Otra vez, como tantas veces, la relación con mujer se tornó perversa. Lo denunció por estupro y el alguacil pasó a verlo para meterlo en la cárcel. Salió del entuerto pagando más de lo que su avariciosa amiga le había exigido entonces, pero no estaba en condiciones de abandonar su equipaje en posada sin garantías y criados que no eran Sayavedra, al que echaba de menos. Aquel alguacil demostró ser un hombre cabal, al que se mostró muy agradecido. Salió pronto de la posada para buscarse alojamiento más seguro, pues , ya desde el otro lado, el de las víctimas, le parecía más complicado que antes. La casualidad los puso de nuevo en contacto oyendo misa. Hablaron y así conoció las andanzas de la joven buscona, experta, como su madre, en los engaños del sexo, profesionales que sacaban buenos réditos de torpes como Guzmán, aún creído de su astucia, pero un alma cándida sin remisión. Mateo Alemán, contando las vivencias de su personaje, hace referencia a una situación que para estos tiempos sigue planteando dificultades legales parecidas en la valoración de la prueba penal. Teóricamente, la agresión sexual requiere elementos objetivos para tenerse en cuenta, pero, en ocasiones, el relato de los hechos, que puede estar plagado de inexactitudes justificadas o interpretaciones bien construidas con el aderezo de autolesiones, podrían llevar a la condena del más prudente de los hombres. En el siglo XVI bastaba que un testigo dijera haber visto hablar al acusado con la mujer, abrazarla, estar a solas con ella o tras una puerta, apostillado por lo que la agraviada demandaba, para aceptar la versión de una mentira. Algunos, aunque Guzmán se adelantó por la compresión del alguacil, ya metidos en prisión, prometían satisfacción o pagaban para salir del atolladero legal. Las tramas para seguir viviendo, muy lejos de pequeñas raterías que él mismo protagonizó en Madrid, años atrás, solían mostrar maldad e ingenio inusitados. La picaresca era el contrapunto adecuado a una injusticia social descarnada. Y Guzmán, de nuevo, pero como víctima, formó parte de la farsa.

No olvida tampoco el autor mencionar una diatriba tremendamente actual, como las fronteras legales de la edad para consentir en los encuentros sexuales. Como es lógico imaginar, las de aquellos tiempos deberían ser menos permisivas que ahora, pero no es así. Muchas veces, y han pasado bastantes años desde entonces, de un modo u otro, pagamos con destrozos emotivos insalvables la generosa reducción formal de esas fronteras legales, que no tienen porqué ser morales. Pero en eso de la moral, sentimientos, valores o modos de pensar está la cesta llena y dependemos demasiado de quienes administran normativamente su contenido. Los agujeros del cinturón de la historia sirven para ceñir más o menos las tallas de los comportamientos sociales.

Guzmán, ante el temor de litigios que pudieran venir, recompuso el tesoro en los baúles, separó joyas y piezas de valor para acomodarlas de modo que no pudieran despojarlo de una vez. Con esa disposición en pequeñas piedras tan valiosas pudo aventurar crédito porque tenía dinero. Era rico y poderoso, pero debía mostrarse con la prudencia justa para no arriesgar en demasía. Compró solar para hacerse la casa, de modo que no tuviera que estar cambiando de aposento, pues era problemático tanto trasiego de baúles. Esa nueva posición social lo puso en el mercado de amores en un Madrid creciendo. Conoció a quien sería su suegro, ingeniero de las trampas, con el que montó un engaño financiero para asegurarse el futuro, que pasó por momentos peores, sobre todo cuando gastó más que ganó. La estrategia, incluso, pasaba por entrar en prisión y mostrarse insolvente. Los pagos se aplazaron diez años. El famoso y actual concurso de acreedores, artificio antiguo y contemporáneo para afrontar pagos. Una estratagema digna del siglo XXI, que entre el suegro y otros pillos permitió a Guzmán salir airosos de una trampa. Aprendió de un maestro singular. Ya no eran ladronzuelos, sino mercaderes honrados afectados por el vaivén de los negocios.

Parece mentira, pero Mateo Alemán retrata, y de qué manera, el siglo XXI, que nos está tocando vivir. Los ladrones de guante blanco, acomodados en sus consejos de administración, casi siempre mantienen prestigios económicos y sociales engañando con descaro a todo el que se pone a su alcance, víctimas sin información dispuestas a entregarle sus ahorros con el mendaz argumento de una ventaja financiera. Guzmán se convirtió en eso, un estafador amparado por leguleyos y especialistas en cómo arrebatar dinero, pero sin reproche legal, porque aplazaba pleitos, escondía lo que valía, aparentaba insolvencia, disimulaba con testaferros sin bienes, negociaba en oscuro, pagaba a escondidas para no pagar con luz. Entonces, como ahora, el bien colectivo, la hacienda pública, los servicios que deberían atender a los menos favorecidos, pierden fortaleza, quedan flacos, hasta abandonados. Surge la queja social, el odio desmedido, la respuesta ilegal, pero no injusta, los conflictos, desmanes, violencia y el horror, que padecen, de nuevo, los mismos pobres, encuadrados en bandos para defender siglas e ideas que preconizan, precisamente, los mismos que iniciaron el bucle del engaño social. . .