En estos tiempos, más aún cuando la técnica se ha desarrollado a una velocidad vertiginosa, los especialistas, peritos o expertos en cualquier materia se manifiestan como seres imprescindibles para que el resto de los mortales puedan desenvolverse en la vida que les haya tocado en suerte. La habilidad tiene grados, y es por eso que las empresas y administraciones confeccionan filtros que permitan tamizar a los de mayor nivel, pues de su destreza dependerá el desarrollo de nuevas técnicas o avances de todo tipo. Los hay que tienen experiencia en alguna materia y han estudiado con profundidad hasta conocer detalles que otros no han alcanzado, lo que les sitúa en posición de orientar, enseñar o explicar aportando datos que aclaren las mil y una dudas que pueda mostrar un colectivo determinado. Y cuando esos expertos se mantienen en las equidistancias propias de su saber, el resto acepta como buenos sus argumentos, incluso aunque se puedan equivocar, porque les reconocen autoridad sobre lo que defienden.

No hay mejor modo de comprender una cosa que cuando la desmenuza con destreza y eficacia un perito. Necesitamos que se especialicen y por eso se precisa investigación, en todas sus ramas, para añadir valor a los conocimientos ya consolidados, auténtico elemento de prosperidad, porque consideramos que cualquier avance, por pequeño que sea, en algún momento determinado, debe incorporarse al bien común. De nada vale la eficiencia si no ayuda a la eficacia.

Un gran porcentaje de la sociedad, desgraciadamente, no sabe identificar un experto, y en eso están empeñados los malabaristas de la palabra, esos charlatanes de lo zafio, que consiguen solapar el saber con la mentira, siempre interesada, para sacar rentabilidad. A nadie se le escapa que un torpe, aparentando saber, pueda explicar a otros que saben algún aspecto concreto. Se pondrán en ridículo para abandonar, desairado, el lugar donde pretendía engañar. El que pretende sacar ventaja sabrá dirigirse al colectivo menos formado, que no distingue la calidad de los argumentos o se deja llevar por un corazón absolutamente alejado del cerebro. Ahí es donde se desenvuelven a la perfección los falsos expertos, que disimulan con descaro una preparación que no tienen.

Los hay tan sinvergüenzas que consiguen de cualquier modo tramposo la acreditación formal que los califica como peritos, pero su habilidad no ha sido contrastada. De ese modo logran puestos o prebendas amparados por quienes deben controlar, y que les sabrán sacar el rendimiento adecuado. Con esa vitola formal dirigen, organizan, seleccionan, eligen o nombran a quienes interesa en cada momento, dejando en un segundo lugar la capacidad o el mérito demostrado, o por demostrar, de los que no tienen su maldita bendición. Esos supuestos expertos, henchidos de petulancia insultante, cuando alguna opinión sensata pretende situarlos donde debieran, denostarán sin reparos salpicando de verborrea, bien estudiada, los argumentos contrarios.

En seminarios, congresos o reuniones, los menos dotados, embutidos en la arrogancia del incompetente y armados de palabrería, hablan más que nadie, opinan vehementemente sin rigor reclamado atención y apoyo de los menos avispados, que se dejarán arrastrar por el empuje de una excelente puesta en escena. Y si hay algo que ganar, y tienen la oportunidad de controlar los resortes adecuados, no tendrán reparos en aglutinar voluntades para acaparar ventajas, pues en otro caso, si no hay beneficio o privilegio, no entrarán en la actividad, por eso no suelen aparecer en iniciativas solidarias, colaboraciones altruistas o divulgación de técnicas para ayudar a los demás.

Es curioso comprobar cómo esos especialistas recopilan información, realizan prospectivas o analizan datos acumulados sin beber en las fuentes auténticas de la materia. No les importe el rigor, sino la apariencia, que irradiarán con fruición para respaldar una falsa competencia. Y en eso está su medio de vida, pues aislando a los que saben, y convenciendo a los demás del rigor que no tienen, aseguran un futuro, que de otro modo no tendrían. Hay ejemplos paradigmáticos en nuestra sociedad más reciente, como cuando fueron expulsados, legalmente, de sus puestos del saber o dirección de pozos de ciencia, los más sabios, expertos que habían demostrado habilidad y experiencia de muchos años.

En otros ámbitos sociales se ha erradicado lo experto por antiguo, maldito error que ha dejado perder tanta sabiduría. Pero el experto falaz no puede dejar resquicio para el fracaso y busca resortes burocráticos como coartada de sus abusos. Y los expertos, cuando de la vida se trata, pueden hacer mejorar el bienestar de sus congéneres, ansiosos por mantener lo que tienen sin arriesgar la salud. Esa buena fe es traicionada por una serie de intereses bastardos que sabrán publicitar lo contrario para superar obstáculos morales.

Hay falsos especialistas que inventan la mentira, la rellenan de contenidos y montan una estrategia para ganar dinero desarrollando su análisis. Cuando enfrente aparece un experto de lo que no dicen, además de ignorarlo, inyectarán ideología interesada para sobrepasarlo, porque suelen etiquetarse de un modo para comportarse de otro, siempre y cuando consigan las prebendas que puede darles fingir ser un experto.

Artículo de opinión de - Comisario Jefe de la en la provincia de