En el puerto, con el sigilo y ayuda de su amigo, fue guardando equipajes en días de espera. Sayavedra preparó dos grandes baúles, que rellenó de piedra, para disimular en su aposento, de modo que nadie podría imaginar su fuga. Don Beltrán, su tío, picó en el anzuelo dejándole llevar otros dos baúles, que Guzmán dijo repletos de joyas, a su casa, donde más seguros habrían de estar. Hablaron del casamiento y las condiciones y rémoras que había de llevar, además de regalos generosos que había de heredar. El cuento largo, con los baúles de piedras en casa de Beltrán, cumplió su cometido logrando de la familia importante cantidad de alhajas y dinero, pues los baúles, repletos de joyas, eran las prendas con las que responder. El que mandó mantearlo, del que aguardaba vengarse, le entregó riqueza y fortuna, que no perdió tiempo en llevarse al barco. Ni el posadero reparó en el viaje, pues sus cosas en la posada estaban.

Sosegado y agradecido a Favelo, Guzmán navegaba hacia España imaginando las caras de tantos mal nacidos, que tanto daño le hicieron cuando lo creyeron , no , que ahora volvía maduro y rico. La venganza italiana, en parte, se había cumplido. Pero la travesía no deparó bendiciones. La desgracia no venía en soledad. Las alegrías suelen contraponerse de males irreparables. El regocijo de un triunfo, sin solución de continuidad, se puede tornar en perfidia. La brisa suave bajo el palio de un cielo abierto y espléndido, de pronto, pareció tornarse en marejada oscura repleta de nubes, agua y truenos, pero sin viento, lo que peor servía a unas velas en reposo, que precisaban el empuje del dios Eolo. Sin embargo la tempestad se hizo presente y el pasaje, como los tripulantes, debió prevenir desgracias seguras. Y el viento llegó con rigor desmesurado haciendo destrozos en las galeras. Las consecuencias peores se concentraron en Sayavedra, que perdió la cabeza absolutamente. El esfuerzo de la tremenda travesía, que se aplacó cuando el cielo quiso, llevó al descanso general. Era noche cerrada y el marinero de guardia gritó que una persona se había tirado al mar. Su siervo, su amigo, Sayavedra desapareció para siempre tragado por las aguas. Don Juan de Guzmán desembarcó en , cargó baúles con nuevo criado, que buscó, se despidió de Favelo, ahora también su amigo, y abandonó Barcelona, como también el libro segundo de la segunda parte, para encaminarse a .

El destino estaba escrito, las paradas cuando fueren precisas. Mateo Alemán no se resiste a pregonar, y a menudo, que la providencia reparte los bienes materiales a los ricos y los espirituales a los pobres, por eso diseña referencias para calmar las almas cuando los cuerpos no pueden ser bien atendidos. El rico no tiene nunca bastante, porque el codicioso quiere más, por eso debe soportar, cuando no tiene remedio que interponer para evitarlo, los embates de esos miserables que tratan de sobrevivir, incluso, aunque tengan sus almas repletas de virtud. fue excelente lugar para descansar varios días. Un joven rico y empapado de galanura debía aprovechar sus méritos para el entretenimiento. Y oteó una viuda de buena planta, a la que marcó con la mirada y rondó descaradamente, gestos que no evitó con la mirada. Cuando regresó a la posada inquirió información sobre la dama, ratificada en bendiciones por su belleza, riqueza y discreción, lo que multiplicó el interés de Guzmán. Charló rato con el posadero y decidió salir de paseo. Una vez más, como en otras anteriores, una mujer lo engatusó para quitarle el dinero. Le dejó alargar las manos mientras ella, que estaba en lo suyo, también lo hizo, pero para alcanzarle el dinero de la faltriquera, olvidada por Guzmán por tener sus manos ocupadas en recorrer los perfiles de sus curvas. Quedó para después, en una casa cercana, aguardó, pero terminó corrido porque lo engañaron de nuevo. Al día siguiente visitó la imagen del Pilar y no faltó a misa. Miró a la viuda, de la que estaba encantado, esperando su oportunidad de acompañarla, como otros hombres, que no disponían del talle suyo. Su mirada era bien recibida y devuelta con dulzura y complacencia, lo que le daba esperanzas.

Volvió de noche, cuando las sombras ayudan. Pero notó presencias por la calle, temió acometidas porque era forastero en la casa de aquella dama conocida, por eso perdonó el riesgo y decidió marcharse a la posada, es más, cuando amaneció emprendió viaje. No sucumbió a los anhelos que suponía, porque había riesgos innecesarios. Había padecido desencuentros y errores que no estaba en disposición de repetir. Otras ocasiones vendrían sobre las que podía tener mejor control. La naturaleza humana es indisciplinada, nada puede asegurarse cuando del corazón hablamos, por eso debía ser cauto y calcular las consecuencias de sus embestidas del alma, malas consejeras cuando se trata de sacar ventaja, como hasta ese momento había logrado algunas veces. Mateo Alemán, Guzmán del Alfarache, su estampa de la ficción, recomienda control en las decisiones poco meditadas, porque son consejeras de la mentira, de la desgracia, que se ceba en los menos poderosos y protege a quienes disponen de la suficiente influencia social, como en nuestros días.

Artículo de la serie “El Guzmán de Alfarache” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,