La historia terminó, por el momento, en tremenda sorpresa por haber sido todos encantados, incluso Doña Dolorida y las demás dueñas, tapadas con velos oscuros, que alzaron para mostrarse hombres con barba, como así los dejó el brujo Malambruno, primo de Maguncia. Las risas tronaban en el castillo y la Condesa Trifaldi continuó tejiendo la farsa para embaucar a en otra obra cómica, aunque para él era un drama épico a punto de protagonizar. Sancho, que se las veía venir, trataba de desertar, pero tanto insistían en la mentira, como apelando al corazón de los buenos escuderos, que decidió seguir a su amo como siempre había hecho, pero atemorizado de tan bien como habían construido semejante historia de encantamientos. Tanto agravio les hizo subir, tapados los ojos, en Clavileño, un artilugio a modo de caballo, con el que les pareció volar, y así viento le hacían para engañarlos, hasta que prendieron fuego a la cola del armatoste, pues el jolgorio se había cumplido con creces. , chamuscados y viendo la puesta en escena de todos, supusieron haber cumplido el conjuro para eliminar el encantamiento general. La dueña eran mujeres y bellas. Seguro que Dulcinea estaría, también, desencantada. De tanto regocijo y diversión, Sancho salió mintiendo como bellaco, pero esperaba el gobierno de su ínsula, otra trampa que el Duque tendió con esmero.

Don Quijote, sabedor de la empresa que iniciaba su escudero, aconseja con sabiduría todo lo que un hombre honrado y cabal debería hacer. Cervantes se regodea en la serie de vicios que aprecia en la gente principal y pretende asesorar a quienes lean y quieran seguir sus enseñanzas, que no son más que compostura digna de lo justo, para lo que reserva todo el capítulo XLIII. Consignas que Don Quijote escribe y pierde para llegar a manos de los duques, que siguen divirtiéndose contrastando la hermosa locura de un hombre digno, culto, recto, valiente, orgulloso y sabio.

Por un tiempo, no demasiado largo, Sancho se independiza para afrontar su falsa nominación de gobierno en la Ínsula Barataria. Don Quijote queda solo, al amparo de los duques, que lo tratarán, a pesar de todo, con esmero. Y esa noche, cuando pretendía dormir, debió soportar otra chanza injusta. Mientras Sancho daba muestras de rigor en sus decisiones, propias de buen y justo gobernador, Don Quijote superaba lesiones causadas en las muchas tropelías que le montaban en el castillo, donde echaba de menos a su escudero, sin sucumbir a las tentaciones lascivas de aquellas dueñas acosándolo y pretendiendo traicionar los amores de Dulcinea, la propietaria eterna de su cuerpo. Doña Rodríguez lo intentó, sin éxito, pero Cervantes le da la oportunidad de contar su biografía al Caballero de Los Leones, acostado y tapado hasta las orejas:

La dueña le dice que es asturiana y de buena, que se empobreció antes de tiempo, lo que impuso a su familia el desplazamiento a , donde estaba la Corte. Sus padres la dejaron al servicio de una señora y se volvieron para hacerla huérfana poco después. En la Corte se vio pretendida por un hidalgo montañés, con el que se concertaba en secreto. Una vez descubiertos, determinaron casarse. De tal unión tuvieron una hija. No mucho más tarde su esposo murió como consecuencia de un lamentable accidente en la calle . Creció su hija mientras ella, viuda, después de varias vicisitudes, pasó al servicio de la Duquesa, recién casada, que la llevó hasta Aragón. Su hija, la mar de hermosa, limpia y digna, con dieciséis años, fue elegida por el hijo de un labrador, por cierto muy rico, que la engañó con falsa promesa de matrimonio. Doña Rodríguez exige del Duque orden para su casamiento pero no recibe respuesta satisfactoria, como tampoco de la Duquesa, que ignora su demanda.

En definitiva, Doña Rodríguez, desde una silla, delante de Don Quijote, iluminada con el destello de una vela, le imploraba intercesión con el Duque para lograr el ansiado casamiento de su hija con el joven y rico labrador. Un estruendo improvisado dejó ciega la vela sucediendo azotes, pellizcos y agresiones en plena oscuridad, de la que Don Quijote no daba crédito, aunque siempre estaba dispuesto para los embates de fantasmas. Don Rodríguez salió dolorida y escarmentada por su osadía mientras el hidalgo, perplejo, decidió esperar al día. En realidad no había sortilegio alguno, sencillamente siguieron a Doña Rodríguez la Duquesa y otra dueña. La vieron entrar en la habitación del hidalgo y escucharon lo suficiente para entrar y protagonizar las tropelías.

La mofa de los duques llegó hasta la casa de , donde una misiva incorporó a , su mujer, en malévolas intenciones para divertimento ajeno. La buena Teresa se fue con cartas y regalos hasta el Cura y , que investigaron la trampa.

Mientras eso sucedía, Don Quijote remite una carta a Sancho para orientarlo en su buena fama de gobernante cabal y justo. Entre la retahíla de consejos que le regala, concreta varios de interés, pues le pide que muestre galanura acorde con el puesto dejando a un lado la humildad de su condición natal. Para ello era importante vestir bien. En el siglo XVI las apariencias engañaban, como ahora, porque el rango social iba precedido de los ropajes, lo que permitía distinguir al rico del pobre, pues las telas y adornos suponían gasto y engorro para cuidar. Otro consejo sabio fue recomendar que los súbditos de su ínsula estuvieren bien nutridos, pues el hambre y carencia no iban a favor del que gobierna. De eso podemos hablar en nuestros días con soltura y dedicación, pues cuando la necesidad impera es normal intercambiar alimentos por libertad, de eso modo cedemos gustosos el Estado de Derecho a los salva-patrias, que prometerán todo menos libertad. Otro mensaje de Don Quijote tiene mucho de verdad, y hay que reiterar su actualidad en pleno siglo XXI: Es mejor legislar poco y bien. Muy importante debe ser que las normas dictadas se cumplan más y mejor. De nada sirve rellenar el marco legislativo de normas si no se han de seguir. Seguía nuestro hidalgo recomendando virtud en el vivir y mandar, así como repudio de vicios en el hacer u ordenar. Bendito anhelo en el que estamos embarcados ahora, también.

Sancho responde a su amo hablando de los esfuerzos por hacer bien, avisos de traiciones y complicaciones que no eran obra de los azares. Estaba cansado y pensando regresar. Hay diversas epístolas intercambiadas entre los personajes, donde se sinceran unos y mienten otros, pues la burla se mantiene en el tiempo a costa de una buena gente, honrada y sabia, porque, como en otros muchos pasajes de la excelsa obra cervantina, Don Quijote pudiera parecer enajenado pero estaba henchido de sabiduría y bondad a raudales, empapado de cordura y corazón, que regala en cada instante a todo el que lo quiere coger.