El camarero al que servía Guzmán era buena persona. Y por eso, tuvo que soportar burla del propio monseñor y secuaces, a los que gustaba hacer broma. Mateo Alemán reproduce una situación jocosa que más tarde, en El Quijote, Cervantes parece imitar cuando sus personajes fueron acogidos en casa de los duques. Cama, vestido, sueño, demonios, risas, trampas injustas para asustar a personas cabales y serenas, que pierden la compostura por no saber cómo afrontar la ofensa. El paje, que era pícaro, dejó pasar un tiempo para articular respuesta adecuada a la maldad sufrida por el ahora su amo. El Secretario, que había sido el verdugo de sus azotes, tenía que aguantar la venganza. Y no se hizo esperar, pues aprovechando un descuido provocado, el sirviente del verdugo lo dejó en soledad junto a los trajes y metió entre las ropas ungüento tal, que los calores y desazón de una piel sudorosa hicieron el resto. El pelo se pegó en las telas, de manera que hubo de ir cortando pelo y tela, unidos en perfecta conjunción. Supo entonces el precio de las ofensas; donde las dan, las toman. Otro destierro, ya conocían el paño de un paje que había sido pillo. No eran castigos a los que temer, la retribución legal no era para tanto, podría merecer la pena seguir en esa línea para prosperar y sentar cátedra de justiciero. La ventaja es para los osados; los miedosos y prudentes no pueden ganar; los intrépidos tienen mucho que obtener, aunque también perder. Si el valiente no tiene nada, mejor afrontará las demandas de la ley, porque no hay qué despojar.

Los estafadores modernos, como los de entonces, beben de la misma fuente. Engañar, coger dinero, pero no tener propiedad de la que se puedan cobrar, porque las penas son cortas y el tiempo pasa pronto. Luego: a disfrutar del beneficio. Es más, dentro de la cárcel, cuando por fin llega la hora de entrar, pueden seguir planificando engaños, pendientes para después repetir y volver a timar. No podemos tolerar semejante ventaja. El delincuente no puede sacar provecho de las garantías legales. Algo debe mejorar para conseguir que el delito no sea rentable. Y Guzmán, en pleno siglo XVI, llegó a la terrible conclusión de que merecía la pena engañar, porque daba ventajas. Estaba en , y no era peor que . Los pillos han generado estirpes legendarias, como cualquier familia de militares ilustres, abogados de prestigio o médicos de alta consideración, todo depende de la categoría profesional y materia que se desarrolla. Los apellidos se van reproduciendo y mezclando para dar esplendor en los distintos mundos que nos toca vivir.

Guzmán siguió haciéndole trampas a monseñor, que proponía cortapisas con las que protegerse; el pillo era más listo. A mayor dificultad, aumenta el ingenio. Los retos merecen riesgo y el talento aflora con firmeza para escamotear protecciones. Los estafadores siempre han inventado. Sus victimas son las siguientes en conocer la ocurrencia. La ley y sus agentes ocupan el tercer lugar del conocimiento. Tienen menos posibilidades de acierto pleno, porque el estafador decide qué, cómo, cuándo y dónde ofertar su impronta ilegal. Monseñor, sabedor de sus instintos, lo retó en astucia y habilidad, para lo que puso fecha. Si el paje lograba salvar los impedimentos y se apoderaba de unas conservas, para él serían. Los envites se aceptan con todas las consecuencias. Ahora también se ponen a prueba los tramposos y quienes pretender evitar el engaño. Aunque dicen que el crimen perfecto no existe, la eficacia en su descubrimiento deja mucho que desear, sobre todo si los encargados tienen pocos medios y menos ganas de trabajar. La apuesta quedó sentenciada, y con testigos, que rieron con la confianza de una victoria segura. No sabían que ya había cambiado los barriles de sitio. La ventaja estaba de su lado, y dejó pasar el tiempo para cumplirse los plazos aguantando mofa y requiebros. Las conservas bien guardadas, según pensaba el cardenal, por eso el postre no habría de tener relación con ellas. Sin embargo, quedó de piedra cuando Guzmán le llevó a la mesa las frutas en almíbar, traídas de España. Premio recibió y regaló a los compañeros del servicio, que tomaron partido por él, requerido para que explicara el truco, que no debía hacer.

De esa hazaña, lejos de hacerle mal, sacó monseñor enseñanza y pregonó a sus conocidos, personajes principales de Roma, las habilidades y generosidad del paje de su camarero. Era querido y temido, pero monseñor trataba de enderezarle en la virtud, aunque con mimos, protegiéndolo del secretario, enemigo declarado de Guzmanillo, como le gustaba llamar. Lo puso de nuevo a prueba, como tantos buenos corazones de ahora, empeñados en rehabilitar imposibles arriesgando la vida y bienes de los demás, que deben padecer en sus carnes los experimentos ajenos. Guzmán no aceptaba de buen grado, porque se conocía, quedarse a cargo de otras conservas frescas, pero el cardenal le encargó su cuidado y vigilancia. Es como poner al zorro cuidando gallinas. También en nuestros días, a pesar de los errores, siguen dejando en la calle presos que deben expiar sus culpas, y defraudarán la confianza entregada, como puede ser lógico imaginar. Como Lazarillo con el pan, Guzmán desclavaba chapa para hurtar y volvía a clavarla para disimular. Vivió en casa importante, donde estudió y aprendió, pero también jugó y engañó. Paje y pillo. Dejó de ser lo primero, despedido por truhán, pero maduro en la vida para seguir su camino.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,