Guzmán aprendió en la escuela del mentir para implorar. Sabía que dando pena se consigue mucho más. Fingir enfermedad provocaba ventajas. De ese modo se forjó como actor en los dramas de la calle. Manejaba todo tipo de bendiciones y referencias a la caridad y recompensas divinas para los generosos. Construía tragedias para blandear corazones duros o languidecer conciencias frías. Aprendió a cantar lamentos para llamar la atención del que podía abrir su corazón, y el bolsillo, a la desgracia ajena. La compasión puede ser un gran negocio.

Esas consideraciones nos transportan a los días del presente, cuando encontramos profesionales de la compasión, repartidos por las calles, venidos de tierras distintas y distantes, que se incorporan a la realidad de un territorio que no era el suyo, pero afectan a las variables colectivas, generalmente, para subir los índices en el cálculo de la miseria social. Además de los marginados, que lo eran, o por circunstancias económicas adversas, sobrevenidas o provocadas por gestores incompetentes -o lo que es peor, desahogados sinvergüenzas sin escrúpulos-, siempre aparecen profesionales de la mendicidad, que producen desazón y complejo culpable, no siempre bien asumido. Algunos repiten drama en distintas puertas para duplicar compensación aprovechándose de la buena voluntad de los que entregan, poco adiestrados en engaños, que sufren los timos del corazón.

Las iglesias de , muchas, eran lugares de rendimiento adecuado para la pena, como las puertas donde había celebración, casas nobles o principales de la curia, donde hombres engalanados con ropas pías se movían por doquier. Guzmán aguardaba en la puerta de un cardenal con la sana intención de dar lástima, y bien que la dio, porque un caballero le entregó generosa cantidad de reales, y que tanta satisfacción otorgó. El autor se entretiene, como en su Quijote, añadiendo consideraciones sobre la catadura moral de quienes habitan donde se desenvuelven sus personajes. Se atreve a considerar como la campeona de la crueldad, y en ella, como pudo comprobar Guzmán, Génova llevaba la palma, porque en sus escuelas se jugaba y experimentaba con la conciencia. Guzmán echaba de menos, curiosamente, la buena fe que se respiraba en España; maldita experiencia italiana que le hacía elevar la dudosa categoría moral de su patria.

Viajó a Gaeta para comprobar el nivel de generosidad imperante, ciudad del litoral, donde tomó posición de la puerta en una iglesia. Adoptó el papel de un mendigo inválido, treta que solía ser provechosa. Pero, y suele ocurrir, la respuesta de un caritativo con poder puede dar al traste con la mentira, porque el auxilio alcanzó hasta la colaboración de un médico, que constató su falsa mala salud. El propio gobernador, que lo quiso acoger, fue testigo de la mentira y ordenó latigazos y destierro. Guzmán sufrió la pena de su delito, generosa, pero cierta, lo que le hizo regresar a Roma, donde era más sencillo pasar desapercibido, circunstancia esencial para perpetuar timos.

El capítulo sexto proporcionará a Guzmán atenciones insospechadas, que mejorarán, además, su alma. Fue en la puerta de un cardenal, que lo encontró falazmente enfermo y ordenó fuera acogido en su casa. Los criados le proporcionaron comida y vestido. Las llagas, que eran fingidas, precisaron la atención de dos médicos, que el cardenal mandó venir. No sabía como salir del atolladero, que como en Gaeta mal podía salir. Los galenos simularon una gravedad que requería cirugía agresiva esperando reacciones del farsante, que lamentaba en silencio las consecuencias de su simulación. Confesó y pidió clemencia para calmar la venganza que oteaba, pero no fue reprendido, sino todo lo contrario, alargaron el embuste para conseguir del cardenal que aposento le diera. De la trama, tras un periodo de falsa convalecencia, los médicos sacaron buenos dineros, y Guzmán entró al servicio del cardenal. Injusta retribución de una mentira, pero la vida nunca es justa, al menos en general. Paje de persona tan principal no tenía más que ventajas, y las debía aprovechar. Los meses iban pasando sin pena ni gloria, pero no tenía falta de nada, en todo caso le sobraba holganza y comida.

En su entorno no había más que flojos y melindrosos, con los que se encontraba incómodo. Él, hombre de mundo, pícaro avezado en mil trampas, que no podía remediar alguna que otra sisa, como hacían los demás. El cardenal guardaba la llave donde se almacenaban las frutas azucaradas, venidas de España, y la dejaba solamente para que le sirvieran, y bien contadas. Mateo Alemán nos hace recordar al Lazarillo de Tormes, que sacaba migas de pan del arcón cerrado con llave, donde alcanzaba moviendo alguna tabla roída. No era madera sino chapa, que se doblaba lo justo para que Guzmán, un chaval, metiera el brazo con el que apropiarse de lo que quería para rellenar sus faltriqueras. Un pícaro llegado a paje, pero pícaro aún era. Monseñor sospechó y comenzó las indagaciones. Al final fue sorprendido y azotado. El verdugo quedó satisfecho, aunque pendiente de venganza, que Guzmán devolvió simulando un remedio para evitar el azote de los mosquitos de Roma, que no fue más que aumentar la plaga para saetearlo entero. Terminó el capítulo siete dejando de ser paje de cámara para servir al camarero.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,