Se convirtió en un mantenido con soltura, pues disponía de monedas y joyas como nunca había tenido, lo que le permitía jugar y holgar sin mesura. El buen hombre, de tanto regalar, quedó tan pobre como al que regalos entregó. Hubo problemas legales, a los que Guzmán debía tener imán. Se vio frente a un juez, que le interrogó, pero al saber de su origen, , y la familia de donde procedía, mostró comprensión por haberla conocido. Le dejó regresar a casa, donde Gracia y Guzmán descansaban sus carencias sobrevenidas. Una noche le fue a visitar el juez que conocía. Vio y escuchó a Gracia hablar y cantar, de lo que quedó prendado. Entablaron amistad, justificada en el conocimiento de su familia sevillana, pero en realidad no había más que admiración por la esposa de Guzmán, como tantos otros lo hicieron antes que él. El enchufe fue perfecto, pues lo nombró cobrador en el Consejo de Hacienda, para lo que le entregó el documento de comisión. Le pagó para afrontar deudas, pero no era suficiente para volver a ser rico. Se cumplieron los diez años aplazados para cobrar sus acreedores, cerró cuentas, baúles y se marchó con sigilo hacia Sevilla.

El capítulo sexto del libro tercero le dejó paso en Sevilla, su tierra, donde siempre quiso volver, aunque de mejor condición. En San Bartolomé encontró casa vieja que ocupar a mensualidades cortas. Gracia paseaba entre las bellezas de un Sevilla impresionante, nada que ver con . La Semana Santa se dejó ver para abducirla con fruición. Sus cara, bella y radiante, había merecido el viaje a paso de buey. Preguntó y encontró a su madre, la apellidada Guzmán, que estaba maltrecha y envejecida, pero la recogió a su casa para devolverle los desvelos que un día le entregó. Las cosas se torcieron. Los barcos se retrasaban, y eso suponía hambre general. La nuera se cansó de suegra. Guzmán pareció tomar partido por la madre y su esposa se hartó. Lo abandonó por el amor de un capitán con el que se marchó a aprovechando el viaje de las galeras. Con su madre quedó vendiendo poco a poco lo que había, hasta gastar lo posible, que era todo. Regresó a los negocios pobres. La madre no quiso acompañarlo en la miseria y regresó a su casa. Guzmán viajaba por los alrededores de Sevilla buscándose la vida haciendo estraperlo, pues esquivaban la aduana. Regresó al delito sin remisión, pues no tenía qué llevarse a la boca, como cuando era un zagal. Le cedieron una casa para vivir, aunque estuviera en ruinas, pero la vendió a trozos, hasta las tejas cobró antes de entregar. Engañó a dueña y comprador. Un estafador consumado, como había aprendido en .

Con la ayuda de su madre, tan necesitada como él, inventó una trampa bien ingeniosa para engañar a un fraile, que prendado quedó de su falsa honradez. Consiguió ayuda y dinero por su intercesión. Tan honrado lo encontró que le ofreció trabajo, si era cultivado en letras y números. No pudo tenerlo más sencillo, pues logró administrar una hacienda de señora bien pudiente, cuyo marido estaba en las Indias. No había mejor trampa que engatusar a un santo, que no dudó en dar fe de su hidalguía moral ante la señora. Pero Guzmán iba desbocado en el delito. Ya no había remedio. Prometía sin rubor, mentía con firmeza, como su dijera verdad. Comportamiento repetido en la historia de nuestra España, la cuna de la mentira, cocina de una picaresca eterna, reeditada en cada momento, como en nuestros días, cuando Guzmán sería un personaje principal, narrador de cuento largo para conseguir dinero, o poder, bien respaldado por ilusos seguidores de un malabarista social. No hay que buscar demasiado, los hay alrededor de cualquiera, entrando y saliendo de juzgados, escoltado por asesores de leyes o imagen esperando medrar de sus éxitos, sin preocuparse demasiado de las consecuencias y afectados. Porque lo primero es triunfar a costa de que sea.

Daba el nombre de Dios en vano, juraba y prometía lo que no tenía intención de cumplir, engañó a la señora, traicionó su nombre y honra, sin importante más que el beneficio de un puesto de confianza como le habían otorgado, por obra y gracia de un santo, al que también engañó, pues su dueña le entregó hacienda en la mano para manosearla a su antojo amansando privilegios y restándole fortuna. Y utilizó a una esclava de la señora, a la que engatusó y prometió matrimonio después de librarla de sus ataduras. Administraba campo y ciudad, cobraban y negaba haberlo hecho, aunque los deudores juraran. Tanto abusó de su suerte, que terminó detenido y preso. Le pidieron cuentas, que no recibieron. Hasta el fraile, su fiador, pasó a verlo, pero Guzmán negaba, contumaz, implorando su intermediación para ser libre. Pero descubrió el timo y lo repudió con dolor infinito. En prisión compartía espacio con todo tipo de delincuentes, algunos cargados de muerte, negando como él sus culpas. Aparecían leguleyos, intermediarios reclamando dinero para hacerse con su causa. Alargaban los trámites mientras las familias pagaban, y cuando no había que dar, los olvidaban en mazmorras para los miserables. Penaba por su condición de preso, como tantos hacen ahora, incluso negando lo evidente, porque lo importante es negar, bendito derecho del acusado, que puede ganar la partida al Estado cuando logra consejo a tiempo, siempre y cuando pague con generosidad los servicios de unos asesores que, en algunos casos, no siempre fueron dignos de admiración.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,