Guzmán deseaba abandonar la primera parte de su vida aprovechando el esfuerzo por aprender a ser un estafador. Había adquirido talento de sobra para seguir timando. Los años habían acumulando experiencia, aunque seguía siendo un joven reducido y delicado, sobre todo cuando le interesaba.

Actor de prestigio en el submundo de la mentira, sin olvidar la fama en la población que estaba al servicio de los grandes hombres de , que supieron de sus andanzas en casa del cardenal. Caminaba por las calles de la ciudad eterna recibiendo el apoyo decidido de tantos pajes y siervos que conocía, compungidos por el final de una trayectoria profesional exitosa, pero había caducado por su avaricia y falta de control en lo que mantenerse fuerte ante las pruebas de honradez.

No han cambiado tanto las cosas. Los que tienen oportunidad, en condiciones normales, siempre asumen la idea de aprovecharse. Hay dichos populares que se mantienen en vigor, porque no se pretende recibir prebendas injustificadas, sino estar en el lugar donde uno pueda apropiarse de ellas con la sutileza y habilidad del que conoce los resortes de la gestión, o no tenga control del comportamiento. No hay más que repasar los últimos periódicos para reconocernos incapaces de impedir tanto desahogo social, chorizos disfrazados de pomposa mentira llenándose los bolsillos y respaldados por otros personajes, henchidos de boato pero sucios de conciencia y dignidad.

Guzmán, de tanto recibir, se avergonzaba, pero más le dolió cuando sus conocidos dejaron a dar para esquivar e ignorar una relación caducada. Se arrepentía, como tantas otras veces, de muchas cosas, entre ellas el no haber sabido conservar lo bueno que tenía dejándose arrastrar por la maldad de los que no hacen más que aconsejar para hacerle perder. Y bien que había perdido.

Notaba, de nuevo, las carencias del comer, las ausencias de confort o los rigores de la calle, que tenía olvidados. Trató de pedir clemencia y volver, pero su mentor, rápido y pronto, falleció, lo que le hizo perder la última oportunidad de mantener un lugar donde vivir. Pero cuando más apretaba la soga apareció un rayo de luz. El haber sido conocido en el universo de los pajes le dio la oportunidad de entrar a servir en casa del embajador de , buen amigo del cardenal, mientras vivió. Sin empleo definido, no era más que bufón y recadero. Encargado de gorrones, tenía la misión de hacerles la estancia complicada y, sobre todo, corta. Un inglés padeció sus maldades. Un cordobés se aprovechó de la hospitalidad forzada, pues comió y bebió más de lo que hubiera deseado Guzmán, pero era un pillo como él. El propio embajador, anfitrión a la fuerza, reconoció la desvergüenza, que era tan española.

Mateo Alemán, una vez más, intercala historia nueva para rellenar espacio con el que completar la primera parte de su . Un relato de amor y desventura con un final dramático que provocó pena al embajador, ensimismado escuchando cuentos de un truhán. El autor despide su libro con un soneto, mientras Guzmán anuncia la segunda parte advirtiendo de más aventuras.

La secuela de una biografía estructurada en pedazos de vida propia y ajena, que construyen la personalidad malévola de un delincuente del siglo XVI. El autor dejó pasar tiempo sin publicar esa segunda parte, lo que no tuvo más remedio que hacer viviendo en . Como le pasara a , el éxito de su relato despertó envidias que se preparaban en modo de plagio recompensado. Además, los gatos sumaban y los ahorros restaban, de manera que las deudas propiciaron la rápida redacción de una segunda tanda de historias costumbristas para gloria de un pillo, entrando en años, con dispar fortuna. Le llamará, también, Atalaya de la vida humana.

No debemos olvidar que estamos en los primeros años del siglo XVII, Siglo de Oro, donde España ha cambiado desde la muerte de Felipe II. Su hijo, , cazador de todo, recibió un inmenso imperio que dejó en manos de validos, esos personajes principales, poderosos de la corte, encargados del gobierno y la gestión, para que sus reyes pudieran holgar y entretenerse en asuntos sublimes.

Eran, son, tiempos de crisis. La corrupción imperante determinó normas para mejorar la solvencia de una hacienda depauperada por una malísima gestión. Supongo que no sería descabellado identificar en nuestros días a otro Duque de Lerma, o su hijo, Duque de Uceda, que pedió el favor del Rey porque no era muy de fiar. Los indignados de entonces mostraban su desconsuelo mientras los próceres procuraban sus propias prebendas. No habían tarjetas negras, medios de pago electrónico o preferentes, pero no debemos olvidar que sí existían las concesiones, privilegios, rendimientos de la tierra y negocios del comer.

El prestigio del imperio español se derrumbaba, los enemigos ganaban ventaja porque dentro las cuentas no salían. Las derrotas militares y políticas determinaron una depresión social, que se añadía a la hambruna de las calles. Las Cortes tenían influencia en las decisiones del rey, que se quedaba sin cuartos. Los principales de España seguían sacando tajada olvidando lo importante: su gente, los pobres. La picaresca española nace de la miseria, se desarrolla con el ingenio de lazarillos, rinconetes, cortadillos y guzmanillos, y perdura en el tiempo, pues ahora también vive ese tipo de pillo.

Artículo de la serie “El Guzmán de Alfarache” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,