Amigos míos, ya sabéis que concluí el capítulo anterior con la bellísima Bernardette, duquesa de Flor y hermana adoptiva de decidida a salvarlo de una muerte horrible. Ni que decir tiene que “El Espadachín”, colgado al borde de un abrupto barranco en cuyo fondo pululaban reptiles de todo tipo y condición, creía que había llegado su última hora, pero al ver a su hermanita del alma sintió renacer la esperanza… aunque le gritó repetidas veces: ¡No pases, chiquilla, no pases por el puente, puedes caer, vuelve y no mires abajo, vete, Bernardette, vete! Para colmo de males, por el otro extremo del tronco, amenazaba la pantera citada en el episodio de la semana pasada, con hambre para dar, vender y enviar a otros rincones del planeta.

El mamífero felino de dos metros de largo, pelo blanquecino en el pecho y vientre y manchas amarillas y negras, al verse molestado en el opíparo banquete, saltó para eliminar a la intrusa, la cual perdió el equilibrio, sintió un vahído, tiró la barra de hierro, cayó… y logró asirse milagrosamente a una rama del puentecito vegetal.

El volteo quitó la base a las patas de la fiera que fue a parar al foso muriendo atrapada por las boas, mambas y cobras. Entonces el de Drumont se balanceó con fuerza inusitada y con sus poderosas piernas logró subirse al tronco deshaciendo con los dientes el nudo que oprimía sus manos doloridas y ensangrentadas… ¡Pierre izó a Bernardette… y miel sobre hojuelas! Los “hermanos”, adelante siempre, a la vez que Gartier y Duriat hacían de las suyas y de las de los demás. Negreros y negros en continuo movimiento (muhunda y su hija Ramini… y la castellana Mercedes liberada del reyezuelo Bhutori que intentaba comprarla por diez vacas tan gordas como las de la granja del Sr. Sánchez, el del barrio ).

“El Espadachín” y el conde Gartier sostenían una lucha sin cuartel en una catarata que nada tenía que ver con las del Niágara, precisamente por aquellas fechas triunfaba la exuberante e inolvidable en la película del mismo título. Odio, desesperación y amor a la patria, señalaba el flamante guion de , el cuñado de Manuel Gago… y el titán de la extraordinaria odisea golpeaba al malvado que, al tratar de esquivar a su antagonista, resbalaba en la roca… y las olas y los troncos, arrastrados velozmente por las aguas lo aplastaban y lo hacían desaparecer tragado por los remolinos de la catarata. Un enemigo menos para el fantástico barón de Drumont… Quedaban todavía muchos y muy peligrosos que iréis conociendo si os quedáis a mi vera… Diez abrazos y… ¡Hasta pronto!

Valeriano Belmonte.