El Teniente Coronel Jaso era aragonés, genéticamente militar, iba a cumplir 60 años con 41 de servicio, desde que se incorporó como soldado voluntario en el Regimiento de Infantería de Murcia nº 37, allá por el 1895, como también lo hizo, más tarde el Cabo José Pastor. Le quedarían 825 pesetas mensuales y lo esperaba su familia en Madrid, pero lo llamó el gobernador civil, Mariano Zapico, para decirle que tropas militares sublevadas se dirigían hacia allí. Se presentó en el despacho del gobernador civil mientras otros lo hicieron en el del gobernador militar.

Más tarde, probablemente, se daría cuenta de su equivocación, porque escogió el bando perdedor. En aquel despacho, símbolo del poder legal, no había muchos militares, y entre todos destacaba un capitán de artillería llamado Antonio Yáñez Barnuevo-Milla, jefe de la Guardia de Asalto. Junto a ellos se encontraba el capitán de fragata Tomás Azcárate García de Lomas, asesor naval del gobernador, como el Presidente de la Diputación, Francisco Cossi Ochoa, que compartía edificio. Mariano Zapico les informó sobre la inminente llegada de tropas de Infantería y Artillería, como, así fue, porque no tardaron en intercambiar disparos. El asedio fue rápido, primeras negociaciones, salida de mujeres y niños, también algunos que dejaron caer las armas sin ningún interés en defender la República. Los acontecimientos se precipitaron con la llegada del destructor Churruca y la nave más pequeña Ciudad de Algeciras, que trasladaron a los primeros tabores de Regulares desde Ceuta. El teniente coronel Jaso fue detenido y procesado por Rebelión militar.

En menos de un mes, el seis de agosto, lo fusilarían siguiendo instrucciones del que había sido su Inspector General de Carabineros: Gonzalo Queipo de Llano Sierra. Con él fueron fusilados el gobernador civil, Zapico, y el capitán de asalto Yáñez-Barnuevo. No llegarían a tiempo numerosas causas para su defensa en el fugaz consejo de guerra. La guerra civil se aceleró con distintas ofensivas, entre otras, la que se desarrolló del 18 al 23 de julio, cuando lo que era el ejército republicano paró el avance hacia Valencia, maniobra decisiva para los siguientes acontecimientos. José Pastor, como otros tantos carabineros y guardias civiles de la provincia de Cádiz, tuvieron que escoger bando. La respuesta fue dispar en los distintos puestos. La primera columna de regulares que se adentró en la sierra llegó el día diecinueve a muchas poblaciones con la adhesión de un número indeterminado de carabineros, guardias civiles, guardias de asalto, requetés y falangistas. Ese mismo 18 de julio, José Pastor, se convirtió en una especie de guerrillero, como otros tantos de sus compañeros, hostigando a las columnas que avanzaban para ocupar toda la sierra de Cádiz y ofreciendo resistencia en la zona de Castellar, mal armados y soportando un calor de justicia.

De vez en cuando pasaba por la casa para lavarse y cambiarse de ropa; la piel quemada denotaba su exposición en pleno monte tratando de impedir el inexorable avance de quienes se iban sumando a la conquista. En Jimena, junto al santuario, se acomodaban familias procedentes de San Roque, Castellar y otros pueblos que escapaban de los moros, sobre cuyo comportamiento relataban atrocidades recorriendo cortijos buscando comida, algo que añadía terror a la tragedia. La familia de José Pastor, a la que se había sumado una prima hermana, Ascensión, con sus hijos, Isabel y Paco, para disfrutar las vacaciones de verano, no tenía la menor idea de que el tío Juan, marido de Ascensión, Capitán de infantería, desde Ceuta cruzaba el Estrecho de Gibraltar con la expedición de sublevados. Mientras, en Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante, la sublevación fracasaba. En Sevilla y Castilla La Vieja triunfaba el golpe militar, el General Sanjurjo, que debía liderar la iniciativa, muere en un accidente de aviación.

En esos días de Julio cuando se alcanzaba Agosto los acontecimientos se precipitarían. Francia enviaría aviones a Barcelona para defender la República, Italia y Alemania haría lo propio para reforzar la sublevación. Los hijos de José Pastor, especialmente la mayor, Ascensión, de nueve años, mientras su padre, hasta ese momento Cabo, Comandante de Puesto de Carabineros en Castellar de Frontera, luchaba en ese frente improvisado, presa del terror que no la dejaba dormir, tuvo que contemplar escenas que jamás pudo olvidar. Por la estación de Jimena iban pasando trenes con pintadas de UHP o FAI, repletos de hombres, algunos de los cuales se detuvieron en el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles para saquearlo y hacer una gran hoguera en la puerta con todos los ornamentos. La última imagen que tiraron al fuego fue la del Niño Jesús, al que habían vestido de torero en una ceremonia grotesca.

Una noche de aquellas, mientras esperaban noticias del padre, algunas personas llamaron con fuerza en la casa avisando que llegaban los moros. Recogieron lo que buenamente pudieron cargar, incluso los niños, a los que entregaron un bulto, y salieron caminando en fila india por la vía del tren hasta Gaucín. Agotados, tuvieron que esperar en las afueras porque se había decretado el toque de queda. Se acomodaron en el suelo hasta que salió el sol. Ascensión nunca había visto amanecer. Otra imagen que impactó en su niñez. Tras recibir la oportuna autorización, entraron en Gaucín y consiguieron un lugar para dormir. Comieron queso, pero la niña no pudo, porque le sabía a jabón. Unas horas de espera hasta que les dijeron que había sido una falsa alarma, y regresaron subidos en plataformas sobre la vía, que se articulaban a mano.

Documento escrito por José Francisco Roldán Pastor, Comisario Jefe de la Policía Nacional en la provincia de Albacete