Con este casi pangrama (falta solo la letra “w”), mi padre me enseñó mecanografía con una vieja máquina Olivetti de color gris. A base de repetir esta y muchas otras frases con las que se usaban todas las letras, aprendimos en mi casa a escribir con esa antigua máquina italiana. Mi dos hermanas, y Nanda y mi hermano , cogieron tal velocidad de escritura que les hizo superar las oposiciones de la época.

He oído lo que contó el pasado fin de semana en el Taller de Ética Pública y Liderazgo, en la que el PSOE organizó en y me ha venido a la memoria esta frase que sigo recitando de memoria de un tirón por las tantas veces que la escribí, sirviéndome para identificar la antítesis de los conceptos que usó el socrático Gabilondo. “Yo solo sé que no sé nada” parecía que decía continuamente mientras transmitía la sabiduría de un hombre bueno, ético, amable, sencillo, honrado, que distingue y une.

Recordaba que para el buen gobierno de los demás, teníamos que gobernarnos a nosotros mismos y huir de las artimañas.

Hay que gobernar siendo bueno, entrañable y en torno a la ética, que no es otra cosa que “la capacidad de vivir por y para sí mismo y los otros en medio de instituciones justas”.

Hay que ser amable, procurando estructuras para el bienestar de la mayoría y el respeto de los derechos que son los verdaderos estímulos de la libertad.

Nos recordaba que el socialismo es el corazón de la democracia que debe perseguir la transformación del mundo liderado por personas que no se autoproclamen como tales sino que se deben ganar esa condición por saber generar espacios para trabajar de forma común. El líder debe observar el presente para saber lo que hay que transformar con objeto de mejorar el bienestar de la sociedad, es el que tiene que ayudar a crecer a quienes comparten los mismos espacios.

El líder es el que sabe distinguir entre la aglomeración lo que no es aprovechable y unir con lo que sea útil, sintonizando en torno a “un concierto” y no a “un sermón”.

El líder ha de ser valiente, insistiendo, resistiendo con consistencia, en una palabra, ha de ser “coherente”, demostrar ponderación, prudencia y mesura.

Mi padre decía que hay que tener sentido del humor y eso nos recordaba Gabilondo, ese sentido que nos permite coger distancia de nosotros mismos, sabiendo que decimos cosas que pueden ser discutibles, saber escuchar lo que otros nos dicen y ser convincentes.

Aprender a ser diferentes en el seno de lo común, para el bien común y siempre agradecidos con el pasado. Somos lo que fuimos.

Es éticamente obligatorio trabajar para tener más poder con el fin de transformar la sociedad, en torno a esos conceptos que se hacen humanos cuando alguien como Gabilondo es capaz de transmitirlo convincentemente.

Y sigo dándole vueltas a la exhibición de esos politiquillos zafios, incultos, con orejas kilométricas que les sirven para no escuchar lo que les dicen y con uñas de gavilán, ennegrecidas de un ejercicio del poder en beneficio de una inmensa minoría.

Miro mis dedos sobre el teclado y recuerdo la vieja Olivetti y todo lo demás.