La negociación no valía, es más, había dejado al descubierto el botín para un chorizo, que se aprovechó de la información privilegiada de un supuesto amigo, valenciano, que se hizo pasar por natural de . En Bolonia se conocía la historia de Alejandro y el dudoso origen de sus nuevas prendas. Guzmán tenía y debía requerir a la justicia para reclamar lo que era suyo. La respuesta no fue, precisamente, la que aguardaba. El padre del chorizo tenia capacidad para devolverle la denuncia, comprensión de los jueces y fuerza social para perjudicarle aún más. Comprobó lo que sospechaba, argumentos que había dejado a un lado, pero regresaban con mayor rigor. Los poderosos, aunque injustos, sacan ventaja de la ley. Los influyentes tienen, como ahora, además de información privilegiada, respaldo financiero para aprovecharla y dar apoyo a quienes se meten en la banda, porque en la sociedad moderna existen familias y colectivos que actúan como bandas criminales, eso si, embadurnadas de apariencia, pompa y el donaire de quienes dirigen la vida ajena.

En ocasiones, sin mancharse las manos, mueven marionetas oficiales para que ejecuten sus maldades, tapen conciencias y enmudezca la razón. Guzmán, como Mateo Alemán, su autor, seguía aprendiendo de las traiciones sufridas. De ese modo negaron su verdad, porque no consideraron posible probarla. Sin embargo, su calumnia, que tanta infamia regalaba, debía responder ante la Ley. Y bien que se hizo la justicia de los perversos, por cuya orden Guzmán entró en prisión. Cuando la respuesta de los hombres responde de esta manera, no hay más que reclamar a Dios, pero a veces la suprema decisión no es de este mundo. Los injustamente perseguidos ignoran la sentencia, lo que no deja de resultar frustrante, pues desean conocer si en algún lugar, incluso en las creencias, hay algo reconfortante para sus leales demandas.

En Bolonia era un clamor la injusta resolución contra la reclamación de un Guzmán, conformado, en cierto modo, por las muestras de comprensión recibidas. En nuestros días suelen desear que tengas pleitos y los ganes, pero mejor evitarlos, por si acaso. Los hay que van a por lana y vuelven trasquilados. Y esas frases o refranes hay que buscarlos en tiempos pretéritos. Guzmán salió de la cárcel más escarmentado aún, por si hasta ese momento no lo había estado suficiente. Los había, y muchos, ejemplos de corrupción entre jueces o funcionarios que lo eran por la designación, que acumulaban ventajas a costa de sentencias interesadas de cualquiera, menos de la justicia. Mateo Alemán pone en boca de Guzmán comentarios relacionados con los agentes del orden:”corchetes, infames, traidores, ladrones, borrachos, desvergonzados”.”…quien dice corchete, no hay vicio, bellaquería ni maldad que no diga”.”No tienen alma, son retratos de los mismos ministros del infierno”. Y cuando habla de la prisión, no duda en calificarla como centro de esclavos, donde un alcaide y sotalcaide, mandones y oficiales, a quien has de andar delante, la gorra en la mano, buscando invenciones de reverencias que hacerles.

Guzmán no ahorrará desprecio para los jueces, que consideraba alejados del mundo al que debían tutelar, interesados en todo menos en lo que tenía que ser. Arremetía contra profesionales de leer y escribir, que se aprovechaban de los pobres y protegían a los poderosos. Su odio hacia el mundo no tenía límites, por eso, también, se mostraba tan injusto como lo fueron con él. No habrá quien discuta esta postura, incluso en nuestros días. Hay tarea por hacer. Lógicamente, y sería una desgracia que no fuera así; hemos mejorado bastante, en eso estamos empeñados, desde el Siglo del Oro hasta ahora.

Salió de la celda y se fue a la posada, donde esperaba Sayavedra. Despechado y ligero de dinero, aprovechó para acercarse a una mesa donde cuatro huéspedes jugaban a las cartas. Pasó las horas mirando hasta que dejaron de jugar, pero se citaron para después de la cena. Uno de ellos, que perdió todo, salió para buscar monedas. Volvió con enfado porque no había logrado metal para seguir jugando. Guzmán se conjuró con su siervo para entrar en la partida y hacer trampas, como había hecho en su época más golfa. Sayavedra debía estar a la espalda de los otros tres jugadores para señalarle el nivel de su apuesta. Disimuló esperando la invitación a jugar de una partida incompleta. Aparentó ser bisoño en la materia para tener mejor ventaja. La treta resultó y ganó con soltura, pero lo retaron para volver a jugar al día siguiente. En la siguiente jornada las cosas fueron mucho mejor. Los bolsillos llenos de doblones castellanos. Les birló más de quinientos escudos y quedaron otra vez citados, pero no quiso tentar demasiado la suerte. Muy temprano, sin dar demasiada información al respecto, Guzmán y su siervo partieron hacia .

No hay que estar demasiado informado para entender de estas cosas. La trampa, el embuste, la mentira nunca deberían ganar, como, también, la honradez, lo justo, digno o cabal debería prevalecer sobre todas las demás perfidias, sin embargo, cuando unos privilegiados sociales conspiran adecuadamente la virtud queda solapada por la traición, donde prosperan los cobardes, pusilánimes ratas urbanas que componen el tejido social del poder más abyecto, al que debemos desenmascarar y poner en evidencia, o lo que es mejor: aplicarles la retribución penal y social que corresponda.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,