La víctima, como en otras tantas oportunidades, cuando se enfrentó al ladrón en el camino, se mostró generosa. Guzmán, experto en maldades mundanas, aceptó una simple disculpa solapando afrenta tan grave, más aún cuando el perdón se imploraba llorando. El compartir camino limó asperezas, aclaró dudas y debilidades, que él también había tenido. La ruta dio mucho que hablar y comprender. Más vale malo conocido que bueno por conocer. La oferta de Guzmán fue aceptada de plano, por eso Sayavedra pasó a su servicio. Además, el lacayo conocía bien , donde gobernaban los Médicis, y podía ser de mucha ayuda.

Desde lejos contempló una ciudad fortalecida con muros e inigualable belleza. Después tuvo la oportunidad de ver como el arte se enseñoreaba con descaro por plazas, calles, iglesias, puentes y palacios. Guzmán pareció entrar de nuevo en , pero con escenarios nuevos, porque en la ciudad santa lo que verdaderamente imperaba, sin dejar de ser hermoso, era mucha ruina. La posada, como la plaza donde se ubicaba, mostraba comodidad y apostura. El primer paseo por la capital del arte supuso una especie de ruta turística en boca de Guzmán, absorto con tanto y tan bello, en la que orientaba Sayavedra. Pero entre majestuosidad y opulencia navegaba la desgracia de los miserables, pedigüeños y ladronzuelos, como él lo fue. Guzmán pareció reconocer a un chaval, de los que supo en la niñez. Se acercó a pedirle una limosna, y allí vio retratado su ayer, como alguno de los lienzos que ahora tenía la oportunidad de contemplar en cualquier lugar de Florencia. De un edificio a otro caminaba admirando y preguntando sobre monumentos, iglesias y los puentes bellos que cruzaban entonces, y ahora, el río Arno. Entretanto, aunque pareciera olvidado, sabía quién le robó y debía alcanzarlo. , el ladrón pendiente de sus anhelos, estaba por Bolonia; pretencioso nombre para un ladrón desprestigiando a quienes le precedieron con semejante apelativo, como El Magno o el Gran Duque de los Médicis.

Florencia pareció, a los ojos de Guzmán, una ciudad limpia; comparación generosa sobre lo que hasta ese momento había conocido. La opulencia de lo artístico, negocio de los talentos, comercio del saber y hacer, proporcionaba recursos para esquivar impertinencias. Pero no era más que una ilusión, probablemente construida desde la abstracción de lo que sorprende y agrada, porque la envidia y traiciones, sin olvidar la desgracia y pobreza, como en otras partes, mantiene su enorme cuota de participación. Los días pasaban con rapidez. Posada y comida reducían el capital que quedaba. La algarabía sucesiva entretenía días felices. Florencia era, además, ciudad de divertidas holganzas, y le gustaba, pero para eso hacía falta posibles con los que pagar. El propósito de mantener dignidad se enfrentaba a un estómago que iba necesitándolo. La honradez es sencilla cuando el bolsillo lleva, pero los vacíos obligan a pensar cómo salir de los atolladeros; y aparecen las necesidades, que de honra poco esperan. Los vicios, aunque adormecidos, no estaban muertos, y Guzmán los iba despertando. Sayavedra sugirió emprender viaje a Bolonia y capturar a Alejandro, del que algo se podría sacar. Florencia era preciosa pero no para los pobres, obligados a mirar y envidiar. Dicho y hecho.

Llegados a Bolonia, el siervo propuso mantener su llegada en secreto, porque Alejandro, como otros de la ciudad, conocía perfectamente a Sayavedra y podría quedar sobre aviso, lo que trastornaría el plan de sorprenderlo. Guzmán no tuvo dificultad en localizarlo, pues llevaba su ropa, vestido especial para hombres elegantes, como pocos había como él. Pero el ladrón no se dedicaba a mostrar galanura alguna, sino que hacía banda con otros pillos tratando de apoderarse de cosas en la puerta de una iglesia. El primer impulso le ordenaba matarlo, pero paciencia y astucia debían ser las consejeras expertas en la resolución del entuerto, que lo había dejado otra vez pobre y con lo puesto. La empresa, en territorio ajeno, podía resultar peligrosa, ya no sólo por la respuesta violenta del grupo de chorizos sino por las consecuencias ante la Ley, que no entendería muy bien una acometida, aunque fuere justa. Sayavedra conocía el paño que se gastaba en Bolonia, sugirió negociar con el padre de Alejandro para obtener beneficio sin temer por la vida. Un intermediario habló al respecto, pero no aceptó de buen grado. No resulta extraña una respuesta así. En nuestros tiempos ocurre algo parecido.

Los hijos suelen ser, en muchos casos, la prolongación desdichada del progenitor, tan sinvergüenza como su prole, que ampara y saca provecho de sus tropelías. Los había, aún también, que esperan una respuesta digna cuando se reclama lo justo, pero entre los iguales, como entre la generación precedente, a veces no existe la dignidad que la gente cabal espera. Por eso las sagas familiares se perpetúan en el delito sirviendo de escuela profesional. Los padres perfeccionan y protegen la mala fe de sus vástagos, que siguen el rastro con esmero y suficiencia. Pero no perdamos fe en la naturaleza humana, porque hay gente honrada que mantiene la dignidad social por encima de protecciones injustificables, pues saben que buscar coartadas falaces a los hijos incorrectos no es más que parches perniciosos en su educación.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,