho de menos la imparcialidad de la información, manipulable según sea la voz del amo o quién financia sus futuros. Hay sicarios que adornan la realidad al servicio de bandas o grupos sociales empeñados en dirigir pensamientos.

Y en ese afán de controlar la voluntad social se empeñan en ofertar medias verdades, ese modo de escamotear la información para orientar mentes torpes o adormecidas, de las que huye, y otra mucha gente, anclada en formas de entender la vida desde la libertad controlada por la ley de lo correcto. Probablemente, y le suele ocurrir a menudo, esa manía de lo cabal está alejándolo de algunos conocidos. No le importa, es más, cuando las obligaciones profesionales dejen de exigírselo, adquirirá la capacidad de un ser libre para decir lo que piensa, sin tapujos, solamente con la cortapisa ineludible del respeto al honor de los demás. No hay que aceptar sumisamente las imposiciones de quienes son intransigentes, especialistas en el etiquetado social, que dictan normas sobre el modo de expresarse inventando cada tarde diversas acepciones que afrentan al idioma, Es más, a esos que imponen un modo de vivir agarrado a lo tribal, que merece respeto, pero no puede encasillar a quienes desean avanzar en los inmensos derroteros del campo de conciencia. El gritar más no regala la razón. Maniobrar sobre una falsa realidad, basada en la reconstrucción interesada de la historia, merece el mayor de los desprecios. Y de eso sabe bastante un hijo, que ha tenido la mala suerte de estar viviendo en la provincia de desde hace unos pocos años. Afortunadamente, no tiene hijos; sería imposible tratar de criarlos en el odio. Pero el desprecio que nota últimamente comienza a causarle efectos somáticos. No disfruta de la calle, de los amigos que no eran, ni tantos ratos de asueto, que se han esfumado. El simple gesto de deambular por esos hermosos bosques de castaños había perdido interés. Prestar servicio en una comunidad que te desprecia causa mucho dolor. Acumula turnos para meterse en la burbuja del trabajo y escapar el mayor tiempo posible cruzando el límite con Francia, donde se nota distinto y distante de una amarga existencia, que jamás imaginó posible.

De cualquier modo, ha ido acumulando experiencia relacionada con el desprecio, esa maldad que provoca efectos destructores en una personalidad rigurosa, porque el indolente sobrevive en cualquier medio, no le importa nada más que seguir disfrutando de cosas sin plantearse otras razones; espectadores de lo absurdo, que aplauden un chiste malo como una perorata de cualquier malabarista social, aunque sea mentira. Las consecuencias de un desprecio pueden resultar irreparables, porque chocan frontalmente con el honor, sentimiento que puede hacer perder la conciencia de lo correcto y arrastrarse hacia la mayor de las atrocidades. Las provocaciones al alma, cuando son incisivamente dañinas, pueden hacer destrozos. En ocasiones, quien afrenta, pierde con estrépito. Se precisa reconstruir las dignidades perdidas y no es sencillo. El gran cuerpo social tiene que alimentarse de energía constructiva y hay quien no tiene fuerza para ayudar en demasía. Sabe que debe seguir insistiendo y tiene la esperanza depositada en gentes nuevas que tengan el valor de cambiar modelos y procedimientos. Cierto es que los desprecios, cuando se encuentran justificados por la legalidad de lo exigible, pueden ser benévolos, y de eso se trata. Pedro ha cambiado de objetivo. En el organismo donde ha ingresado hay control en los documentos para impedir fugas de información interesada. Hay lugares aseados donde acudir para concursar. Desgraciadamente, en los reductos del nepotismo siguen mandando los peores. Espera vencerlos de algún modo, se lo debe a su tío. Su primo, después de volver a La Mancha, recupera la calma para centrarse en lo importante, la misión que tiene encomendada, y no es otra que producir seguridad. Está restando meses hacia una muerte prevista cuando deba ser. No ha perdido el interés y desea, al menos, denunciar a los mentirosos, manipuladores de las medias verdades, porque busca el modo de paliar los daños que ocasiona el desprecio.