En el famoso “Cormorán”, conocía a Rosette, una bella joven que iba a reunirse con su esposo Jean Leclerc, rico comerciante de Martinica con el cual se había casado por poderes, ya que el padre de la atractiva y rubia moza le debía importantes favores al futuro yerno …sin saber que el tal Leclerc, cuyo nombre utilizaba nuestro “Espadachín” por orden y concierto del “Rey ”, ajusticiado, había sido un granuja contrabandista apodado “El Diablo” ( Gago y Quesada seguían brillando en la serie ).

Amaneceres, barcos a proa sin bandera y “El Lobo” y sus piratas con el viento a favor. Pero el intrépido Sr. De Drumont no se dormía en los laureles y le entregaba a Rosette su sombrero y escarcela, abandonaba el “Cormorán”, nadaba bajo la superficie del agua provisto de antifaz e incendiaba el navío enemigo. En seguida “Máscara Roja” a la vista, es decir, Sir Geoffrey de nuevo, que seguía creyendo que Pierre y Bernardette se habían burlado de él. “El Espadachín”, prisionero del inglés , cortaba sus ligaduras, desclavaba un grueso tablero, recogía un barril de agua dulce y abandonaba el “cormorán” trocado en cementerio flotante en alta mar.

Y así, días y noches agarrado a la almadía hasta que al alba, cuando una espantosa tormenta amainaba y una idílica playa se ofrecía, conocía a la bellísima mulata Flora – y no Silvia, como por error puse en el capítulo anterior. Flora, del corte de la Zoraida de “El Guerrero del Antifaz” y tan celosa como ella, se enamoraba al mil por cien de Pierre y le ayudaba y compartía papel con Mercedes, “La Dama del Torreón”, gran señora ataviada con peineta y mantilla, con la caprichosa Noelina, que compraba al “Espadachín” en la venta de esclavos, y con la malvada Lucía, capitana negrera y “Escorpión” mucho más adelante y la única en la dilatada colección que no amaba a nuestro héroe, al contrario solía castigarlo empleando un látigo de cuero peor que los que utilizaban algunos de los tiranos de “El Hombre de Piedra”.

Y como telón de fondo la inquietante y misteriosa manigua para ofrecerle a Pierre interesantes momentos de supervivencia, acción trepidante y un dinamismo impagable. ¡Chao, amigos… y hasta prontísimo!.

Valeriano Belmonte