Si alguien te pregunta por la calle o te llama por teléfono y te pregunta a quién piensas votar, es fácil que tu respuesta no sea demasiado reflexiva: al fin y al cabo falta mucho para las elecciones (medio año para las locales y autonómicas, un año para las generales), y además las consecuencias de tu posicionamiento son muy limitadas, porque en democracia los gobiernos no los cambian los sondeos ni las tertulias televisivas, sino los votos depositados en una urna.

Con todo y con eso, sería de necios (o lo que es peor, de irresponsables) negar que las encuestas que venimos conociendo en las últimas fechas marcan la temperatura del sentir ciudadano. Y ese sentir muestra un desapego hacia las formas tradicionales de hacer política, que se traduce en un desmedido apoyo a supuestas “nuevas fórmulas” que prometen la luna aunque no digan con qué cohete cuentan para llegar a ella. Decantarse por formaciones anti-sistema es una reacción preocupante pero en ciertos casos comprensible. Llevamos muchos años arrastrando una penosa crisis económica que tardó demasiado en recibir el tratamiento adecuado; los resultados de las medidas adoptadas por este gobierno son evidentes, el paro baja y los servicios públicos están garantizados, pero a mucha gente se le agota la paciencia. Para colmo están surgiendo numerosos casos de corrupción que pueden transmitir una imagen distorsionada sobre una clase política que en general es honesta: depurar a los corruptos es la mejor demostración de que el sistema funciona… pero no hay nada más feo que un grano supurando pus, aunque sea mejor reventarlo que dejar extender la infección.

Yo no tengo tan claro que un grupo como (de reconocida inspiración bolivariana, o sea, neocomunista) pueda hacerse con casi un treinta por ciento del apoyo ciudadano en unas elecciones de verdad, de las que deciden quién y cómo gobernará tu país o tu ciudad. Pienso que los albaceteños, los manchegos y los españoles en general, valoramos demasiado nuestra libertad y nuestras opciones de progreso como para ponerlas en determinadas manos. Además, Podemos va a tener difícil mantener esa pose de candidez y virginidad absoluta: ahora que pretenden ser un partido –o sea, integrarse en el sistema- tendrán que cumplir las normas, y eso les obliga a algo tan obvio como explicar de qué manera piensan alcanzar esa arcadia de felicidad y bienestar global que tan fácil es prometer y tan complicado hacer posible. También tendrán que avalar con hechos su ejemplaridad, y aclarar, por ejemplo, por qué sus cargos cobran de una Universidad sin aparecer por ella, o de dónde sacan el dinero para la acción política. ¿O es que la transparencia sólo nos obliga a los demás? Aquí ya no hablamos de casta, sino de pasta: la pasta que cobran los representantes políticos, la pasta que manejan los partidos (y Podemos es un partido), y la pasta que cuestan las medidas a aplicar. Aquí ya no hablamos de predicar, sino de dar trigo: de dónde sacamos el trigo y cómo lo repartimos.

Dentro de seis meses, tras responder a unas cuantas encuestas más, los albaceteños elegirán entre una papeleta del PP, otra del PSOE y algunas otras de izquierda radical. De ahí saldrán los gobiernos local y autonómico. Medio año después todos volveremos a tener ocasión de definir cómo será el gobierno nacional. Desde el PP seguiremos ofreciendo libertad, igualdad y estabilidad, y como consecuencia de ello, progreso y creación de empleo. ¿Ofrecerán lo mismo otras opciones políticas? Los ciudadanos se pronunciarán entonces, sabiendo que ya no es una encuesta, ya no es un partido amistoso: en las urnas nos estaremos jugando el futuro de verdad.

Artículo de opinión de , senador del en representación de la provincia de