En aquellos lejanos años cincuenta del siglo pasado muchos lectores de tebeos tenían que ocultarlos cuando sus progenitores aparecían en escena y vigilaban los estudios de sus vástagos, diciéndoles con frecuencia al verlos más interesados en las aventuras de “Pantera Negra”, “Balín”, “El Capitán ”, “El Defensor de la Cruz” y, por supuesto, en “El Espadachín Enmascarado”, que en las lecciones de Geografía, Lengua, Aritmética y Ciencias: “Con Dios me acuesto, con Dios me levanto”… y las sufridas mamás de los peques musitaban muy bajito: “Con la Virgen María y el Espíritu Santo”, temiendo que , pese a que en el firmamento brillaba el astro rey, surgieran oscuros nubarrones con derecho a paraguas y chubasqueros internos… Y en cuanto la “tormenta” desaparecía los ávidos seguidores del barón de Drumont, lo veían a bordo de un navío negro capitaneado por “El Mestizo” que intentaba acabar con la vida del protagonista utilizando su tremenda hacha de combate.

Pero la bella india “Shaló” detenía el golpe fatal, suplicaba por la existencia del que creía su adorado esposo e incluso en un arrebato de desesperación, agredía al malvado tratando de asestarle una puñalada. “El Mestizo” le doblaba el brazo con intención de matarla… y entonces los indígenas ascendían al barco y disparaban flechas envenenadas, una de las cuales iba dirigida al corazón de Pierre.

Shaló se interponía, recibía en su pecho el fatídico dardo… y exhalaba el último suspiro en los brazos del servidor del “Rey ” rogándole que le dijera que ella era su esposa, algo que el generoso y agradecido francés hacía besando y acariciando a la abnegada nativa, por cierto que unos jovencitos que coleccionaban la serie escucharon a unas señoras que lamentaban entristecidas la muerte de Shaló y eso les extrañó porque antaño las amas de casa rara vez leían comics; luego se enteraron que la tal Shaló, fallecida allá por 1954, no pertenecía a la Editorial Valenciana sino que había vivido en la Carretera de Circunvalación y se llamaba… Salomé.

“El Espadachín” avanzaba protegido en esta ocasión por , su hermana adoptiva que al ver a su hermanito colgado en un tronco que servía de puente al borde de un barranco repleto de serpientes, mambas venenosas, cobras y pitones que se erguían silbando dispuestas a alcanzar a un Pierre que encogía las piernas para evitar las mortales mordeduras de los ofidios, empuñaba una barra de hierro y a punto de liberar al enemigo número uno de los pérfidos Duriat y el conde Gartier contemplaba horrorizada a una pantera hambrienta… ¿qué pasaría? se preguntaban los coleccionistas.

Eso os lo contaré en el próximo episodio ya que ahora me despido de vosotros con el clásico “¡Hasta dentro de unos días¡”.

Valeriano Belmonte