Sabemos que la vida en nuestro planeta, la Tierra, empezó hace más de 3.000 millones de años. En la escuela estudiábamos que la vida comenzó en el mar, en una “sopa caliente”. El agua es un buen medio para que pudiese comenzar la vida: el (H2O)n es el líquido que más sustancias disuelve; asciende bien por capilaridad; su temperatura desciende más lentamente que la de otros líquidos a medida que va liberando energía al enfriarse; apenas se calienta al ser sometido a grandes presiones y, por último, el hielo pesa menos, flota y aisla térmicamente a las capas inferiores de agua que se mantienen líquidas cuando arriba está helando.

El origen de la vida

Pero, ¿cómo empezó la vida?: desde lo más simple, por agrupación, fue surgiendo lo más complejo, pero de forma muy lenta. En el agua, los átomos de los distintos elementos se fueron uniendo y formaron ciertas moléculas. Algunas eran lípidos, que se agruparon en una cadena que luego se cerró, la primera membrana, formando un espacio en su interior en el que las condiciones ambientales externas se amortiguaban.

La evolución de la materia viva

Faltaba que dentro de este espacio cerrado otras moléculas formadas por diversos elementos se juntasen entre sí y que, después, por casualidad (o no, según opiniones), tuviese lugar una reacción química tal que se generase otra molécula igual o muy parecida a la de partida: un hijo. A partir de ahí, se hizo posible la sucesión. Primero fueron los organismos unicelulares procariotas (bacterias); luego eucariotas (con núcleo definido); las algas; después organismos pluricelulares: poríferos (esponjas), celentéreos, gusanos, moluscos, equinodermos y artrópodos. Estos ya tenían asociaciones de tejidos (órganos).

Hasta ahora, eran seres invertebrados, pues carecían de que tienen esqueleto óseo, huesos internos, o cartilaginoso, pero, a continuación, se pasó a desembocar en la clase de los vertebrados, hace 550 millones de años: los primeros peces. parece que la evolución era rápida, pero todo esto iba sucediendo de forma muy lenta, a escala de millones de años. Uno de los factores fundamentales para el desarrollo de la vida, que es el tiempo, nunca falta y las casualidades químicas que propiciaban el nacimiento de seres vivos resistentes se iban acumulando poco a poco…

Las mutaciones en el ADN de las células posibilitaron los cambios, pues se generaban modificaciones en el metabolismo de las células y en las formas de los hijos que la selección natural iba perfilando; porque sólo sobrevivían los que resultaban mejor adaptados al medio ambiente. Eso sí, sin energía, procedente del sol en forma de luz y calor, en último término, la evolución no hubiese sido posible.

Pero aún quedaba la tierra por conquistar. Los vegetales la fueron cubriendo desde las zonas más húmedas a las más secas. Las plantas más primitivas, musgos y helechos, fueron las pioneras, seguidas de las angiospermas (como los pinos) hasta que después llegaron las plantas más evolucionadas (las gimnospermas, como los robles). En aguas poco profundas que temporalmente se desecaban, salieron adelante los animales que desarrollaron pulmones partir de las branquias: los anfibios (dos vidas, en agua y en tierra). Cuando los animales fueron capaces de desligarse del agua, aparecieron los reptiles de sangre fría y finalmente las aves y los mamíferos (estos con mamas y pelo), ya de sangre caliente y más independientes de la temperatura ambiente.

No hay que olvidar que el origen de la vida fue a partir de lo inorgánico: al fin y al cabo los organismos vivos están formados por los mismos elementos que forman la Atmósfera (que es la “membrana” de la Tierra, con gases como nitrógeno, oxígeno,..) la Hidrosfera (agua), y la Corteza terrestre (minerales y rocas): calcio, magnesio, hierro, carbono…, si bien este último, por su elevada capacidad para combinarse con otros elementos, es predominante en la materia viva. Esta se podría definir como aquella que realiza intercambios de materia y energía con el medio ambiente y que tiene la capacidad de reproducirse.

El hombre

Todavía quedaba otro salto en la evolución: la aparición en escena del ser humano. Sobre la base de los primates, nuevas mutaciones propiciaron “un mono listo”, aunque hay autores que defienden que el salto entre el mono y el hombre es tan grande que debió haber una intervención divina o bien extraterrestre en este delicado asunto…

El “Homo erectus” distanció sus órganos vitales del suelo, tuvo capacidad para caminar de pie, ver más a lo lejos y dejar las manos libres para utilizar herramientas, lo que fue un paso decisivo en la evolución. Desde el “Homo habilis”, el Neandertal y el Cro-magnon, se fue pasando del nomadismo de vivir en las cavernas, cazar animales salvajes y de recolectar frutos silvestres al sedentarismo. Así se empezó a habitar en las chozas, domesticando los animales y las plantas: surgieron las aldeas, la ganadería y la agricultura. Por cierto, lo del perro es curioso: en las cacerías de lobos los humanos capturaban a los lobeznos para después alimentarse de ellos y los guardaban en jaulas en la aldea. Pero rápido se dieron cuenta de que los lobeznos les avisaban con sus aullidos cuando se acercaba algún extraño y los conservaron vivos, como el primer animal de compañía y de alarma, de ahí derivó “el mejor amigo del hombre”.

Las tres revoluciones tecnológicas: el fuego, la máquina de vapor e internet

Estos avances no hubiesen tenido lugar sin el control de un elemento fundamental: el fuego. A partir de incendios producidos por el rayo nuestros ancestros se llevaban a la cueva una rama ardiendo y se dieron cuenta que quemaba otras maderas y que no se apagaba. Hace 400.000 años aproximadamente el hombre ya utilizó el fuego para mitigar el frío, defenderse de los animales peligrosos, cocinar alimentos, endurecer lanzas y herramientas y tener luz por las noches, alargando las veladas del grupo entorno a la hoguera. Se fomentó el uso del lenguaje y la transmisión de ideas y conocimientos: alrededor de la lumbre nació la primera escuela. El uso de los metales (cobre, hierro, bronce) fue fundamental porque frente a los materiales utilizados hasta el momento (piedra y madera), tenían la ventaja de ser duros, resistentes al fuego y no quebradizos.

La cerámica posibilitó tener recipientes duraderos donde guardar alimentos y cocinarlos, pero también sirvió para enterrar a los muertos, porque el hombre ya tenía consciencia y sabía que iba a morir con certeza, a diferencia de los otros animales. Así lo atestiguan los restos humanos hallados en antiguas vasijas funerarias.

Surgieron las religiones, ligadas a las fuerzas de la naturaleza, basadas en los ciclos agrarios y la exaltación de la fertilidad. Normalmente prometían seguir viviendo más allá de la muerte terrenal. Lo fascinante es que la propia materia, inorgánica en un principio y después orgánica, había llegado a preguntarse sobre su propia existencia: ¡al final las células agrupadas en el cerebro de un organismo, el hombre, estaban pensando sobre sí mismas!

Pero sigamos avanzando hacia tiempos más modernos. La máquina de vapor de James Watt fue un cambio trascendental que permitió la revolución industrial y el transporte de viajeros y mercancías a gran escala. era un “artefacto” que no se cansaba y hacía el trabajo de muchos hombres a la vez: genial. Pero aquí empezó también la polución de la atmósfera, por el humo negro que vomitaban las chimeneas de las máquinas quemando carbón en sus calderas y las talas de bosques para alimentarlas con su leña.

El teléfono, la televisión (que ha posibilitado que muchas personas puedan ver y escuchar simultáneamente y a distancia un acontecimiento o una información) y sus derivados, junto con los aviones a reacción y los grandes pasos de la medicina han sido los grandes hitos tecnológicos del siglo XX, junto con la carrera espacial.

Terminando el XX y entrando en el XXI, la revolución de las tecnologías de la información y de la comunicación con Internet, ha supuesto una nueva realidad en la que todos podemos estar conectados con todos a tiempo real: el inconveniente del desconocimiento y de las distancias han pasado a un segundo plano.  

Un aspecto transversal en la evolución: la desigualdad

Desde la antigüedad, el progreso cultural de la humanidad no ha brillado mucho, eclipsado casi siempre por el ardor guerrero y la ambición. La excepción son las honrosas aportaciones de griegos y romanos al pensamiento: las artes y las ciencias, la filosofía, el derecho y la arquitectura; seguidas de las importantes contribuciones de los árabes a la medicina y las matemáticas, sin olvidar su legado de infraestructuras hidráulicas para el riego en agricultura. El Renacimiento, la imprenta de Gutenberg en 1440 (primera copiadora) y la llegada de América contribuyeron sin duda al progreso de la humanidad, aunque América proporcionó a Europa mucho más de lo que aquella recibió.

Las desigualdades han sido siempre un denominador común en el desarrollo de la humanidad y han frenado su desarrollo. Así, las diferencias son patentes entre los países ricos y los pobres y dentro de cada país, entre las clases sociales y también entre las zonas urbanas y las rurales. El progreso no ha llegado a todos los seres humanos por igual. Siempre “arriba”, unos pocos ricos y poderosos, junto con los que prometían el paraíso en la otra vida (si se hacía lo que ellos decían) hacían las leyes y tenían el mando. Mientras, “abajo”, la mayoría del pueblo, campesinos y otros trabajadores, vivían casi esclavizados y en la miseria. Fue hace muy poco relativamente, en el siglo XVIII, cuando empezó a cambiar todo desde el fondo: la Revolución Francesa de 1789 supuso el inicio práctico de la justicia social, del reparto de las riquezas y del acceso a la cultura también por los más humildes.

En 1969 dicen que llegamos a la Luna, pero más nos valdrían menos proezas en la carrera espacial y más actuaciones para arreglar nuestra querida Tierra. A principios de siglo XX las mujeres empezaron a contar de verdad en la política y en el trabajo, tras siglos de machismo. Esto fue un avance sin precedentes, porque las mujeres son mucho más que la mitad de la humanidad.

Pero, en 2016, ¿todo va ya en el buen camino? La respuesta categórica es NO: la superpoblación (somos más de 7.000 millones de grandes depredadores en la cadena trófica, con la pirámide invertida), el hambre, las enfermedades, las diferencias económicas y sociales entre los seres humanos y distintos países y los radicalismos nos siguen atenazando.

Por si fuese poco, la contaminación, la pérdida de biodiversidad, el cambio climático y la desertificación amenazan la supervivencia del ecosistema Tierra. Quizá estemos a tiempo de evitar el desastre, pero démonos prisa, porque apenas queda tiempo para reaccionar: hay que hacer un uso sustentable de los recursos naturales, según dice el antiguo aforismo forestal, aprovechar conservando. Cuidemos y ampliemos nuestros todavía extensos montes mediante tratamientos de mejora de los bosques y repoblaciones forestales (por cierto, donde estábamos en un principio, porque no olvidemos que bajamos de un árbol). Reutilicemos las cosas, reciclemos, ahorremos recursos, agua y energía, usemos energías renovables y limpias (solar, eólica, biomasa), contaminemos menos, protejamos el medio ambiente, conservemos los suelos que son el soporte de la vida y, por último, seamos solidarios con nuestros semejantes.

El hombre como amenaza al ecosistema. Fuente: internet

No hay que olvidar que las leyes de la naturaleza son sabias y que cuando en un gran ecosistema, como es el planeta Tierra, surge un elemento notablemente perturbador (el hombre lo es), sucede que el propio ecosistema tiende a eliminarlo para restablecer su equilibrio, incluso utilizando para ello al propio hombre que forma parte del ecosistema. Lo dicen las leyes de las Ciencias Naturales. Tenemos inteligencia, no demos lugar a ello, por el bien de la Tierra y por lo que nos toca. Marte está tremendamente lejos (59 millones de km. cuando pasa por la posición más cercana a nosotros) y no tiene atmósfera respirable. ¡Ánimo y a salvar la Tierra!

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Dr.