Nadie podría entender, y seguro que hay casos, la manipulación de pruebas para obtener la condena de un inocente. Pero tampoco, y es mucho más habitual, la interposición de trucos, testigos falsos o mentiras para salvar a un culpable. Y no estamos ya para aguantar fariseos del derecho, que anteponen su prestigio o interés personal a la justicia, esa entelequia que buscamos tantos, y que propician algunos menos.

Guzmán, aguantando el odio y las ganas de venganza, disimuló para mostrar dignidad. Mucho le hubiera agradado encontrar al ladrón entre sus criados para hacerle justicia inmediata, pero el chorizo guardó silencio y fue sentenciado con la vergüenza pública, un modo habitual de practicar castigos. ¿Qué vergüenza puede perder el que no la tiene? Poca respuesta le parecía.

En cierto modo, como solemos escuchar en nuestros tiempos, para un chorizo, esa generosidad no es más que una invitación a seguir hurtando. La afrenta pública es eficaz para el que tenía o aparentaba dignidad. Cierto es que para algunas personas vale más el honor que todo el dinero del mundo. Por eso, cuando personaje principal padecía la afrenta pública legal, o el destierro, sufría de tal manera que podía llegar al suicidio. Lo realmente eficaz, y así lo supo Guzmán cuando terminó en una gorrinera en plena ciudad de , era el vacío social, la ignorancia general, el olvido en el entorno, lo que suponía una pena definitiva, que solía impeler al abandono de la ciudad buscando anonimato con el que volver a empezar.

Actualmente, como a Guzmán entonces, no siempre satisface el resultado de la investigación, porque la víctima puede encontrar consuelo cuando su ladrón paga la culpa, pero le agradaría más si pagara el dinero que le arrebató. Frustrante resultado de tantos litigios penales, donde la ineficiencia, ineficacia, silencios o complicidades impiden la resolución completa del delito y reparación de sus males. Y aún es peor la ausencia absoluta de vacío social, que no produce efectos ejemplarizantes en un entorno disoluto, absorto en otros asuntos menos trascendentes.

El honor, etiqueta moral enrobinada por tanta manipulación informativa, puede disfrazarse con recursos o apoyos adecuados para elaborar artificios de imagen capaces de producir provechos. Hay buitres de la comunicación tratando de conseguir cadáveres o magos de la publicidad resucitando zombis a cambio de prebendas. Guzmán, precisamente él, y en palabras de su padre literario, Mateo Alemán, preconizaba encerrar al ladrón en prisión, apartarlo de sus potenciales víctimas, castigarlo, que pagara con su libertad el perjuicio que había causado. Después de casi cinco siglos, curiosamente, un porcentaje importante de peatones de la vida, personas que padecen los embates del delito, parecen opinar del mismo modo. Comprenden las grandilocuentes aspiraciones de lo que debería ser, pero se conforman con lo que puede serlo. Quién la hace, debe pagar. Y si es cumpliendo condena en prisión: mejor. Puede admitirse un primer error, si es venial, pero no es de recibo admitir la pertinaz desobediencia legal sin respuesta efectiva. Los ingenieros sociales, alejados absolutamente de lo que es, insisten una y otra vez en la utopía, incluso después de constatar los pérfidos efectos de sus experimentos fallidos, porque, en definitiva, son meros espectadores de la desgracia ajena, y difícilmente se posicionan cerca de los grandes damnificados, anónimos personajes, que para ellos son, además, anodinos andantes. En manos de este tipo de científicos, empeñados en etiquetarse como la vanguardia de la vergüenza y solvencia moral, se tolera una cierta desidia que no supone más que una especie de suicidio social con gelatinosa normativa, incapaz de frenar el acero de la maldad.

El ladrón, que recorrió las calles se Siena sufriendo la vergüenza que no tenía, al fin, informó sobre sus compinches. Algunos, capturados, tampoco sufrieron graves consecuencias por sus delitos, entre ellos Sayavedra. Pero faltaba Alejandro, otro de los compinches, que mejor provecho llevó. La justicia lo buscaba, como las influencias de Pompeyo y la perseverancia de Guzmán, que no olvidaba, entre otras razones, porque se llevó todo lo que había podido atesorar en sus años sirviendo a personajes principales, sobre todo a su amigo y confidente, el embajador de , que murió dejando una herencia eterna de gratitud.

La generosidad de Pompeyo, pasadas las jornadas de acogida cariñosa y leal, fue disminuyendo. De eso se percató Guzmán, y le quiso restar la violencia de demandarle que se fuera, porque notaba gestos o respuesta que no hacían más que orientarle la puerta. Anunció su partida hacia , y así fue, con lo poco que tenía después del espolio de Siena. Sin haber salido de Roma, la traición lo adelantó. Ese falso amigo español, Sayavedra, lo engañó para robarle el equipaje tomándole el pelo a Pompeyo. -

Supongo que el lector notará la coincidencia, no consta intencionada, con el segundo apellido de su competidor literario: -. Las gestiones con el ladrón aclararon participantes en su delito, que para Sayavedra no fue más que destierro. Y ambos, Guzmán y el desterrado, coincidieron a la salida de Siena.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,