Años después, un conocido en , que había estado entre los prisioneros del , relató detalles del suceso a , que no tenía más remedio que escuchar por no hacerle un feo a quien mostraba la imperiosa necesidad de hablar, más aún con alguna copa de vino, para descargar una pena empeñada en mantenerse viva. En realidad a José Pastor no le vinculaba nada a los hechos, si acaso el ser de y poco más.

Después de sofocar la sublevación en dos compañías de carabineros y diez mil milicianos, procedentes de Cartagena, se dirigían a . Era el 24 de julio de 1936, cuando el Teniente Coronel de la Comandancia de la Guardia Civil en Albacete, Fernando Chapulí Ausó, bajó de la sala de oficiales en el cuartel, entró en garaje empuñando una pistola, la puso en la sien derecha y se pegó un tiro. Desde las 19 horas del 18 de julio, ante su pasividad e indefinición, tomó la iniciativa al Comandante , que dirigió la sublevación en la provincia. Ese día todos sublevados de la capital, incluidos falangistas armas, se apostaron en el cuartel para preparar la defensa, pues la columna de Cartagena era muy poderosa para los pocos que trataban de pararlos a la entrada de la Carretera de Valencia. No fue posible la huida por falta de vehículos apropiados y el Comandante Molina no estaba dispuesto a dejar a la mitad. O todos o ninguno.

El 25 fueron bombardeados y los carabineros, con los milicianos, rodearon el cuartel. En la parte del aserradero pareció izada una bandera blanca como signo de rendición, maniobra que no conoció el comandante hasta que fue irremediable, pues los sitiados se rindieron dejaron pasar a los carabineros, que desarmaron y los hicieron prisioneros. Los que rindieron el cuartel izando la bandera fueron el Brigada Ricardo Luna Pons y el Sargento Muñoz. Los detenidos, arrinconados en las portadas que daban a la Carretera de Madrid, esperaban un inminente fusilamiento, que fue impedido por el Gobernador Civil Don Arturo Cortés. Los guardias de asalto fueron liberados y armados de nuevo para incorporarse a su servicio. El Comandante Militar, Teniente Coronel, Don Enrique Martínez Moreno, fue asesinado cuando iba conducido a la prisión. El crimen lo efectuó un guardia de asalto, que lo bajó del coche y le disparó. El asesino, apellidado Blanco, en 1939, cuando cambió el sentido de la guerra, fue detenido y fusilado por ese y otros crímenes cometidos en Albacete.

El 27 de julio de 1936, todos los guardias civiles, militares y paisanos detenidos en Albacete fueron trasladados al muelle de . Una muchedumbre encolerizada trataba de romper el cerco para llegar a ellos y matarlos. Iban llevando a los detenidos en barcazas para meterlos en el Sil. Allí estuvieron hasta que en Agosto el Sil zarpó hacia Cartagena. Varios jefes y oficiales prisioneros, entre ellos El Comandante Molina, fueron vejados haciéndoles fregar los suelos del barco. En más de una ocasión le pusieron una pistola en la cabeza simulando que lo iban a matar. No les daban de comer, tenían que lavar la vajilla. Los guardias presos, a escondidas, les daban algo de comer. El agua era salada, en un tanque que había junto a la enfermería.

El 14 de agosto, por la noche, el barco-prisión fue asaltado por la tripulación del barco de guerra Jaime I, que se dedicó a tocar marchas fúnebres y cargando hierros pesados. El 15 el Sil zarpó varias millas mar adentro. Ante sacaron a diez prisioneros y los llevaron en un barcaza al puerto. En la primera iba el Comandante Molina y el Comandante Camino. Esos diez fueron fusilados en el puerto. Los otros días se libraron de la muerte porque lo impidió un alto mando militar de la marina, que ordenó su regreso al barco. Con la excusa de cambiar de bodega por grupos, los marineros del Jaime I, ocupantes del Sil, a un grupo de prisioneros les golpearon en la cabeza para atontarlos, les ataron un peso grande en los pies y tiraron al agua vivos. Pudieron llegar hasta 50 los que padecieron ese horrible final.

Un teniente, Salvador Bañús, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y les avisó. El amotinamiento general de los prisioneros tomó por sorpresa a los carceleros, que taparon los respiraderos de las bodegas clavando salidas y escaleras. Les amenazaron con lanzarles bombas de mano o ametrallarlos desde arriba. Pero lejos de obedecer, los prisioneros rompieron las cañerías que pasaban por la bodega, destrozaron las maletas y acumularon ropa para hacer fuego. Esta maniobra, que suponía riesgo para todos, incluidos los carceleros, provocó que abrieran los respiraderos y soltaran las lonas que tapaban las escaleras. Regresaron a Cartagena y, al día siguiente, zarparon hacia .

En el puerto de Mahón fueron transbordados al barco Aragón. Los camiones que había allí aparcados, les dijeron que eran para llevarlos a La Mola para ser fusilados. La intervención de dos presos, un Cabo y el Sargento , que conocían al Brigada, Jefe Militar de Mahón, pues habían fusilado a los todos los jefes y oficiales de la isla, fue determinante para salvar la vida. Los convencieron de que lucharían del lado de la República. De ese modo embarcaron en dirección a Mallorca. Unos días después, en Porto Cristo, tras escapar y ser buscados por los bosques de Mallorca, alrededor de 40 prisioneros, lograron incorporarse el ejército sublevado. El resto de la compañía de la Guardia Civil de Albacete fue trasladada a , desde allí a Madrid. Algunos pudieron escapar en el frente de Peregrinos. Otros permanecieron en las filas republicanas hasta el final de la guerra.

De los 61 asesinados se conocían muchos nombres. Entre los diez primeros, ametrallados en el callejón del Arsenal, el ya referido Comandante de la Guardia Civil, destinado en Albacete, Don Ángel Molina Galano, Capitanes de la Guardia Civil: Serna, Parra. Capitán de la Guardia de Asalto: Díaz Martínez, y otros más. Arrojados al mar, lastrados, un comandante de infantería, capitán de infantería, capitán de la Guardia Civil, dos tenientes de la Guardia Civil, un teniente de artillería, en fin, una larga lista de guardia civiles, muchos de Albacete, con apellidos como: Sarmiento, Bayo, Segura, Biñuela, Rivera, Torres, Oliva, Mañas, Galera, Cabañero, Naranjo, Carrasco, Bleda, Trinidad, Montero, Heras, Haro, Rico o Col. Había que sumar los asesinados en el Baden de , Cementerio de Ntra. Sra. De los Remedios, campo de deportes del Arsenal, huerta La Boticaria, y otros tantos lugares que sirvieron para tan sangriento final.

José Pastor recibía más información de desconocidos, incluso sin ser de allí, que de familiares o paisanos de Cartagena.

A finales del año 1940 se relacionaban los templos afectados por la destrucción irreflexiva de esos descerebrados, cargados de odio y maldad. Saqueadas y destruidas cuatro iglesias emblemáticas: Santa María, la vieja, antigua catedral, Santa María de Gracia, Ntra. Sra. del Carmen y Sagrado Corazón de Jesús. Otras 42 iglesias y templos de la comarca fueron saqueados y parcialmente destruidos. Ocho sacerdotes asesinados. Nueve sacerdotes detenidos, algunos maltratados, pero vivieron. Las viviendas parroquiales fueron destinadas a Casas del Pueblo.

El 13 de mayo de 1940, la Dirección General de Seguridad impartía instrucciones para que la Comisaría de Investigación y Vigilancia de Cartagena efectuara un exhaustivo control de población.

En Noviembre de 1943 conoció noticias sobre un barbero de Cartagena, que llegó a ser concejal, teniente de alcalde, presidente de la comisión de abastos. En las elecciones de 1936 arengaba a los obreros para quemar iglesias. Protagonizó robos, saqueos y asesinatos. Personaje principal durante varios años tomando decisiones sobre detenciones y ejecuciones, que mandó fundir la corona de la Virgen de la Caridad, Patrona de Cartagena, apoderándose del oro y pedrería. Al terminar la guerra huyó a .

Artículo de opinión de , Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete